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EL TERRORISMO Y LA CORRUPCIÓN ANTE LA JUSTICIA

Fujimori y el 2008

Por Diego García-Sayán. Ex cancillerde la República

El autoflagelamiento es una endémica patología nacional. Destacamos siempre lo mal que se hacen las cosas acá. Las "cosas buenas" parecen a veces arrinconarse en el lejano pasado milenario de Machu Picchu o Choquequirao. O, si es sobre el presente, en las calidades y habilidades de un deportista, profesional o empresario. En esta suerte de "balance" de fin de año creo que conviene destacar algo de lo mucho de positivo y saludable que se ha hecho en el Perú frente a la adversidad.

En los últimos años hemos hecho noticia por haber sufrido dos procesos lacerantes de destrucción de nuestro tejido institucional. Primero, el fenómeno terrorista más serio sufrido por un país latinoamericano. Nada de lo ocurrido por este tipo de violencia en otro país de la región se acerca a ese nivel de intolerancia y barbarie. Segundo, la apropiación del Estado por una banda delincuencial que forjó un régimen autoritario en los noventa para convertirlo en su propiedad privada. Y poder robar a cuatro manos, como nadie la había hecho en el Perú y, probablemente, en la región.

Hoy el país se puede enorgullecer de que los cabecillas de ambos procesos delincuenciales se encuentran sujetos a la acción punitiva del Estado democrático. Que, superando las arbitrariedades judiciales autoritarias del régimen de la década pasada, ha sido capaz de procesar y sentenciar en procesos regulares a los cabecillas del terrorismo. Y que tiene detenidos y procesados al olvidadizo ex presidente y a su siniestro asesor. En ambos casos, con pleno acceso --como debe ser-- a todas las garantías al debido proceso, avasalladas por el régimen autoritario.

Haciendo uso, pues, de la ley y de ese sistema judicial tantas veces denostado, el Perú aplica la justicia. No la venganza ni la persecución política, moral y jurídicamente inaceptables. Se trata de un mensaje hacia el mundo. El país tiene capacidad de recuperarse luego de todo lo padecido por la acción del terrorismo y de la dictadura.

El primero no solo causó muertes, pérdidas económicas y horror, sino que contribuyó a deslegitimar el Estado, al generar en él una reacción que violó los derechos humanos. Pero, pese a todo, el terrorismo fue desarticulado. Con el uso de la inteligencia y no por la violación de los derechos humanos, con matanzas como las de Barrios Altos y La Cantuta. El profesionalismo de nuestros jefes policiales, por ello, tendrá que ser reconocido por siempre. Y recordar que mientras los valerosos integrantes del GEIN capturaban al jefe del senderismo, un inadvertido Fujimori pescaba en un río de la selva.

El fujimontesinismo, por su parte, destrozó las instituciones del Estado, instalando en el centro de este la corrupción. La democracia restablecida en noviembre del 2000 puso en marcha un sistema de justicia anticorrupción que, con todas sus deficiencias, cortó el círculo vicioso de la impunidad.

Poco a poco los peruanos nos estamos recuperando de ambas tragedias, que en algún momento parecía que nos iba a vencer. Con una capacidad de recomponernos y de ir curando nuestras heridas, el futuro empieza a mostrarse más amable para nuestro país. Los peruanos miramos el 2008 con mayor optimismo. En el proceso de afirmación democrática nacional queda mucho por hacer. Especialmente en hacer efectiva la democracia social en un país desgarrado por la inequidad social y la pobreza. Pero tenemos de qué enorgullecernos en materia de aplicación de la legalidad para enfrentar al terrorismo y la corrupción.

El curso del juicio de Fujimori será una medida muy importante para apreciar si el Poder Judicial se ha podido recomponer de la corrupción a la que fue sojuzgado en el régimen del dictador. Pero más importante es la señal que este juicio dé hacia adentro, hacia nosotros. Será el espejo en el que los peruanos nos miraremos para saber si podemos luchar contra nuestros fantasmas. Si el juicio es justo y transparente, habremos dado un gran paso hacia delante en reconstruir la autoridad, en fortalecer nuestra autoestima. El mensaje será que la corrupción no es buen camino, que debemos trabajar honestamente, duramente, para progresar. Si esto ocurre, será el mejor regalo que podemos recibir este 2008.

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