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Un estadio con historia

EN EL ATAHUALPA LA SUB 17 CLASIFICÓ AL MUNDIAL. HOY LE TOCA REÍR A LA SELECCIÓN MAYOR

Por Jaime Cordero

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A cada rato nos acordamos del Centenario y la Bombonera, pero el Atahualpa de Quito, ese viejo estadio donde hoy nos toca jugar, también debería estar en el imaginario del hincha peruano como un estadio que nos viene bien. Allí fue donde Perú logró su última clasificación al Mundial y no es poca cosa, aunque sea un Sub 17. Ese equipo de Oré que nos brindó las alegrías que hace tiempo nos niegan los mayores concretó allí su hazaña hace solo unos cuantos meses.

El recuerdo está bastante fresco. Perú ya había hecho más de lo que se le había pedido y, como nunca, los resultados de los otros nos ayudaron a salir a la cancha casi clasificados. Ecuador y Venezuela habían fracasado ruidosamente en los partidos preliminares y un empate ante Argentina era más que suficiente. Pero el peruano está tan acostumbrado a sufrir que no celebra hasta el pitazo final.

Aceptémoslo: nos sentimos tan salados que nos creemos capaces de encajar dos goles en los dos últimos minutos. Aquel día estaban en la tribuna preferencial del Atahualpa los suplentes que no habían sido convocados y un Reimond Manco histérico que pagaba la tarjeta roja que le habían mostrado en el partido anterior. Era el que más gritaba y más renegaba ante cualquier imprecisión de los compañeros. Estaba pagando una dura penitencia: llevar a su equipo hasta la instancia final y no poder jugar ese partido decisivo es algo que duele demasiado. Él lo sintió y seguramente ese día maduró varios años. Cuando finalmente todo terminó, empezó un desbande que en Perú solo podría compararse con el que se vivió en 1981. Los brasileños que iban a recibir el trofeo y las medallas de campeones miraban entre estupefactos y enternecidos a los púberes peruanos que lloraban por haber terminado cuartos. No había tiempo de explicarles que este era el momento feliz que durante más de 25 años nos había sido esquivo.

Hoy nos toca volver a esa cancha. No se verán las escenas enternecedoras de aquella vez, ni abrazos del alma entre jugadores y entrenadores, entre médicos y utileros, entre asistentes y periodistas. No vamos a clasificar al Mundial en el Atahualpa de nuevo, aunque tampoco quedaremos eliminados. No estaría de más, de todas formas, recordar que este es uno de esos pocos escenarios extranjeros donde pudimos ser felices. A lo mejor podemos serlo otra vez.

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