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Rincón del autor

El taita ausente

Para las poblaciones rurales andinas, que no saben lo que es el mercado impersonal, el Estado debe encarnarse en un líder, en una persona de carne y hueso, un padre...

Por Jaime de Althaus Guarderas

Hemos insistido este último año y medio en que el presidente García tiene que conducir personalmente la lucha contra la pobreza en el campo. Es él quien tiene que ver in situ que los caminos y obras de infraestructura se estén haciendo, que las estrategias productivas estén floreciendo, que los modelos de lucha contra la desnutrición se estén aplicando, que Crecer funciona, que los colegios están tomando en sus manos la educación y los padres están enterados del rendimiento comparativo de sus hijos.

Por varias razones. En primer lugar, porque la gran obligación moral del Estado Peruano es derrotar la pobreza. Esa responsabilidad es insoslayable y le compete directamente al jefe del Ejecutivo. Por supuesto, levantar las trabas de todo tipo a la inversión, que es a lo que está dedicado el presidente, es fundamental, también para vencer a la pobreza. Pero esa es una tarea que puede quedar principalmente en manos de los ministros.

En segundo lugar porque el país moderno, pese a las mencionadas trabas, funciona cada vez mejor. Nunca hemos crecido como ahora. El país pobre, en cambio, no se siente partícipe de este proceso porque no ve que se esté haciendo nada concreto para incluirlo en él. Aquí el que está fallando, también, es el Estado. Sigue siendo un aparato burocrático y feudalizado, cuando no ausente, que trabaja más para sí mismo que para la gente. La descentralización tiene aspectos positivos, pero atomiza y diluye las responsabilidades. Confiar en el Estado abstracto o teórico o legal para derrotar a la pobreza, es un error. Para las poblaciones rurales andinas, que no saben lo que es el mercado impersonal o la ley orgánica del Poder Ejecutivo, el Estado debe encarnarse en un líder, en una persona de carne y hueso, un padre (taita) a quien se perciba cercano, preocupado y con capacidad de decisión y de transformación. El proyecto de un país integrado y exportador debe tener una conducción personal fuerte y comprometida en el campo para que la población, secularmente postergada, empiece a creer en él.

Por eso, la lucha contra la pobreza necesita no de un zar, sino de un caudillo. No de uno tradicional y autoritario, por supuesto, sino en el sentido de una persona con la capacidad de mover las cosas en el Estado indolente de modo que la población perciba que están cambiando y en una dirección clara y confiable.

Y si, por alguna razón que desconocemos, el presidente no pudiera dedicarse a esa labor, debe delegarla en alguien muy visible y carismático que se dedique a ella a tiempo completo: a la flamante ministra de la mujer, por ejemplo.

El país tiene que dar de una vez el salto a la estabilidad política de largo plazo que permita que el importante crecimiento económico que estamos teniendo se consolide y nos permita salir precisamente de la pobreza y alcanzar el desarrollo. Pero para eso es indispensable que las poblaciones menos articuladas a este proceso sientan que empiezan a articularse y a progresar.

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