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ENTREVISTA. Marco García Falcón

Entre la ficción y la vida

CINCO AÑOS DESPUÉS DE EDITAR SU PRIMER LIBRO DE CUENTOS, "PARÍS PERSONAL" (FONDO EDITORIAL DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA), MARCO GARCÍA FALCÓN PUBLICA SU PRIMERA NOVELA, LA LOGRADA "EL CIELO DE CAPRI" (REVUELTA EDITORES)

Por Francisco Melgar Wong

"El cielo de Capri", flamante primera novela del narrador peruano Marco García Falcón, es un libro lleno de melancolía, sentimiento que también impregnaba las historias de su primera entrega, "París personal"; aunque --según el autor-- se trata de distintas versiones de un mismo mal.

"Creo que en 'París personal' la melancolía es más entusiasta", asegura. "En ese libro el personaje es un escritor que descubre que el París que soñaba no existe, aunque la escritura puede ser una forma de recuperarlo. Entonces, la escritura es una posibilidad. En cambio, aquí, en 'El cielo de Capri', la melancolía es una fatalidad. La escritura está cargada de pesimismo; es la única opción que queda".

Así, a pesar de ser relativamente breve, la novela contiene varias historias distintas: el enamoramiento de la pareja principal, las locuras de los estudiantes de literatura; incluso el autor se las ingenia para elaborar una breve 'road movie' y reflexionar en torno a la obra de ciertos escritores.

¿Cómo resolviste la estructura de la novela?
Bueno, yo creo que allí se nota que soy un cuentista. Creo que esas historias le convienen a la estructura de mi novela porque el personaje es un tipo que cuenta historias de otros; y de repente se ve en el trance de contar su propia historia. Ese es su drama, tener que contar su propia historia y ser sincero, honesto. También creo que la tendencia del narrador a contar historias de otros y a citar autores es, en el fondo, una tendencia a diluir su drama final, que es escribir sobre sí mismo.

El capítulo sobre los estudiantes que deliran por la poesía resulta bastante divertido, aunque también bastante breve. ¿Has pensado en ampliar esa historia en algún otro libro o relato?
La verdad es que la historia de ese grupo de amigos era bastante más larga y tenía otras connotaciones, pero distraía de la historia principal que yo quería contar. Un amigo en cuyo criterio confío me dijo que la historia de los estudiantes era tan atractiva que al final iba a acabar opacando la historia de los personajes centrales. En la historia original, Enrique, el amigo del narrador y personaje principal de la novela, era el nieto supuesto de César Moro, y había descubierto, entre los papeles del poeta, que Moro y André Coyné habían comprado una casa en Piura, con el propósito de convertirla en un castillo. Entonces ellos emprenden un viaje hasta que llegan al castillo de Moro, pero se dan cuenta de que es una casa en ruinas.

En la novela, el narrador menciona a dos narradores peruanos, a Julio Ramón Ribeyro y a Luis Loayza. Como escritor, ¿te sientes dentro de una tradición de escritores?
A mí me encantaría poder ser adscrito a esa estirpe. Son dos escritores que yo admiro mucho. Yo empecé a escribir por Ribeyro. Yo terminé de leer todos los cuentos de Ribeyro y empecé a escribir. Me pareció algo tan maravilloso lo que había hecho que me provocó hacer algo igual o que se pareciera. Por lo menos intentarlo. Loayza es otro escritor magnífico, que demuestra, --como dijo hace poco Guillermo Niño de Guzmán--, que no hay que tener apuro en publicar, sino más bien estar seguros de que publicamos algo maduro.

Al final de la novela, el narrador dice que quizá solo escribiendo pueda lograr entender lo que le ha pasado. ¿Para ti escribir también es una suerte de autoconocimiento?
Yo creo que sí, pero sabiendo que la literatura puede funcionar como una forma de autoconocimiento que no se busca intencionalmente. Si no, acabamos produciendo más libros de terapia para el escritor y de autoayuda para el lector. Alguna vez escuché decir que los escritores eran psicópatas socialmente aceptados, personas que en lugar de manifestar su malestar a través de una pelea o de una enfermedad lo hacían escribiendo. En ese sentido, el escritor puede confrontar su propia experiencia con la escritura y a partir de allí tener una revelación.

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