N uestro Diario ha lanzado una grave señal de alerta sobre el daño devastador que viene sufriendo el bello Santuario Nacional Los Manglares de Tumbes a manos de un grupo de empresas langostineras.
Estamos, sin duda, ante una depredación progresiva y antigua, pero que ahora amenaza con desaparecer, irónicamente, a una de las principales maravillas naturales del Perú, sin que instituciones del Estado --como los ministerios de Agricultura y Pesquería, Inrena y el Conam-- ofrezcan una garantía de sanción y rectificación, como se viene esperando desde hace tiempo.
No solo se está contaminado el agua salada que mantiene el humedal, y arrasando el mangle, es decir, el árbol semiacuático que allí crece. Se ha reducido de 8.000 hectáreas a 4.500, en los últimos diez años, poniendo en peligro la presencia de las conchas y cangrejos que habitan en la zona y que se reproducen gracias a las plantaciones.
¡Qué decir de su enorme biodiversidad! Las 50 variedades de aves y familias de cocodrilos de los manglares se hallan hoy más que nunca en peligro, porque las langostineras han instalado pozas de cal y de otros químicos allí donde antes crecían los árboles limpiamente.
Para completar este paisaje desalentador, habría que sumar los perjuicios que causan los pesticidas utilizados en las 12.000 hectáreas de arroz que se siembran en las zonas aledañas, y los desagües que lanzan los 6.000 pobladores del distrito vecino de Puerto Pizarro.
No es la primera vez que Inrena se queda de brazos cruzados ante los atentados que terceros perpetran contra los recursos naturales.
Por eso, si en este caso ninguna autoridad es capaz de frenar estos excesos, todas tendrán que responder ya de manera coercitiva ante el país por la pérdida de recursos invalorables.