Por: Juan Paredes Castro |
El líder del Partido Nacionalista, Ollanta Humala, parece dispuesto a sacar la mitad del cuerpo de la trinchera del antisistema para empezar a rampar, a corta distancia, en dirección de posiciones moderadas que le permitan --¡oh sorpresa!-- autoincluirse en el sistema, aunque todavía pretenda hacerlo a media voz.
Sus recientes declaraciones favorecen el tratado de libre comercio con Estados Unidos, con la reserva de desacuerdo solo con la manera como se negoció. Igualmente, respalda la presentación de la demanda peruana ante La Haya sobre el tema de la delimitación marítima con Chile, con opinión en contra de la suscripción del Derecho del Mar, instrumento sin duda clave para el proceso judicial internacional a seguir.
Lo más sorprendente del traslado de su trinchera radical hacia un centro que él busca todavía gaseosamente es su propuesta de una concertación de partidos políticos con el Gobierno para fijar una "política de Estado" respecto del diferendo marítimo con Chile.
Hasta donde se recuerda, Humala había venido jugando hasta hoy a dividir más que a unir, a patear el tablero más que a estabilizarlo, a poner contra la pared los proyectos vitales de reforma constitucional, como el de la justicia, más que a apoyarlos, a prácticamente negociar, voto a voto en el Congreso, intereses antisistema, más que conciliar acuerdos multipartidarios en función de proyectos de vital necesidad para el desarrollo del país.
Esta marcha rampante del comandante Humala hacia el centro responde a algunas estrategias, entre ellas la de no correr el riesgo de quedarse estancado en un antisistema que, a la larga, podría ser políticamente corrosivo para sus aspiraciones electorales, y la de evitar mostrarse radical en temas como el TLC con Estados Unidos, los cuales han ganado un amplio espacio de adhesión.
Humala sería asimismo consciente de que su oposición al Gobierno desde fuera del tablero político es casi nula y restringida a una rabieta verbal de libreto harto machacado y a estas alturas fatigante. De ahí su incursión entre tímida y audaz en la zona marginal de un centro político que va a tardar en creerle y que no va a dejar de mirarlo con desconfianza.
Su llamado a una concertación política estaría además acompañado, en la intimidad de sus planes, de un cálculo de gradual distanciamiento de Hugo Chávez, lo que unos atribuirían a una mera táctica política --inclusive consultada con el mandatario venezolano-- y otros considerarían un deslinde demasiado tardío y de escasa credibilidad para pretender dar un salto a la moderación.