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¿Cuál es el beneficio político de tener a un ministro en el limbo?

Por: Juan Paredes Castro |

Hay un momento en la vida de un ministro de Estado en que este no sabe si cuenta o no con la confianza del gobernante.

Se trata de un momento inmerecido, en el cual el ministro sencillamente vive en el limbo político. El gobernante suele manejar muy bien este espacio de vacío y ambigüedad en provecho suyo. Pocas veces piensa en la otra cara de la medalla: la que pone las cosas en su verdadero lugar, tanto para el ministro como para el gobernante, y finalmente para el ciudadano.

A propósito de esto último, el jefe del Gobierno Español, Rodríguez Zapatero, cada vez mejor informado de lo que pasa en América Latina (desde lo ocurrido en la cumbre de Santiago de Chile), hizo recientemente en Madrid lo que no hacen sus colegas en este lado del mundo cada vez que tienen que cesar o ratificar a un ministro. Rodríguez Zapatero habló claro sobre la gestión de dos miembros de su gobierno, actualmente enfrentados a fuertes críticas de los sectores opositores del régimen. Se trata de sus ministros de Relaciones Exteriores y de Fomento y Obras Públicas, a los que no dudó en ratificar y explicar por qué los ratificaba (en detalles uno, dos y tres). Por supuesto que también podría haber sucedido al revés: que ambos ministros perdieran la confianza del mandatario español y este se viera obligado a ponerlos cortésmente en la calle, pero sin tener que pasar por el atroz limbo político que caracteriza la vida de no pocos integrantes de gabinetes en América Latina. De la misma manera transparente como son llamados al poder, los ministros deberían ser ratificados, cuestionados o cesados. Ser sometidos cada cierto tiempo a la tortura cruel de no saber qué va a pasar con ellos, como si sus puestos fuesen el festín de una tómbola, constituye una práctica política obsoleta. Cada vez los cargos ministeriales obedecen más a necesidades de acreditación de competencias que a favores políticos. Por consiguiente, no se debería maltratar a nadie con el calabozo político del limbo.

Las funciones ministeriales no tienen que medirse a plazos fijos sino por rendimiento de objetivos. Y cuando haya que ratificar a un ministro y cesar a otro, que se sepa bien lo que pasa con ellos y que nadie invente evaluaciones o presiones partidarias.

Los limbos políticos, como los gerenciales, no sirven para nada. Ni en Navidad ni en julio ni en el verano. Si es que hay que hacer cambios o relevos, hay que hacerlos y explicarlos bien.

Palacio de Gobierno debe ser un ámbito de trabajo y resultados y no el oráculo de Delfos para las adivinanzas de este tiempo.

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