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Rincón del autor

El Bósforo y el Rímac

Mi mar es un océano de lo grande que es y le da la espalda a mi país y me aleja de casa. Subo el acantilado al caer la tarde, transpiro en el esfuerzo y retorno

Por Abelardo Sánchez León

Orhan Pamuk ha vivido siempre en su ciudad natal. Pertenece a esa estirpe de escritores que, si por ellos fuera, viviría incluso en la misma casa paterna de siempre. En su libro "Estambul" logra una simbiosis difícil de alcanzar: entrelaza su vida cotidiana a la de su ciudad y la hilvana al curso de la historia. La esencia de su ciudad es su río: el Bósforo, del que he oído hablar poco; sin embargo, en la pluma de Pamuk, adquiere una energía muy superior a la de otros ríos famosísimos como el Sena o el Támesis. El Bósforo es un río que vincula dos mares y atraviesa Estambul como una navaja iluminada en la bruma. Tiene una corriente revuelta, de tránsito pesado, y cuenta con numerosos puentes. Los domingos las familias acostumbraban visitarlo como una manera de exorcizar el trajín de la semana. Pamuk ama el Bósforo, además, porque las constantes riñas conyugales de sus padres adquirían otro significado cuando los oía discutir al pie de una de sus orillas durante alguno de aquellos domingos.

Lima no tiene un río de esas dimensiones. Si tuviera que buscar la esencia de mi ciudad no lo haría en el Rímac, de aguas escasas, cuyo lecho se ha convertido en un muladar. Si debo pensar en ríos debo recurrir a esas serpientes de oro de nuestra selva: el Ucayali, el Marañón o el Amazonas. El río más completo de mi país pertenece a la literatura, pues "la vida baja como un ancho río" y es el poema de Javier Heraud; él mismo es un río que va bajando por las piedras anchas, por las rocas duras, por el sendero dibujado por el viento.

Yo no tengo un río. El río de mi infancia me lo han despojado. Mi río quedaba más arriba de Chaclacayo y yo me sentaba, con los pantalones remangados, encima de sus piedras gigantescas. Mi río es motivo de angustia durante el verano, porque arrastra la revancha contenida de una sierra olvidada. Mi río se adelgaza cuando llega a San Martín de Porres y antes de tropezar con el mar lo habita una ensenada de drogadictos.

El mar, pienso, es mi Bósforo. Ese mar verdoso y contaminado que se embalsa en la bahía. Trato de recordar alguna riña entre mis padres para sentirlo verdaderamente mío. Mi mar es un océano de lo grande que es y le da la espalda a mi país y me aleja de casa. Subo el acantilado al caer la tarde, transpiro en el esfuerzo y retorno. Como Pamuk pertenezco a esa estirpe que vive en su ciudad natal, casi en la misma casa de siempre. Y la casa es un lugar donde no solo se mira la ciudad, sino el mundo.

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