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A PROPÓSITO DEL SÍNDROME DEL PERRO DEL HORTELANO

Un crecimiento de ancha base

Por Juan Arroyo. Investigador de la U. Cayetano Heredia

El artículo del presidente García "El síndrome del perro del hortelano" ha potenciado un debate iniciado en los últimos tiempos sobre el mediano plazo del país, con la aparición de libros de visiones opuestas como los de Jaime de Althaus ("La revolución capitalista en el Perú") y de Francisco Durand ("El Perú fracturado"), y con la multiplicación de seminarios que intentan capturar el sentido de la marcha del país, pero con una discrepancia que llama la atención, entre el pesimismo histórico y el triunfalismo de corto plazo. ¿Por qué esta discrepancia?

El Perú está en un momento especial, expectante, que podría permitirle salir del vaivén de ciclos cortos de expansión y recesión, sin superar sus niveles históricos de crecimiento, pobreza y desigualdad. Nunca hemos tenido tantos años seguidos de crecimiento del PBI, de los más altos en América Latina. La balanza comercial es positiva, la inversión privada ha crecido y se ha reducido el peso de la deuda externa respecto al PBI, mejorando la calificación de riesgo país.

Sin embargo, también hay evidencias que ratifican que la economía peruana es bastante heterogénea y con grados diversos de conexión interna. Durand habla con acierto de tres economías: la formal, la informal y la delictiva. Por eso, pese a la expansión del polo formal, la pobreza rural ha bajado muy poco, a diferencia de la pobreza urbana, y la sierra y la selva tienen otros ritmos distintos que la costa. Ya hace tiempo los economistas del Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico y del BBVA Continental habían venido señalando que la elasticidad PBI-empleo y PBI-pobreza son bajas, lo que quiere decir que por cada punto de crecimiento económico las variaciones en el empleo y la pobreza son bastante menores. Esta heterogeneidad es la que crea la imagen del vaso medio lleno o medio vacío, según desde donde se mire.

Por eso, mientras la franja emprendedora de las grandes empresas y las mypes se ha lanzado a correr la ola, los perdedores de siempre han comenzado a originar otro tipo de conflictividad social, la propia de los ascensos, ya no por repartirse lo poco que hay, sino más bien por compartir el 'boom'.

La desconfianza de un sector poblacional es subjetiva y objetiva, esto es, se alimenta a veces de prejuicios y tesis desfasadas, pero también de realidades y experiencias vividas. Porque las cosas están un poco al revés de lo normal en el país: lo nuevo desde el 2002 es que la estructura construida por las políticas de los 90, que reprimarizó y globalizó la economía, está en un momento expansivo. Las críticas a esta estructura, tan brillantemente resumidas por Gonzales de Olarte y otros, no han dejado de tener razón, pero hoy esa estructura, riesgosa por sus altas externalidades y no deseable por los niveles de exclusión que produjo, ha encontrado oxígeno en los precios de nuestros minerales y ha comenzado a mover con efecto dominó a los círculos aledaños. Hubiéramos deseado que el aventón nos agarrara con otra estructura. El estudio último de Arellano muestra que el ingreso familiar y el consumo han comenzado a crecer en 16 ciudades del interior.

La única forma de cerrar filas, de comprometer a una gran mayoría en el aprovechamiento de la ventana de oportunidad y hacer sostenibles sus resultados, es promoviendo un crecimiento de ancha base, que involucre a la franja de las Mype y al mundo rural, además de repotenciar las políticas sociales. Ello implicaría seguramente, entre otras cosas, convertir a los ministerios de Trabajo y de Agricultura en otras dos grandes locomotoras nacionales, del mismo nivel que el MEF actual.

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