EL DARDO
Por Renato Cisneros
Ningún momento de la vida diaria nacional se puede comparar --en términos de alegría, rabia y desafuero-- al instante en que la selección peruana de fútbol anota un gol. Y si el gol es en una Eliminatoria y ante Brasil, ese rapto colectivo de efímera felicidad se multiplica. Estés donde estés (en el estadio, en la casa, en el trabajo, en la calle, en la combi, en el auto), el grito de gol peruano retumba como un estruendoso relámpago. Es más, no tienes que estar viendo ni escuchando el partido --en la TV o la radio-- para saber que Perú acaba de hacer un gol: el breve pero atronador ruido del festejo te mantendrá involuntariamente informado. Me parece que fue Jorge Valdano el que decía que el gol es como un orgasmo. Bueno, pues, extendiendo esa analogía habría que decir que, en el caso peruano, se trata de un orgasmo que combina placer con rabia a escalas idénticas. Y hay que ver la cara que ponemos los peruanos cuando gritamos un gol de la selección. No es una cara bonita. No es un rostro gozoso ni telegénico. Es una cara fea. Una cara deformada por la satisfacción, obvio, pero sobre todo por la insondable necesidad que tenemos de sentirnos superiores, y por el feliz morbo de atestiguar un éxito común (por muy episódico que sea).
Creo que los goles, más que cantarlos, los lloramos. Son una suerte de yaravíes. Como si debajo de la mascarada de la sonrisa hubiese, escondido, maquillado, un inmemorial guiño de sufrimiento. Cuando se produce un gol, nuestra cara se convierte en un mosaico de muecas en las que se puede advertir la liberación de las centenas de frustraciones que nuestro país arrastra consigo (y nosotros con él). Tal vez sea por eso que, invariablemente, los peruanos sazonamos el grito de gol con un enternecedor y profundísimo "carajo". El "Gol" a secas es una ridiculez, una fórmula económica que quizá tenga sentido entre aficionados más asépticos. En cambio, en el "Gol, carajo" la peruanidad queda perfectamente retratada: es una expresión que no equivale al grito de "bien", sino al de "por fin".
Ayer, ante el pentacampeón, algo de eso percibí en la cara de mis colegas (el partido me pilló en el trabajo) luego de que Juan Vargas anotara el 1-1. No importó que el gol fuese, en realidad, un autogol. Lo notable era que la selección, que hasta ese instante no había concretado una sola anotación en los dos meses que lleva la Eliminatoria, por fin accedía a esa suerte y nada menos que ante el rival más cuco de todos. Fue la contemplación de los rostros y actitudes de la gente que estaba a mi lado lo que me llevó a urdir estas discutibles cavilaciones: decenas de pares de ojos saltones, bocas abiertas, lisuras y chillidos entre conmovidos y enojados. Así se gritan los goles en Perú, pensé, mientras en la 'tele' el narrador y los elegantes comentaristas quizá se mordían la lengua para reprimir el justiciero y complementario grito de "carajo".