Crónica NAVIDAD EN PISCO
Pisco celebró su primera Navidad después del terremoto. La provincia más golpeada por la tragedia se esforzó por disimular la pena detrás de una fiesta de sentimientos encontrados.
Por Ricardo León
Una reconstrucción implica un cambio de estado: es la tentativa terca de un regreso hacia la normalidad. En términos materiales y burocráticos, la provincia de Pisco (Ica) atraviesa la etapa de remoción de escombros después del terremoto del 15 de agosto; hay calles enteras que están ahora a ras del piso porque todas sus paredes se convirtieron en desmonte, y si alguna seguía en pie fue sacudida y derrumbada luego por alguna de las miles de réplicas que se sucedieron aquí, en Chincha y en algunas localidades de Huancavelica. Así es el proceso: demolición y remoción.
Moral y espiritualmente, sin embargo, ahora se vive una etapa de reconstrucción. Y las reconstrucciones morales y espirituales, como las procesiones, se llevan por dentro. Por ejemplo, en el cementerio de la ciudad, en un pabellón de niños fallecidos, en el gesto detrás de una más o menos improvisada repartición de regalos para los hermanos y los primos de Camila Quintana, quien nació un 24 de abril y murió un día después; una repartición de regalos como la que se llevaría a cabo en su misma casa, estando ella presente. Y con villancicos y música alegre.
FESTEJO SIN SOBRESALTOS
Unos metros más allá, los adultos del albergue Ramón Aspíllaga (ubicado en lo que era la calle del mismo nombre, pero que quedó destruida con el terremoto de agosto) optaron por contratar a un payaso, un par de parlantes, pusieron dulces en bolsas de plástico y armaron una fiesta que apuntaba a dos objetivos claramente definidos: lograr que los niños vivan la Navidad como si no estuvieran aún asustados por el terremoto, y evitar que se hicieran preguntas sin respuesta, preguntas del tipo: ¿Y cuándo regresamos a nuestra casa?
Porque esa es la pregunta que William Yataco busca evadir cada vez que su hija le habla del sismo. O cada vez que se siente una réplica. O cada vez que asoman las ratas o que asoman los zancudos o el desagüe de una tubería rota o el viento que tienen al lado porque viven en Pisco playa, al lado del mar.
Alguna autoridad le dijo que fuera construyendo por su cuenta un piso de cemento, que --casi una ironía cruel-- para Navidad ya estarían durmiendo bajo techo (de madera, pero techo al fin y al cabo). Pero es Navidad y encima del piso de cemento el único techo de madera que había era el del nacimiento que armaron para que los niños jugaran con los animalitos: para que todo se vea menos mal.
Para que --como diría William-- el nacimiento sea como una columna de humo que impida a los niños acordarse de que no tienen un comedor donde sentarse a cenar. Y que no lo tendrán hasta nadie sabe cuándo porque esta es la ciudad de la incertidumbre.
NO ES COMO ANTES
De hecho, aquí la Navidad no se vive como en años anteriores. No solo porque no hay ninguna iglesia en pie donde realizar misas, sino porque cuatro meses y medio no son suficientes para esquivar el recuerdo de las pérdidas. Basta un recorrido por el cementerio de la ciudad devastada para comprobarlo. Aunque se pueden hacer esfuerzos (una consigna es una consigna): la casa de Julia Hernández se sostiene sobre tres paredes de triplay y una de cartón, un techo de plástico y nada más; no alcanzó para la puerta.
Pero tiene un árbol y debajo de ese árbol hay regalos envueltos y al lado de ese árbol y esos regalos, un nacimiento. En esta casa la consigna se cumplió y eso se demuestra de una sola forma: con niños satisfechos.