Por Virgilio Levaggi. Analista
Estas líneas no pueden ser objetivas pues se refieren a mi suegro. Reivindico, sin embargo, que lo subjetivo no es sinónimo de inexactitud, más aún cuando hemos redescubierto la inteligencia emocional.
La reciente designación de Lima Tours --la empresa que don Eduardo Arrarte fundó (1956) y moldeó-- como uno de los 25 mejores lugares para trabajar en el Perú fue motivo de sano orgullo para él, pues la gestión que lidera uno de sus hijos ha sabido plasmar su ideal empresarial: excelencia en el servicio prestado por una comunidad de personas que se realizan en su trabajo. Muchos llaman a Lima Tours "La escuela".
Para el turismo en el Perú don Eduardo fue el pionero de lo que se denomina la operación turística moderna y adelantado en el desarrollo de uno de los sectores productivos estratégicos para el progreso nacional, por los ingresos que puede generar y especialmente por los puestos de trabajo que crea directamente y que ayuda a crear.
Hace poco más de tres décadas don Eduardo fue el primer no europeo elegido presidente de la Federación Universal de Asociaciones de Agencias de Viaje (Fuaav). Ello en tiempos en los que la comunicación y el transporte internacionales no habían progresado tanto como hoy. Poco antes había fundado la South American Travel Organization (SATO) para, promoviendo la integración, posicionar a Sudamérica en el competitivo mercado turístico mundial como un multidestino que ofrece desde la historia inca hasta las playas del Atlántico, pasando por una gran riqueza natural y cultural, incluida la gastronomía.
La gran causa de mi suegro fue el Perú, a la cual sirvió --de acuerdo a su leal saber y entender-- como ciudadano. En dicha causa comprometió apasionadamente su don de gentes así como su capacidad para comunicar y organizar. Fui testigo de excepción de su tesonera labor para conseguir que la Unesco reconociera la categoría de Patrimonio Cultural de la Humanidad del Centro Histórico de Lima, ciudad a la que amó entrañablemente. La coronación de su esfuerzo, una verdadera gesta, fue vivida con admirable sobriedad.
Don Eduardo se llenó de alegría cuando el conjunto arqueológico de Machu Picchu --del que fue gran promotor, como lo reconocen en el exterior-- fue elegido una de las Siete Maravillas del Mundo, en una ceremonia en la que uno de sus hijos representó al Gobierno Peruano. Esto sucedió el mismo año en el que la labor de otros de sus hijos en favor de la gastronomía nacional fue premiada internacionalmente y reconocida a nivel nacional.
Mi suegro apoyó la internacionalización de nuestra comida: el restaurante peruano en la Expo 92 de Sevilla tiene un lugar en la historia de su proyección mundial. Don Eduardo comprendía que la cocina era un importante componente cultural, la disfrutaba y en ella educó a sus hijos y nietos. Una de sus hijas ha publicado libros de cocina.
Mi suegro aplicó en su vida la filosofía que subyace en la frase "Es mejor perderse que nunca embarcar". Viajero inagotable hacia destinos geográficos y culturales, también lo era hacia encuentros humanos, como lo testimonian centenares de mensajes que se vienen recibiendo y que permiten dimensionar adecuadamente su estatura como ser humano.
Creo que la enseñanza central de don Eduardo fue vivir con intensidad, apasionadamente, orientado por principios fundamentales que dieran coherencia al propio quehacer y consistencia al propio ser.
No puede comprenderse a este empresario, dirigente gremial, promotor de la peruanidad sin Toti, su leal y amable compañera. Su larga unión es ejemplar.
Nos hace falta.