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Cuento chino a la gaucha

DESCUBRIMIENTOS. El escritor argentino Ariel Magnus ganó el premio internacional de novela La Otra Orilla 2007 con un relato ambientado en el poco explorado barrio chino de Buenos Aires. En unas semanas recibirá otro premio continental. A dos años de su debut literario, su voz despega

Por David Hidalgo Vega

En Ariel Magnus confluyen las circunstancias que dan cuerpo a sus relatos. Es descendiente de inmigrantes judíos alemanes en Argentina, pasó años en Alemania como inmigrante universitario, ahora ha escrito una novela ambientada en el mundo de los inmigrantes chinos en Buenos Aires que le ha valido el primer reconocimiento internacional. "Un chino en bicicleta" (Norma, 2007), la historia de un descubrimiento precipitado por el secuestro del protagonista a manos de un oriental pirómano, está escrita con ojos de alguien que ha viajado mucho, lo suficiente para disimularlo. Magnus, quien durante años escribió novelas para guardarlas en el cajón, está ahora camino a ser un referente internacional gracias a dos premios y un estilo que bien los merece. El momento lo sorprende en sus trece: hace tres semanas se mandó mudar con su esposa a la Patagonia, para escribir con más comodidad.

Hay un antecedente interesante de tu libro, que es tu viaje a China.
Sí, fue hace como diez años. Primero hice el clásico viaje por Latinoamérica, desde Buenos Aires, pasé por Bolivia, pasé por Machu Picchu. Me acuerdo que en una isla del Titicaca un español nos dijo: Hay que ir a la India, es el lugar. Y bueno, con mis amigos decidimos ir. Fue gracioso porque llegamos a Bangkok y nos enteramos de que era temporada de lluvias. Así que dimos la vuelta por Vietnam, Tailandia, Malasia, Indonesia, Singapur, subimos por Lagos, Camboya hasta China. Fue una emoción increíble, yo sentía que se me caían las lágrimas, porque ese país es la cuna de la civilización. Hoy ya no lo haría, me agoté, vi tantas cosas en Asia que ya no las podía soportar. Pero igual es lo que más me gustó. Y también me encantó Bolivia. A Lima, la última vez que vine fue de mochilero, me alojé en un hotel horrible y comía en los chifas más baratos. Ahora estoy en un superhotel. Esas vueltas de la vida son maravillosas.

He leído que estudiaste periodismo desde los 13 años.
Soy primogénito de una familia judía, así que estoy un poco sobreestimulado. Tenía doble escolaridad y después de clases me hacían estudiar flauta, jugaba balonmano, fútbol los fines de semana, estudiaba inglés. Y bueno, con ese mismo pensamiento escribía desde chiquito. Tengo libros de cuando tenía 8 años. Eran de tres páginas, pero yo los escribía, recortaba, tipeaba en una máquina que me regaló mi abuela. A los 10 años escribí mi primera novela, que debe haber tenido diez páginas, pero me sorprende esa constancia de escribir, que es medio rara en un adulto, mucho más en un chico. Mi madre, en vez de mandarme a un taller de literatura, me mandó al taller de periodismo de "Página 12". A los 16 años estaba a las patadas, me parecía que periodismo y literatura eran cosas muy distintas. Hoy se lo agradezco infinitamente. Los talleres de literatura no me interesan, en cambio el periodismo me dio no solo los amigos que tengo hoy, me abrió un mundo.

Me llamó la atención porque te invitaba a buscar en el lado duro de la historia familiar. Me refiero lo de tu abuela en Auschwitz.
El acercamiento con el periodismo y con lo alemán confluyó cuando mis padres me invitaron a pasar unas vacaciones en Brasil, como hice siempre de chico. Me iba a morir de aburrimiento, así que me dije: "¿Qué hago? Entrevisto a la abuela, que es un plomo, está vieja y nunca contó su historia". Le hice una entrevista de tres días. Mi idea era entregarla a una institución, pero fue un desastre: ella me gritaba, yo no le entendía. Un caos. Por dos años no pude escuchar la cinta. Hasta que mi abuela vino a visitarme a Berlín y pasamos 10 días juntos. Mi abuela es un personaje de Woody Allen. Cuando se fue tuve la necesidad física de describir esos 10 días. Hice como un diario y se lo mandé a mis amigos. Quedaron fascinados.

¿Su historia era un tema tabú?
En la familia sí, porque ella no hablaba del tema y a nosotros no nos gustaba preguntar. Además, el tema del nazismo me tenía podrido, porque lo mamé de muy chiquito. Mi padre estaba muy asustado con el libro. Allí soy muy duro con mi abuela. Por ejemplo, cuento que de niño yo pensaba que ella sobrevivió porque había colaborado con los nazis. Una pavada, pero son las fantasías que uno tiene de chico, porque la odiaba, porque era tacaña y me daba chocolates vencidos, pero a la vez le pagaba los pasajes de avión a toda la familia. Tenía eso que es muy alemán.

En alguna parte cuentas que cuando visitó un campo de concentración dijo una cosa sorprendente.
Fue una visita tremenda. Un campo de concentración es una cosa horrible. Salimos todos llorando, y ella dijo: "¿Nos tomamos un cafecito?". Qué impresentable esta abuela. Es un desastre. Y además es xenófoba, habla en contra de los turcos, ella, que sufrió la persecución también. Pero a la vez es una mujer amorosa, muy graciosa.

En Alemania tuviste la experiencia de ser inmigrante.
Sí, por más que soy blanco, tengo pasaporte alemán y hablo el idioma bastante bien. Te lo hacen sentir. Más de una vez la primera pregunta que te hacen es de dónde vienes y la segunda cuándo te vas. Y bueno, algo de eso cambia tu sensibilidad hacia el inmigrante.

¿Por eso cuando regresas a Argentina te llama la atención el barrio chino de Buenos Aires?
Muchísimo. Los chinos estaban en todo Buenos Aires y nadie les daba bolilla. La gente decía: ¿A quién carajo le interesan los chinos? Como que ocupan un lugar secundario en la cultura porteña.

¿Hubo otra historia que te interesó antes de hallar a tu personaje?
No, a partir de su historia iba a encontrar otras. Por ejemplo, la del chino que atiende el minimercado cerca de mi casa o la de una actriz que aparece en el libro. Pero el que más me interesaba era Li. Habían incendiado unas mueblerías, once en total. Una noche agarraron a un chino en bicicleta, con un bidón de gasolina y unas piedras y fosforitos y una pistola. Era el sospechoso perfecto. Fui al juicio que le hicieron. Lo condenaron y lo metieron en un manicomio, aunque no le entendían nada.

¿Pudiste hablar con él?
No. Tampoco tenía mucho que preguntarle, salvo por qué había sido tan idiota de comprarse un arma. Salió con una fianza, pero cuando estaba terminando la novela, lo agarraron de nuevo en la calle con una mochila de bombas molotov. Tuve que cambiar el final (risas).

Has dicho que no tienes amigos chinos. Me pareció raro para alguien que se metió en su barrio.
Es que me metí poco, un par de veces, no hice una gran investigación. Para mí la realidad es un trampolín, solo necesito el empujón. Si tengo demasiada realidad, me pierdo y me aburro. Me gusta avanzar, cambiar de ritmo.

¿Y cómo respondiste a esa crítica de que has hablado de ellos de manera muy descarnada?
Bueno, el humor argentino, el humor judío, es cínico, ácido. Es mi forma de relacionarme. Puede ser ofensivo para algunos, pero para mí es más peligrosa la corrección política. Me pasó con el libro de mi abuela, un sobreviviente de Auschwitz se puede sentir ofendido. Y pasó con mi primer libro, Sandra, sobre una gorda lesbiana que está a punto de suicidarse. Está basado en una amiga mía. Alguna gente pensó que ella se iba a ofender, pero no fue así. Y creo que si Li lee el libro tampoco se va a ofender, por más que algunas cosas no le gusten, porque está escrito desde la simpatía. Yo escribo los libros desde el amor. Y si tengo que ser duro, lo soy. Solo así se puede establecer una comunicación humana.

¿La idea inicial de este libro ya estaba en clave de humor?
No, pero se fue hacia ese lado. El libro anterior, inédito, tiene partes delirantes que ocurren también en el barrio chino. Hay un personaje, un vietnamita, que me encantó escribir. Y pintó la cuestión del humor. Ahora, no me gustaría hacer libros de humor. Me gusta solo como forma de pensar. Mi mujer sí tiene sangre griega y tiene esa cosa más trágica. Ahora vivimos en la Patagonia, por ejemplo, y seguramente escribiremos libros sobre eso: la suya va a ser una historia retrágica y la mía va a ser absurda.

¿La experiencia en Alemania también te ha dado para escribir otras historias?
Bueno, el libro que acaba de ganar el premio Juan de Castellanos, se llama "Muñecas" y ocurre en la ciudad de Heidelberg. Se basa en una historia real de cuando fui invitado al cumpleaños de una persona que conocía poco y fui el único que llegó. Había preparado comida para un batallón de gente y no llegó nadie, solo mi mujer y yo. No sé qué pasó. Y en esa historia aparecen muñecas sexuales, que fue algo que conocí allá y de lo que escribí para algunos diarios. Allí está Alemania. Supongo que seguirá apareciendo.

A propósito de premios, ¿cómo te afecta la vorágine de dos reconocimientos tan seguidos?
Bueno, una de las cosas buenas de ganar un premio es que tu familia te respeta. Yo odio cuando me llaman en la mañana y estoy escribiendo. Antes no me entendían, pero ahora dicen: "No, no, Ariel está escribiendo, eso es importante". De repente es respetable lo que haces. Pero no quiero quedarme en este libro, tengo mucho por hacer. Esto está bueno, pero lo importante está adelante.

LA FICHA
Nombre: Ariel Magnus.
Profesión: Periodista y escritor.
Lugar y año de nacimiento: Buenos Aires, 1975.
Publicaciones: "Sandra" (2005), "La abuela" (2006), "Un chino en bicicleta (2007). Ahora prepara la traducción de "La conquista de lo inútil", el diario de filmación de la película "Fitzcarraldo", de Werner Herzog.

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