El otrora complejo salitrero Pedro de Valdivia conserva todo: teatro, casas, parques y restaurantes, pero no tiene habitantes
Por Moisés Ávila Roldán. Enviado especial
PEDRO DE VALDIVIA. Alguna vez, el salitre fue motivo de disputas, y de guerras entre países. De acuerdo con la historia, la Guerra del Pacífico fue motivada, entre otras cosas, por la administración de aquel recurso mineral que abundaba en el otrora litoral boliviano y en lo que alguna vez fue parte del sur del Perú. Tras el conflicto bélico, este territorio se convirtió en el nuevo norte de Chile, y fue un imán de inversiones extranjeras. Se formaron grandes ciudades y emporios. En pleno siglo XXI, de toda aquella modernidad queda solo el recuerdo.
En 1911, en una pequeña porción de lo que es hoy la región de Antofagasta, la empresa inglesa Guggenhim Brothers instauró, en medio del desierto, la mina de cobre Chuquicamata. Se dice que uno de sus ingenieros, llamado Elías Antón Cappelens, basado en sus conocimientos de explotación de ese mineral, desarrolló un método revolucionario en la extracción de salitre, abundante en la zona. Por ello, 13 años después, los Guggenhim le compraron al Estado Chileno unos terrenos conocidos como Salar de Miraje, en donde instauraron las salitreras María Elena y Pedro de Valdivia, esta última en 1931. Pero, es costumbre en toda zona minera, llevaron a vivir allí a los trabajadores, directivos y a sus familias.
UNA VERDADERA CIUDAD
Sus casas son grandes y repetidas, a manera de urbanización. Tiene avenidas pequeñas, pero anchas. Detrás de las viviendas, se alza una iglesia mediana y, en el centro de la pequeña ciudad, se erige una plazuela con banquitas, subibajas y columpios. También está el Politécnico Manuel Montt, para los hijos de los trabajadores y de los ejecutivos de la salitrera, y un hospital. Se trataba de la última edificación salitrera que se hacía en Chile.
A un costado de la plaza está el teatro Alfa, lugar de reunión de los fines de semana, y, al otro, el Mercado Modelo, la pulpería (carnicería), un salón de té, oficina de correo, telégrafo, una bodega y la estación de bomberos. Todo en su sitio. Hasta el camión Fargo para apagar incendios está estacionado a un lado de la plaza principal. Tiene de todo. Menos gente.
El paso de los años ha cubierto los inmuebles de enormes capas de polvo y tiempo. Aquellas viviendas que alguna vez albergaron a prósperos ejecutivos y empleados del salitre, son ahora enormes cascarones enclavados en el desierto, y por cuya estructura se temió durante el terremoto que afectó el norte de Chile el 14 de noviembre último.
Las calles y las casas parecen haber sido dibujadas con lápiz de un solo color: la arena del desierto ha teñido las viviendas, así como los restos de los que algún día fueron jardines --con árboles incluidos-- las ventanas, veredas y pistas.
Solo el viento sopla con fuerza y silba en los oídos en Pedro de Valdivia. Los restos de los techos de calamina se sacuden con algún ventarrón, y el aire juega con los ventanales y puertas que conservan los goznes, haciéndolos rechinar tenuemente. Si en algún momento apareciera rodando por el suelo un bloque de heno, podría pensarse que se está en medio de una película del cine western.
De acuerdo con los habitantes del lugar, el abandono del pueblo es la suerte que normalmente corren los asentamientos mineros. El de al lado, llamado María Elena, que tiene alcalde y todo, todavía se sustenta del salitre, pero cada vez se va quedando con menos gente, porque los hijos se van a estudiar a la ciudad y hacen sus vidas lejos de donde nacieron. Más al norte, en el valle de Quillagua, solo quedan 100 habitantes.
LA MÁS GRANDE
Cuando entraron en funcionamiento Pedro de Valdivia y María Elena, se les consideró las salitreras más importantes de la zona, y producían conjuntamente 1'220.000 toneladas al año. Ello permitió al grupo Guggenheim comprar otras salitreras del lugar. En 1965, la empresa pasó a poder de la Sociedad Química y Minera de Chile, Soquimich.
Pero, como nada es eterno, el auge del salitre o caliche, aquel que era enviado exportado a Europa para utilizarlo como abono o como materia prima de municiones, terminó. Mantener a Pedro de Valdivia --aquel lugar en algún momento albergó hasta 14 mil habitantes-- dejó de ser rentable y, a principios de 1996, se optó por despoblarla. En aquella fecha, fue declarada monumento histórico nacional.