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El otro cristal con que nos ven desde afuera

Por: Juan Paredes Castro |

La solidaridad nacional e internacional que despertó el desastre en el sur peruano se torna de pronto sombría.

No ocurre esto porque hayan cambiado los sentimientos humanitarios hacia pueblos en escombros y millares de damnificados, sino porque simplemente no sabemos ser sujetos de ayuda.

Lamentablemente, la desgracia que siguió al terremoto fue la comprobación de que no teníamos instituciones reales y efectivas para enfrentar los daños ni para que se hagan cargo de un proyecto de reconstrucción de descomunal envergadura.

La alternativa que cuajó entonces fue que un organismo de corte privado y dotado de gestión gerencial autónoma asumiera el reto de la reconstrucción, antes que este cayera en las manos improvisadas e ineptas de las autoridades políticas.

Resulta que el proyecto ideal de organismo reconstructor, con el nombre de Forsur, fue convirtiéndose poco a poco, con la siempre corta visión y socorrida ineficiencia del Congreso, en un pesado tractor. El empresario privado elegido para dirigirlo, Julio Favre, terminó asumiendo heroicamente la responsabilidad de avanzar contra la corriente, con un directorio que más parece una asamblea y con un entusiasmo gubernamental a su alrededor que no se traduce en la rectificación de leyes y normas que distorsionan y anulan su trabajo.

Esta es, pues, una de las razones principales por la que hemos dejado de ser sujetos calificados de la ayuda internacional tan generosamente ofrecida en un momento y tan cautelosamente restringida en los últimos meses.

Seamos realistas. ¿Con una administración de la reconstrucción tan cargada de trabas y limitaciones, cómo pensamos poder despertar la confianza de quienes quieren poner en nuestras manos no miles de dólares sino millones? ¿Acaso no ha trascendido hacia afuera la suerte de un Favre martirizado por los trámites engorrosos que debe enfrentar como gerente entrampado y como personaje injustamente satanizado por sus adversarios políticos?

Forsur no es hoy el organismo que se pensó inicialmente. Está lleno de remiendos legislativos y burocráticos. Favre, su conductor, hace lo que puede pero no lo que debería y lo que soñó hacer en grande. Y la certificación última de que solo se ha hecho efectivo el 10% de la ayuda internacional ofrecida, tiene que haberlo deprimido más.

Lejos de tratar de reparar la situación mediante invocaciones de confianza, como ha hecho el presidente Alan García, el Gobierno y el Congreso deberían comprometerse a rectificar urgentemente el rumbo del proyecto de reconstrucción del sur.

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