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CONTRACORRIENTE

A 50 años del fusilamiento del Monstruo del Armendáriz

El monstruo que Lima creó

Por Carmen Gallegos Pérez

"El protocolo de la autopsia estableció que no había signos de violación; ahora, la incógnita es despejar si en realidad se trata de un crimen".

(Capitán comisario de la Guardia Civil/ El Comercio, 12 de setiembre de 1954)

El jueves 9 de setiembre de 1954 los titulares de los diarios despertaban a una Lima de apenas medio millón de habitantes, con una noticia horrenda.

El cadáver de Julio Hidalgo Zavala, un niño de 3 años y medio, fue hallado en una covacha en la zona que entonces se conocía como la quebrada de Armendáriz, zona limítrofe entre los balnearios de Miraflores y Barranco.

El cuerpo fue encontrado en posición decúbito ventral (boca abajo) y basándose en este indicio las autoridades y la prensa comenzaron a tejer la historia del "anormal" que habría violado al menor.

Así nacía un 'monstruo' que reunía todos los prejuicios y temores de una sociedad.

Las declaraciones de los vecinos a los diarios retrataron al feroz criminal: "un sujeto de estatura baja, azambado y de ojos rasgados". Inmediatamente comenzó la cacería de brujas y las autoridades detuvieron a todo individuo con estas características.

Un turronero que trabajaba en la calle Atahualpa, hoy Alberto Lafon, donde vivía la familia de la víctima, afirmó que el homicida le compró una melcocha para el niño y se lo llevó de la mano.

Una semana después los diarios exponían como el asesino a Jorge Villanueva Torres, en un escaparate mediático. "Lo han hecho confesar" aplaudía la prensa.

Y aunque según el protocolo de autopsia de la víctima nunca hubo violación, la prensa lo calificó de depravado y de violador.

"Con indicios no se condena a muerte. No hay convicción, miente el turronero. En caso de duda hay que estar a lo favorable al reo, ¡Indubio pro reo!"

(Carlos Enrique Melgar/ Abogado defensor)

Transcurrieron casi tres años de juicio cuando, a pedido de Jorge Villanueva, el abogado Carlos Enrique Melgar tomó la defensa y logró que, en solo un mes y medio, se retire el cargo de violación. Pero los magistrados, sometidos a la presión popular, lo condenaron por homicidio.

Al promediar las 5:30 a.m. del 12 de diciembre de 1957, el reo fue sacado de su celda en la Penitenciaría de Lima, situada en lo que hoy es el hotel Sheraton y el Centro Cívico.

El corazón debía latirle con fuerza mientras se acercaba esposado, descalzo y vistiendo un gastado overol azul, hasta el patio donde sería ejecutado.

Víctor Maúrtua, quien se desempeñaba como médico legista durante el caso, presenció la ejecución. Incluso le colocó "la escarapela", un pedazo de cartón cubierto con un trapo negro en la zona del corazón como guía para sus verdugos.

En ese cartón, que conserva hasta hoy, quedaron los orificios de dos balas.

"Me llamó la atención que hasta el último momento insistiera en su inocencia. Pedí el expediente del caso y me dijeron que estaba perdido. Pero logré conseguir el protocolo de autopsia y no hay evidencias que prueben el crimen", advierte Maúrtua.

LA "MONSTRUITIS" DE LIMA
En su niñez Jorge Villanueva fue un "pájaro frutero". Así se llamaba en esa época a los niños ladrones o "pirañitas" de hoy. En su juventud, un ladronzuelo que hacía de las suyas en los tranvías, atiborrados de gente, que surcaban Lima. A sus 35 años ya había pisado la cárcel y era conocido como vago y ladrón de poca monta en las comisarías.

Para Manuel Jesús Orbegoso, periodista que siguió el caso, a Villanueva se le juzgó más por negro, vago y ladrón que por asesinar a un niño. "Lo peor de las ejecuciones que he presenciado es no tener la certeza de que el reo era culpable. Lo mismo ocurrió con el monstruo de Cajamarca, Udilberto Vásquez Bautista, ejecutado en 1970 por violar y asesinar a una pastora. Se convirtió en un santo popular."

Víctor Maúrtua ensaya una teoría para la desgracia de Villanueva en su libro "La pena de muerte y los delitos de violación": Villanueva fue víctima de la "monstruitis", un fenómeno que se difunde a través de los medios de comunicación, creadores de seres siniestros que aterrorizan a la sociedad y la hacen clamar por la aplicación de una terapéutica radical: la pena de muerte.

El infortunio persiguió a Villanueva hasta después de su deceso. En 1996, un periodista de este diario buscó su tumba en el cementerio Presbítero Maestro, en el distrito de El Agustino.

Descubrió que sus restos tuvieron que ser incinerados por falta de pago en 1964.

Su historia dio origen a un mártir entre los presos, una canción y una película, pero a pesar de todas las pistas de su inocencia, nunca dejaron de llamarlo Monstruo.

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