El periodista Carlos Meneses vive en una casa que parece haberse detenido entre los siglos XIX y XX. Su decoración y estructura remontan a los visitantes a una bella Arequipa de antaño
Por Carlos Zanabria
Carlos Meneses Cornejo ha vivido 71 años, todos los que tiene de vida, en la casona que compró su abuelo en 1879 y que luego este heredó a su padre allá en la calle Melgar, ubicada en pleno Centro Histórico de Arequipa. "Dicen que las casas que tienen palmeras se quedan solas. La mía tiene una en el patio", comenta Carlos, quien, al no tener hijos, presagia el terrible destino del inmueble. Sería una lástima que el triste augurio de Carlos se volviese una realidad, pues la vivienda es una verdadera joya, sobre todo después de su última restauración en la década del noventa.
El propietario original, Andrés Meneses, fue un próspero abogado que vivió en la Ciudad Blanca a finales del siglo XIX. Su dedicación al trabajo le permitió hacer una pequeña fortuna con la cual compró la casona. Allí vivieron los 14 hijos de don Andrés, incluyendo el padre de Carlos, también llamado como él, quien terminó por poseerla y dejársela.
REPARACIÓN
Carlos, periodista y director del diario más antiguo de Arequipa, "El Pueblo", vive hoy en la casona con su esposa Himelda. Años atrás estuvo a punto de cometer el sacrilegio de desechar a la basura los viejos, pero elegantes muebles hechos a finales del siglo XIX y a principios del XX. "Estaban arrimados en los depósitos, así que pensé en botarlos, pero un carpintero me sugirió que los restaurase. Él finalmente hizo el trabajo", recuerda.
La recuperación de los muebles dio pie, finalmente, a la restauración de toda la casa. Así, se arreglaron las paredes, bóvedas, puertas y ventanas.
RENACIMIENTO
En la actualidad, la casona de más de 1.000 metros cuadrados cuenta con 16 ambientes y está dividida en áreas plenamente identificadas, cada una de ellas con vida propia. El dormitorio de los abuelos, donde ahora duermen Carlos e Himelda, tiene muebles que datan de 1870. La cama es de fierro y está cubierta con un hermoso tul. Carlos se sienta en la orilla de la cama y sonríe. Aunque la vivienda es bella, es su presencia y la de su esposa las que dan una luz especial al ambiente.
Uno de los muebles favoritos de Carlos es el escritorio de su abuelo en el que guarda celosamente sus artículos y libros, pero también fotografías de la familia y el primer teléfono que llegó a Arequipa, que aún opera. "Todo funciona en esta casa, soy yo el que estoy empezando a fallar", bromea el buen periodista.
El comedor es otra zona del inmueble que llama la atención. En él se observa una enorme mesa en el centro, una cocina que trabaja con leña desde 1894 y ollas de hierro colgadas en las paredes. Al parecer este habitáculo fue anteriormente una capilla de oración, pues al fondo de él puede distinguirse un altar con la imagen de la Virgen del Carmen.
Pero quizá la habitación más admirada es la sala, la cual ha sido bautizada por Meneses como el salón de los embajadores, debido a la solemnidad de su decoración. Espejos de casi tres metros de alto empotrados en las paredes, finas cortinas rojas colgadas en las ventanas, un peculiar reloj que permite ver no solo la hora sino también el día, el mes, el año y las fases de la Luna, una antigua radio marca Zenith que compró el padre de Carlos en 1936 y un cuadro de San Jerónimo, que según las pruebas de carbono 14 tiene 250 años de antigüedad, hacen del lugar un verdadero espectáculo para los ojos de quienes la visitan.
VISITANTES ILUSTRES
La vivienda de Carlos Meneses Cornejo abre sus puertas a una Arequipa que se niega a desaparecer. Probablemente, por eso, la casona es visitada por autoridades como el presidente regional Juan Manuel Guillén, quien no duda en llevar a todo aquel personaje ilustre que visite la ciudad. Se sabe también que no hay arzobispo arequipeño que no haya ido al inmueble de la calle Melgar desde que Carlos es periodista. Pero ellos no son los únicos. Jóvenes turistas nacionales y extranjeros son muchas veces invitados --y adoptados-- por los Meneses para pasar algunas temporadas allí, con el único fin de hacerlos experimentar la sencilla, pero apacible vida de una encantadora ciudad, y qué mejor, que en una joya de casa que quedó detenida en el tiempo.