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Poesía en pie de rock

Cuando Montserrat Álvarez publicó su primer libro, Zona Dark (1991), su diáfana agresividad y sus versos maravillosamente musicales, dejaron una profunda huella, hasta convertirlo en un libro de culto. Con el tiempo partió a Paraguay, y hoy, diez años después de su anterior retorno, nos visita con un nuevo y contundente libro: Bala perdida (ediciones El billar de Lucrecia, 2007). Su voz y fervor personalísimos hablan a las claras de su madurez poética.

Por Enrique Sánchez Hernani

¿De dónde partió tu necesidad de escribir poesía?
-Ocurrió en un momento crucial en el cual intentaba afirmar las fronteras de mi identidad. Es decir, no hacer lo que se esperaba de mí, ni cumplir las expectativas de nadie, de mis profesores o mis padres. Empecé a escribir en la adolescencia, a los 15 recién cumplidos. Para mí era algo urgente porque ese momento era especialmente peligroso por cierta simbiosis que tenía, del tipo Norman Bates en Sicosis.

¿Hubo alguna experiencia en especial que te indujo a escribir?
-Estando en Zaragoza, en un concierto de rock, en un momento dado me aparté de mi grupo de amigos, porque tenía la idea de que tenía que decir algo. Eso me ha seguido pasando: para mí la poesía es una especie de ritmo, incluso corporal, y no puedo estar sentada o tirada, sino que es una cosa muy violenta, muy de concierto de rock. Y cuando el poema es muy terrible, hasta ocurre cierta violencia física, como golpear paredes y eso.

¿Qué pasó luego del concierto?
-Tenía un ritmo como de una batería. El primer poema adulto que escribí fue "Esta alegre noche del Apocalipsis", y al escribirlo sentí lo que por fin era, y que nadie esperaba. Todos esperaban de mí que fuera algo interesante, inteligente, pero nadie precisamente poeta. Lo mejor fue que sentí que esas palabras que escribí ningún adulto las podía decir mejor que yo. Fue una salvación en un momento de crisis de personalidad. Entonces me dije: esto lo he hecho no obedeciendo nada, ni cumpliendo nada que se esperase de mí. Y todavía persisto: he conservado esa cosa adolescente, en el sentido de que todo lo que he hecho y me importa se debe hacer desobedeciendo.

¿Tenías modelos en esa época?
-Leí por casualidad un libro que me había comprado, de Francoise Villon, que para mí es el gran poeta. Entonces lamentaba no dominar su argot delincuencial porque pensaba que debía ser más crudo, más violento y fresco. Me fascinó el hecho que enfrentase la muerte, que tuviese esa vitalidad, esa ironía y esa chispa, perseguido como estaba por robo, porque ya se sabía que era ladrón, y por sospecha de asesinato. Menuda criaturita del señor.

¿Qué otros poetas te atrajeron luego?
-Después descubrí a William Blake y a una persona que puede sonarnos curiosa: Quevedo. Después me enteré de que Quevedo era una persona muy simpática pero también un asesino -no lumpenesco y pobretón como Villon-sino con pretensiones caballerescas e hidalgo, pues mataba a duelo.

Siempre te cautivaron los escritores malditos.
-Sí. También leí a Rimbaud y Baudelaire. Con éste último me agarró cierto fanatismo pero luego me pareció ligeramente alambicado en ciertas imágenes, un poco artificioso. Me produjo cierta saturación. De allí, el lado más grotesco, menos serio consigo mismo, de Rimbaud, me entró muy naturalmente.

¿Leíste todo eso antes de los 20 años?
-Sí, es que era un ratón de biblioteca, aunque eso me volvió una antisocial. Aprendí a leer demasiado temprano, me adelantaron en el colegio, luego me desescolarizaron. Andaba medio paranoica porque era la rarita.

¿Esa condición social te aproximó a los malditos?
-No creo. Lo que yo siempre he tenido ha sido una necesidad de contar con una expresión de intensidad, lo que en griego es phatos y que en Platón se llama manía, una locura, algo así.

¿Y qué poetas peruanos te llamaron la atención?
-Hay tantos que respeto pero que conozco de forma tan caótica y aleatoria que. Pero entre los primeros que me llamaron la atención estaba Luis Hernández, pero en ocasiones me parece muy ingrávido, como que le faltase contundencia. Cuando leí Vox Horrísona pensé: qué simpático debió ser este patita y que buen chiste hay en este poema, pero no me pareció una poesía lo bastante radical, exceptuando ese poema que empieza diciendo: "Abel, Abel qué hiciste de tu hermano.". Allí sí había el ritmo de la batería, del bajo, de un buen tema de rock. Lo demás me pareció que lo había hecho medio resaqueado.

Le prestas mucha atención al ritmo en la poesía, ¿no?
-Sabes que a mí me gusta mucho andar caminando por la calle, tengo una especie de dropomanía, una manía ambulatoria. Yo camino sin rumbo. Eso significa para mí que no hay un lugar donde me dirijo porque ese punto no está en el exterior sino en el interior. Es como el arte, que no sirve para ningún fin. La dropomanía viene al caso porque los poemas que me gustan más me acompañan caminando y los digo en voz alta, cantando.

¿Qué otros poemas te sirven para caminar?
-Intensidad y altura de Vallejo también sirve para eso: "Quiero escribir pero me sale espuma.". Con eso puedes caminar kilómetros porque tiene una dinamita impresionante, lejos de la imagen triste de Vallejo, un cholo con Glostora como todos lo visualizamos.

¿Y qué detestas de un poeta?
-Que se llame poeta y dé más importancia a cosas extrapoéticas como andar haciendo lobby, pidiendo que le hagan publicherris, manipulando su condición de ser marginado por género, como se dice ahora, o por edad, que son cosas envilecedoras, muy de gentecilla. La poesía no es un asunto de negociación, de diplomacia ni política. La poesía es un destino.

¿Te sientes parte de la tradición poética peruana?
-La tradición poética peruana me parece una de las más extraordinarias de la modernidad. Aunque no soy una persona muy erudita en poesía ni en nada. Sé un poco más de filosofía, suele decir la gente. Pero pertenecer a ella, qué honroso, para mí un honor, aunque no sé si pertenezco a alguna tradición.

¿Por qué tu poesía le gusta tanto a los jóvenes?
-Los psicoanalistas que me han hecho el honor -que yo debí haber declinado- de investigar mi psiquismo atrofiado, dicen que soy una personalidad absolutamente inmadura. Dicen que mentalmente tengo 80 mil años de edad, pero emocionalmente no más de tres meses.

¿Y tú qué piensas?
-En ese momento dije: qué tal imbécil, cómo me ha insultado, pero después dije: qué bueno, porque ese es el momento en que no se tiene ningún lastre. Lo proteico del ser inmaduro es lo infinito de la posibilidad, lo posible en estado puro. Claro, dije entonces, por eso sigo escribiendo con la misma intensidad que a los 15 años.

¿Qué cambió en Paraguay?
-Entré en una etapa autista, que duró cierto tiempo, favorecida por los neurolépticos, que dejé recientemente. Porque con los neurolépticos una funciona relativamente de manera normal en la sociedad, pero la poesía, en mi caso, requiere salir del estado ordinario de conciencia llamado normalidad y entrar en un estado muy alterado. Los neurolépticos te curan de los desórdenes mentales pero de yapa te curan también de la poesía.

¿Tú regresas a escribir a partir del sufrimiento?
-No necesariamente. Yo necesité volver a hacer apuestas vitales lo bastante exageradas para que mi poesía estuviese a la altura de mis expectativas, y para eso renuncié al mecanismo normalizador, en este caso las pastillas.

¿Cómo se desencadena tu deseo de escribir?
-Para escribir poesía tengo que ingresar a un estadio de alteración de conciencia, que es el phatos o la manía, pero a la vez hay que preservar una especie de lucidez absoluta para dar a ese caos, en estado bruto y amorfo, la forma bella. Es un momento de gran tensión porque tengo que estar absolutamente sobria y absolutamente ebria, perfectamente loca y cuerda. Y para mí no es tan fácil salir de ese estadio y se me embroma todo. Pero a mí me parece poco precio la vida por la poesía, porque la vida siempre es problemática para el que es poeta y para el que no lo es.

¿Necesitas provocar esos estados alterados de manera artificial?
-No lo necesito. Justamente por eso tomaba neurolépticos, porque yo produzco no sé qué. Me basta con escuchar un buen tema de rock o leer un buen poema y salir a caminar. Además, no tengo presupuesto para comprar cocaína.

En tu último libro, Bala perdida, hay poco espacio para el erotismo, de la manera como lo entendían las poetas del 80. ¿Por qué?
-No hay una razón. Yo las conozco poco y no tengo nada contra ellas. Tengo una mera opinión: toda esa cosa del boom erótico de los 80 siempre me pareció bien elemental. No me pareció una cosa rica conceptual y teóricamente hablando.

Las respuestas que diste a ciertas entrevistas unos diez años atrás, en tu penúltimo regreso, parecían corresponder a un happening. ¿Eran poses calculadas?
-Para nada, al revés: era falta de cálculo. Creo que se debe a que soy bien bocona. Eran unas entrevistas automáticas, como la escritura automática. Generalmente no tengo despierta la censura ni el criterio moral; conservo la elocuencia, pero lo demás, nada. Mis respuestas, como son ajenas a todo mecanismo censor y a los valores socializados, resultan como un happening, pero no hay nada deliberado.

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