Rincón del autor
Por Richard Webb
¿Quiere usted conocer la cara de la ineptitud, la desidia, la falta de espíritu cívico? Hay dos formas. Una es mirar a la burocracia nacional. Otra es acercarse a un espejo. Al final, es lo mismo, porque la burocracia es fiel reflejo de nosotros mismos.
Piense en dos restaurantes vecinos. En uno el servicio es atento, inteligente, simpático; en el otro, descuidado, sonso, lento, malgeniado. ¿Diría usted, vaya, casualidad, en este se juntaron todos los mejores mozos de la tierra y en el otro todos los peores? ¿O diría, más bien, hablando del buen establecimiento, mira, qué buena la administración. Sus dueños sí que saben cómo manejar un restaurante?
En el Estado encontramos ejemplos del efecto decisivo de la calidad administrativa allí donde Fe y Alegría se ha encargado de administrar un colegio público, y con los mismos maestros contratados por el Estado y los mismos alumnos, aumenta el rendimiento y suben las sonrisas de los alumnos. A veces creo que sabemos más de fútbol que de manejar estados, porque cuando pierde la selección nacional, acertamos en criticar a las directivas más que a los jugadores, pero cuando algo no se hace bien en el Gobierno, periodistas, políticos y público pedimos la cabeza del funcionario. Nadie se siente dueño ni responsable de la labor del empleado público, y colectivamente nos olvidamos que en una democracia todos somos los propietarios del establecimiento, y que las fallas de gestión son necesariamente nuestras.
La diferencia entre las buenas y malas burocracias no es un secreto, y la entiende cualquier gerente de recursos humanos. Incluso la entenderíamos cada uno de nosotros si recordáramos que casi todos hemos trabajado para el Estado, o tenemos un padre, un hermano, un tío, un sobrino, un nieto, o un íntimo amigo que es o ha sido burócrata. ¿Acaso no sabemos qué nos motiva para trabajar bien? Si hoy fallan los servidores públicos, ¿no será porque no tienen un sueldo decente, no pueden estar confiados en que se respetará la carrera, ni que se reconocerá el mérito, ni que las promociones serán honestas? ¿Acaso no buscamos el orgullo de ser buen profesional y de servir a otros? Los burócratas provienen, en su mayor parte, de la misma materia prima que el gran número de peruanos que destacan como profesionales de empresas, emprendedores en los conos o emigrados que se vuelven altamente cotizados en el extranjero.
El burro de moda es el maestro, a quien se le atribuye la bajísima calidad de la educación, e incluso un bajo índice de competitividad nacional. ¿Pero cuántos han hecho historia para recordar cómo los maestros, luego de haber invertido años en prepararse para la carrera, sufrieron el recorte de su sueldo a la cuarta parte? Si luego buscaron un segundo trabajo para sobrevivir, y como resultado dejaron de ser puntuales y de cumplir con la preparación de clases y la capacitación, ¿no somos todos los verdaderos burros? Quizás, más que burros, nos creemos zorros. Aprovechamos la mala imagen del burócrata indefenso para tapar nuestra complicidad en su ineficacia, que se produce cada vez que nos conviene que el policía no aplique la ley con rigor, el juez se incline a nuestro favor, se contrate a un familiar en alguna oficina estatal, se pase de año a un hijo a pesar de sus malas notas, se alargue el plazo para cumplir con alguna regulación, o se nos favorezca en alguna compra. Nuestra cultura del ventajismo está detrás de la laxitud y la indisciplina en las instituciones, y el costo de la ventaja individual es el mal colectivo de un Estado ineficiente. Al final del día, el zorro termina siendo burro; y cuando criticamos al burócrata, estamos rebuznando.
Quizás, más que burros, nos creemos zorros. Aprovechamos la mala imagen del burócrata indefenso para tapar nuestra complicidad en su ineficacia