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¡Tenemos actores!

MUCHO OJO

Por Fernando Vivas

Lo mejor que puedo decir de "Muero por Muriel", la ópera prima de mi amigo Augusto Cabada, es que allí están, en esa turbia imagen digital ampliada con tacañería por Iguana Producciones, actores capaces de abandonar la rutina de la tele y la molicie del teatro para brillar en dos o tres escenas irrepetibles.

Acostumbrado, como el guionista más inconforme que conozco, a requintar ante lo que otros, Pancho Lombardi o Luis Llosa, obligan a los actores a hacer con sus líneas y sus estructuras narrativas, Augusto bregó por cometer su propia puesta en escena. Y aunque creo que no pudo hacer acopio de toda la intensidad, de las motivaciones detrás de las situaciones, del lenguaje preciso para transmitir su pasión por el cine de género y sus artificios, ese de las 'femmes fatales' y los 'escribidores' nerds embobados por sus aromas, bien podemos olvidar este núcleo clásico, este triángulo amoroso convencional, a pesar del humor con que el director-guionista lo salpica (incluido el vómito de Andrea Montenegro sobre el manuscrito de Salvador del Solar, antes de que este pierda la cabeza por ella y le ponga cuernos a Diego Bertie) para paladear un sabroso plot secundario.

En él, Ricky Tosso --sí, el anfitrión de los bodrios de "Teatro como en el teatro"-- roba cámaras con voracidad. El director se lo permite porque sobre sus mullidos cachetes y panza reposan los pocos referentes populares que redimensionan la película: los Pasteles Verdes, la jerga de tombo achorado que requinta y fantasea durante los seguimientos, el interior pobretón con foto retocada de los viejos, el bividí resina. Ricky, el 'Oso' Briones, es el único personaje cuyos sueños, frustraciones y cochinadas llegan con nitidez al espectador.

Cabada se mete en el elástico pellejo de Tosso mucho más que en el impoluto Del Solar y le hace más caso a sus mohínes que a la coquetería de Andrea. Y Ricky responde muy bien, conteniendo su histrionismo, porque sabe que precisamente un exabrupto de lucimiento actoral le arruinaría su oportunidad en la pantalla grande. Es un Jean Reno o un Julio Chávez, lacónicos actores, con uno de los cuerpos más expresivos del humor televisivo.

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