El narcotráfico genera distorsionado crecimiento económico en la zona
Por Nelly Luna / Pablo O´Brien
Cuando llueve mucho --y eso ocurre con frecuencia en la selva--, las carreteras que llevan a San Francisco, la puerta de entrada al valle de los ríos Apurímac y Ene (VRAE), son un borroso garabato de lodo que desafía al chofer más osado. Las incontables cruces que acompañan esas curvas cerradas advierten que puede ser uno el siguiente en caer en aquellos abismos camuflados bajo la espesa vegetación de la selva ayacuchana. En ese intrincado escenario de un solo carril, los últimos hombres de Sendero Luminoso (SL), aliados del narcotráfico y dirigidos por 'Alipio', emboscan y atacan a policías, militares y civiles para luego huir y cobijarse en el monte.
Durante la última década el tránsito en esta zona se ha hecho más intenso. La gente va y viene desde los puntos más recónditos del VRAE hacia Huancavelica, Apurímac, Junín o Ayacucho. Los ómnibus informales han multiplicado sus rutas. Los grifos, los restaurantes, los bares, los billares, los clubes nocturnos, la venta de fertilizantes e insecticidas, las casas comerciales y sus luces de neón se van sumando cada día al paisaje. El origen de este distorsionado crecimiento es sin duda el narcotráfico.
El VRAE no duerme en las noches. Cuando la luz del sol desaparece y se encienden los tímidos postes de las calles de Quimbiri (localidad ubicada frente a San Francisco), empieza la compra y venta de los costales de hoja de coca. Luego de ser colocados en camionetas, desaparecen por esa sinuosa carretera. La policía de la zona conoce todo esto, pero poco puede hacer: la comisaría tiene solo ocho agentes (incluido el comisario). La protección del cargamento está en manos de SL. Las Fuerzas Armadas, al mando de la lucha contrasubversiva en la zona, también hacen poco. Salvo operaciones excepcionales, los militares patrullan las trochas que unen San Francisco con los distritos más alejados como Santa Rosa o Llochegua, donde se concentra la producción de cocaína. Si los narcotraficantes y los lugareños se trasladan con soltura, incluso abren nuevas rutas a pie para el traslado de insumos químicos, los representantes del Estado no lo hacen. No lo pueden hacer.
Detrás de este seudocrecimiento, hay una pobreza desoída por años. En el VRAE, nueve de cada diez habitantes son pobres, y la mitad de ellos vive con menos de un dólar al día. El agua potable sigue siendo una promesa electoral. Más de 160 mil beben agua con plomo. Las postas no se dan abasto para atender las infecciones estomacales y los analgésicos son la repetitiva receta. Los asháninkas, hijos del terror de los años 80, observan la invasión de sus tierras para el cultivo de más coca. Y en localidades como Llochegua (la Uchiza de hoy) los colegios son devorados por las ratas y los murciélagos. El Plan VRAE parece ser tan solo un entusiasta discurso.
Las emboscadas se realizan a fin de año
Por razones desconocidas, los senderistas esperan los últimos meses del año para preparar sus emboscadas contra las fuerzas del orden en el Valle del Río Apurímac y el Ene (VRAE).
Desde el 2005, los ataques efectuados por los terroristas contra la policía se han producido entre noviembre y diciembre. ¿Simple coincidencia?
Las cuatro emboscadas sufridas por personal de la PNP se efectuaron en los mencionados meses. El 5 de diciembre del 2005, diez policías que trasladaban a un narcotraficante fueron atacados. Cinco agentes murieron en la acción. Tres días después, los subversivos ametrallaron un helicóptero sin dejar heridos que lamentar. El año pasado, el 16 de diciembre, cinco policías y tres civiles murieron al caer en una celada preparada por una columna senderista. El último ataque sucedió el 14 de noviembre último. El resultado: cuatro agentes muertos.
Pero esta no es la única coincidencia. Los ataques tuvieron como objetivo asesinar policías encargados de la lucha contra el narcotráfico. Un indicio adicional que lleva a pensar que Sendero se ha convertido en un cártel de la droga.