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HILDEBRANDO PÉREZ ARDIENDO EN SUS AGUAS

Lirismo y coloquialidad

Por Enrique Sánchez Hernani

AGUARDIENTE, FOREVER
Hildebrando Pérez Grande
Hipocampo editores
Lima, 2007

Lo primero que nos viene a la memoria tras leer Aguardiente, forever, de Hildebrando Pérez Grande, es una anécdota que él hacía circular en el taller de poesía de San Marcos, que dirigió durante tantas décadas. Decía que ponerle un título en inglés a los poemas traía suerte. Para ello citaba el caso de "Farewell" de Neruda y "Twilight" de Bendezú. Tal cábala, esta vez, se cumple con creces. Este, su más reciente volumen de poesía, ofrece poemas que podemos contar entre los más bellos de la tradición peruana.

Aguardiente, forever es un libro único que Hildebrando ha venido escribiendo a lo largo de su vida. La primera versión data de 1978, cuando ganó el premio Casa de las Américas de Cuba. Las primeras secciones del libro tienen una impronta más social que lírica, la verdadera y más próspera vertiente de su poesía. En esos primeros textos, Hildebrando solía unir a su poesía la clara influencia de la música andina: "Palomita cuculí / voy quenando, / voy quenando. / Agüita limpia es mi pecho / vas llameando / vas llameando" ("Serenata") hasta casi componer canciones perfectas, musicalizables. Tal tributo a la música andina aparece innumerables veces ("Flor de habas", "Cerreña", "A Silvia, de nuevo", solo por nombrar algunos textos).

Pero para suerte de los lectores hizo mucho más. Ya en algunos primeros poemas de su primigenio Aguardiente, Hildebrando compuso poemas de una impronta lírico-social-coloquial, cuyo tronco más famoso en lengua española lo forma la poesía cubana entre 1950 y parte de 1970. De allí bebe con avidez y es ese maderamen el que más felices textos produce en su obra.

De este tipo de poesía es el que más complacencias podemos esperar en su obra, casi siempre avivada por oposiciones y decursos imprevistos: "Me preguntas si la muchacha que figura en la postal / que compramos esta tarde, haría el amor / con la misma soltura con que tú incendias la casa que a veces habitamos" ("O"). En esta línea, aparecen algunas imágenes verdaderamente admirables: ".Y lloro en silencio / con el pecho cuarteado como una cebolla herida en la penumbra" ("Aura") o "Nosotros somos la noche: nosotros y no la piel / lechosa que los ciegos llaman madrugada" ("La noche").

Quienes conozcan el proceso de la poesía cubana de las épocas señaladas reconocerán en la mejor poesía de Hildebrando las huellas de Fayad Jamís, Roberto Fernández Retamar o Luis Rogelio Nogueras. En su poema "Madrigal", dará una pista al señalar: "Las palomas que antaño picotearon la soledad de Jamís, / dóciles revolotean bajo el alero gastado de una iglesia.". En otro más, "Place de Verdun", hay un clima muy parecido al del poema "El ahorcado del Café Bonaparte" de Jamís, y así se podrían hallar más casos.

Hildebrando también tiene guiños a Javier Heraud, del cual es su amoroso investigador ("Un árbol derribado no es un árbol: es un río / que crece entre los hombres."). Pero donde a sus viejos lectores nos da en la yema del gusto es cuando revindica a un viejo heterónimo, Diego López, que apareció no pocas veces pergueñando poemas en la revista Hipócrita Lector, con mucho humor e ingenio; el poema se llama "Memoria de Diego López".

Y si ya Hildebrando se ha animado a hacer estos strip tease literarios, ¿para cuándo nos ofrece las últimas composiciones de un poeta nisei que nadie ha visto, pero que incluso ganó un premio literario y al que alguien ha matado? Hildebrando siempre ha negado estar detrás de esa jugarreta lúdica. Tal vez en la siguiente edición de Aguardiente, forever revele el secreto.

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