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Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes

Hoy escriben para usted

Por Mario Vargas Llosa. Escritor

¿Alguien se atrevería a afirmar, hoy, contra la impresión generalizada, que la intervención militar en Iraq en vez de un fracaso catastrófico va cumpliendo con sus objetivos y ha alcanzado ya un punto de no retorno? Bartle Bull, experto inglés en el Medio Oriente, en el último número de "Prospect", la prestigiosa revista londinense que dirige David Goodhart, publica un ensayo defendiendo esta tesis, titulado: "Misión cumplida". Sus argumentos son polémicos pero nada propagandísticos ni demagógicos.

Bull pone de lado la cuestión de si fue errónea o acertada la decisión de intervenir en Iraq --algo que decidirán en el futuro los historiadores-- y se limita a hacer un cotejo entre la situación actual del país y la que reinaba allá hace cuatro años y medio, cuando EE.UU., Inglaterra y un grupo de países aliados decidieron acabar con la dictadura de Saddam Hussein. Sostiene que en la actualidad las fuerzas de la coalición se hallan en Iraq con la anuencia de un gobierno democráticamente elegido y con un mandato que la ONU ha venido renovando cada año desde mayo de 2003, la última vez en agosto pasado.

A su juicio, las metas estratégicas de la intervención se han alcanzado. Iraq no se ha desintegrado y su unidad territorial y política parece ahora más firme que antaño pues el descentralizado sistema en marcha cuenta incluso con el apoyo de los kurdos, cuya vocación independentista ha mermado de manera radical. En vez de una dictadura el país es una democracia en la que, en todas las elecciones celebradas, la participación popular ha sido enorme, por encima de la que caracteriza a las sociedades abiertas de Occidente, de modo que su gobierno tiene una indiscutible legitimidad jurídica y política. Y se ha dado una Constitución que garantiza una independencia institucional y libertades públicas que ni Iraq, ni ninguno de sus vecinos, ha conocido en su historia. No ha estallado la guerra civil e Irán no ha ocupado Iraq ni tutela su vida política. El país ha dejado de ser un peligro para la paz mundial y, aunque muy lentamente, va convirtiéndose en la primera sociedad árabe con elecciones libres, libertad de prensa, partidos políticos diversos y derechos civiles reconocidos.

La violencia, claro está, sigue causando terribles sufrimientos. Pero, aunque sea obscena la comparación, el número de víctimas de esta guerra y del terrorismo resultante --entre ochenta y doscientas mil se cifran los cálculos-- está lejos de alcanzar el millón y medio de muertos que resultaron de las guerras, genocidios y represiones del régimen baazista de Saddam Hussein. La inmensa mayoría de estas muertes ha sido obra de las matanzas ciegas e indiscriminadas contra la población civil cometidas por los terroristas extranjeros de Al Qaeda o los de organizaciones sunitas y chiitas que guerreaban entre sí y trataban de neutralizar a la población civil mediante el pánico. Aunque este género de violencia probablemente se prolongue todavía durante buen tiempo --el número de fanáticos capaces de hacerse volar en pedazos con un camión o coche cargado de explosivos parece inacabable-- ella ha perdido toda significación política y en la actualidad se ha convertido en un problema puramente local y policial. Ha ido disminuyendo poco a poco, y el hecho decisivo en su contra ha sido el distanciamiento y la ruptura crecientes entre Al Qaeda y la población sunitas, cuya alianza se fue enfriando a medida que los dirigentes sunitas se convencían de que, al contrario de lo que creyeron al principio, las tropas estadounidenses e inglesas solo abandonarán el país cuando el Gobierno Iraquí esté en condiciones de asegurar el orden y la paz. En otras palabras, de que Iraq no será un segundo Vietnam.

Bartle Bull señala que la alianza entre Al Qaeda y otras sectas terroristas fundamentalistas --todas ellas más o menos identificadas con un wahabismo radical--, empeñadas en resucitar la pureza de costumbres y la ortodoxia doctrinaria "de tiempos del profeta" y los sunitas del Baaz --un partido inspirado en el nacional socialismo de Hitler, no hay que olvidarlo-- ansiosos de restaurar los privilegios de que gozaban en tiempos de Saddam Hussein estaba condenada al enfrentamiento. El malestar fue creciendo cuando los fanáticos wahabistas extranjeros, en su furia puritana, empezaron a imponer en las zonas dominadas por ellos sus rígida moral, prohibiendo el cigarrillo, asesinando a los vendedores de alcohol y a los jeques de las tribus, así como casando a la fuerza a las jóvenes con los 'emires' del llamado "Estado islámico de Iraq". La ruptura se consumó cuando los sunitas comprendieron que podían encontrar una forma de acomodo y convivencia en el nuevo Iraq donde la mayoría chiita --tres veces más numerosa que la minoría sunita-- tendrá las riendas del poder.

Bull señala que la nueva política pragmática de los sunitas ha hecho posible, por ejemplo, la notable transformación de la provincia de Anbar, durante buen tiempo una ciudadela de la resistencia y el terrorismo y ahora la más pacífica de todo el país. De las 18 provincias iraquíes, en la mitad de ellas la violencia se ha reducido a niveles mínimos o desaparecido. Este proceso debería acelerarse a medida que la población sunita sienta, en los hechos, que su supervivencia no está amenazada en el Iraq dominado por los chiitas y que su presencia tanto en las instituciones como en la vida económica, política y social se halla segura. Un paso en esta dirección, dice Bull, ha sido el acuerdo de principio entre chiitas, sunitas y kurdos sobre la delicada cuestión de la distribución de los ingresos petroleros, que deberá confirmarse pronto con la firma de una ley, avalada por Estados Unidos, la Unión Europa y las Naciones Unidas.

Bull destaca algunos hitos claves en este desarrollo. La batalla entre sunitas y chiitas desencadenada con la destrucción, por aquellos, de la mezquita de Samarra. Fue el momento en el que la guerra civil generalizada pareció inevitable. Pero los sunitas, cediendo al realismo, dieron marcha atrás cuando se vieron derrotados. A partir de entonces comenzaron, con discreción al principio y ahora de manera explícita, a pactar con Estados Unidos y el gobierno de Maliki. Uno de los efectos de estos acuerdos ha sido el número creciente de sunitas incorporados en los últimos meses al Ejército y a las fuerzas policiales iraquíes: cinco mil solo en las últimas semanas. Al mismo tiempo, en un gesto de reciprocidad, el Gobierno Iraquí dio empleo en los servicios del Estado a otros siete mil sunitas y reconoció el derecho a jubilación completa a todos los ex oficiales y soldados baazistas, con excepción de los 1.500 vinculados a crímenes y torturas, la mayoría de los cuales, por lo demás, están ya presos, muertos o han huido a Siria, Jordania y Arabia Saudí.

Este es un resumen muy sucinto del ensayo de Bartle Bull. Mi impresión es que, aunque pueda parecer demasiado optimista y aunque no subraye lo suficiente, entre sus consideraciones, las secuelas trágicas que sin duda tendrá para la reconstrucción de Iraq y la normalización de su vida social la atroz hemorragia de vidas humanas y bienes causada por el terror, así como la emigración al extranjero de sus mejores cuadros, ejecutivos y profesionales, las perspectivas que el analista británico señala para el porvenir de Iraq son probablemente exactas, aunque los plazos sean acaso más prolongados de lo que él cree. Solo el odio tan extendido hacia Estados Unidos explica ese consenso, entre los comentaristas y políticos occidentales y tercermundistas, de que, al igual que en Vietnam, las tropas estadounidenses terminarán partiendo a la carrera, expulsadas de Iraq por los 'resistentes' y la repulsa de la opinión pública internacional. Con todo lo sangrienta y dolorosa que es la situación sobre el terreno, lo cierto es que en Iraq no son Estados Unidos y Gran Bretaña sino las bandas terroristas las que van llevando ahora la peor parte. La contraofensiva última dirigida por el general Petraeus ha tenido incluso más logros de los esperados y, hasta el momento, no ha habido el menor retroceso. Y es claro que se hacían ilusiones quienes pensaban que con un triunfo demócrata en las próximas elecciones en Estados Unidos, vendría la desbandada. Hillary Clinton y Giuliani, los dos probables candidatos, han dejado bien en claro que a este respecto su posición es semejante: la retirada de las tropas se irá haciendo solo en la medida en que el Gobierno Iraquí esté en condiciones de reemplazarlas tanto en la batalla contra el terror como en el mantenimiento del orden público. Si es así, yo también pienso que los enormes sacrificios hechos estos últimos cuatro años y medio por el pueblo iraquí no habrán sido inútiles.

MADRID, 2 DE NOVIEMBRE DE 2007
© Mario Vargas Llosa, 2007.
© Diario "El País", SL/ Mario Vargas Llosa. Prisacom.
Exclusivo para el diario el Comercio en el Perú.

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