Por Renato Cisneros
"No todos podemos zafar de la agonía de la época/ y así/ en este momento/ a los pies de la cama de mi viejo/ yo también prefiero morir antes que envejecer". Morir antes que envejecer. Cuando hace cinco meses leí esos versos en un librito minúsculo llamado 'Tuca', de un tal Fabián Casas, sentí esa típica descarga de admiración y envidia que surge cuando lees algo que te hubiera gustado escribir. Estaba en casa del editor y poeta Arturo Higa, quien me puso al corriente de este Casas que no conocía. "Es uno de los mejores escritores jóvenes argentinos; deberías buscarlo", me animó, aludiendo al viaje que yo estaba por hacer a Buenos Aires.
Semanas después, ya en Argentina, compré en una librería un Combo Casas: el poemario Tuca y dos de sus libros de relatos más celebrados: Ocio y Los Lemmings y otros. Los devoré en una noche, quedando inesperadamente conmovido. Había algo de apabullante en el modo -duro y tierno; estridente y sigiloso- con que Casas hablaba de la amistad con su padre, de su madre muerta, de las coordenadas sentimentales de su barrio, de la escenografía de su adolescencia, de la ilusión y la rabia que toda juventud dispara.
Tanto disfruté esos textos que a la mañana siguiente le envié a Casas un correo electrónico, pidiéndole unos minutos para charlar. Su respuesta fue inmediata. Me dio su dirección e instrucciones para no extraviarme.
Cuando llegué, me invitó un whisky, me presentó a su perra Rita y me mostró su recién adquirido departamento: una pieza antigua y enorme con un vetusto ascensor cinematográfico. Pasamos cerca de tres horas conversando. Me impactó la sinceridad, la simpleza, la humilde indiferencia con que Fabián reflexionaba sobre la literatura. Como si le resultara vital y le importase un rábano al mismo tiempo. Le pregunté cuándo se daba cuenta de que estaba listo para escribir un poema o un relato, y me dijo que en él la necesidad de escritura se manifestaba con una "musiquita" apenas perceptible en el oído.
Recuerdo que antes de retirarme me regaló otro libro suyo (El Spleen de Boedo) y nos tomamos una foto en la cocina. Cuando salí del edificio me sentía, estúpidamente, más poeta que cuando llegué. Como si el azaroso hecho de haber compartido la tarde con un narrador brillante en una ciudad magnífica me hubieran convertido, por mimesis, en el escritor en serio que todavía no soy.
Mis inocuas digresiones se vieron felizmente interrumpidas por unos voluminosos trozos de nieve que el cielo de Buenos Aires dejaba caer después de 90 años, desencadenando el feliz asombro de los transeúntes.
Todas estas escenas me han venido rondando desde el pasado 11 de noviembre, cuando me enteré de que Casas ganó el importante premio alemán Anna Seghers. Ojalá que a raíz de esa distinción su obra circule pronto en Lima. La literatura argentina (o la literatura a secas) no suele engendrar escritores como él, que, siendo tan prolífico, mantiene una mirada de la realidad a ras del suelo, tan lejos de las elevaciones egocéntricas y del angurriento morbo de la falsa consagración.