Un hombre que explora sus límites
Por Guillermo Niño de Guzmán
A fines del año pasado apareció un libro que, desafortunadamente, se perdió entre la marea de publicaciones, quizá por su escasa envergadura (una edición apretada de formato reducido), quizá por la indiferencia de los comentaristas, quienes suelen mirar con desconfianza las incursiones de artistas plásticos en el espacio literario. Nos referimos a Crónica de un viaje desde en hacia hasta (Editora Mesa Redonda, Lima, 2006) de Jorge Piqueras, un texto que escapa a las clasificaciones habituales, proteico y perturbador, cuya fuerza expresiva trasciende el ámbito de la simple curiosidad.
A diferencia de lo que ocurre en otras latitudes, donde no es extraño que un pintor o escultor se anime a escribir (un estudio teórico, ensayos, poemas, memorias o una novela), en nuestro medio son contados los artistas que han optado por recurrir a las palabras como vía de expresión adicional o paralela a su oficio principal. Desde luego, tenemos a Eielson -aunque su caso es el de una rara avis, dada su doble condición de poeta y artista-, así como a Sszyszlo, Tola y Wiesse, pero son más bien excepciones dentro de un espectro en el que los plásticos parecen adolecer de una falta de interés por otras disciplinas que no sean la suya. En ese sentido, cabe advertir que Piqueras pertenece a una generación como la del '50 en la que pintores, escritores y músicos mantenían un estrecho contacto e intercambio creativo, atentos a los movimientos innovadores que se desarrollaban en Europa y Estados Unidos después de la guerra.
Pero, ¿qué es Crónica de un viaje...? Como señalamos antes, se trata de una obra heterodoxa en la que confluyen varios géneros: la narración autobiográfica, la poesía, el diario íntimo, el cuaderno de apuntes, el relato onírico, etc. Es un texto polivalente que puede leerse como el viaje introspectivo de un individuo que no cesa de auscultar su conciencia, pero tampoco de escrutar la realidad. En esa perspectiva, es un grito desgarrado de afirmación existencial, una exploración de las regiones más íntimas de un artista implacable en su rebelión contra el mundo y, sobre todo, contra sí mismo.
El libro de Piqueras posee autonomía como obra literaria, pero cobra otra dimensión si se toman en cuenta los elementos subyacentes que aluden a su itinerario vital y profesional. No hay que olvidar que el autor es uno de los artistas más importantes que surgieron en el Perú a mediados del siglo XX y que han continuado en actividad, en constante búsqueda, como lo atestigua su reciente exposición en la galería Lucía de la Puente. Piqueras partió muy joven a Europa, donde completó su aprendizaje y consolidó su carrera como como pintor y escultor. En 1987 regresó como invitado especial de la Bienal de Trujillo y decidió quedarse en el país, donde permaneció cinco años antes de volver a irse e instalarse en Italia. En 1998 retornó a Lima, estancia que se prolongó hasta hace pocas semanas. Ahora, a los 82 años, el artista ha emprendido, una vez más, la aventura del exilio y se ha ido a vivir a París, la ciudad que lo acogió en su juventud.
Sin duda, ese espíritu inquieto e inconforme salta a la vista en el texto que comentamos. Aquí Piqueras da cuenta de un prodigioso viaje interior en el que imperan las pulsiones más viscerales, el placer de los sentidos y los delirios propios del sueño. Algo de escritura automática y de filiación surrealista hay en esta exploración, lo que se trasluce en un lenguaje profuso en imágenes que en el momento más insospechado invade el territorio de la poesía. No obstante, el autor quiebra constantemente el rumbo y recupera un ritmo esencialmente narrativo, sorprendiéndonos con cada vuelta de timón.
Crónica de un viaje desde en hacia hasta es una obra difícil de etiquetar pero no de leer. Habla de un hombre que fuerza sus límites y que pone en entredicho su realidad, incluida su propia existencia. Lo interesante es su peculiar textura, la riqueza de una composición que, en cierto modo, revela una meta imposible: dar a las palabras una intensidad y vibración que solo poseen los colores de la paleta de un artista.