Por José Antonio García Belaunde. Canciller dela República
A pocos días del inicio del gobierno actual, este definió una clara estrategia para lograr que el Congreso de Estados Unidos aprobase el tratado de libre comercio, cuya negociación ya había concluido en el gobierno anterior y aprobado en la legislatura que concluyó en julio del 2006. Ciertamente que esa estrategia tuvo que ser radicalmente cambiada cuando los demócratas se alzaron con la mayoría de la Cámara de Representantes de EE.UU. a la que llegaron con un discurso bastante anti-TLC.
Elemento central en esta estrategia eran los viajes que tendría que hacer el presidente Alan García a EE.UU. El primero para visitar exclusivamente al presidente Bush y transmitirle su convicción de la importancia del TLC no solo para el Perú sino para las relaciones con América Latina. El segundo para visitar a los senadores y representantes, tanto demócratas como republicanos más influyentes, para persuadirlos a apoyar el tratado.
Más allá de los aspectos protocolares sobre los que no me detendré, sí desearía transmitir la experiencia de esos encuentros en la Oficina Oval de la Casa Blanca, entre el presidente del Perú y el presidente de EE.UU. Quizás lo que más nos llamó la atención fue encontrar entre los asistentes al vicepresidente Dick Cheney, quien es una de las figuras más influyentes de la administración Bush. Su presencia, además de la secretaria de Estado Condoleezza Rice y la representante Comercial Susan Schwab --indispensables en esta reunión-- significaba que para el presidente Bush la conversación con el presidente García iría mucho más allá del tema del tratado de libre comercio.
Para Alan García esto también era claro e iba a Washington desprovisto de esa suerte de lista de lavandería o carnet de pedidos que acostumbran llevar bajo el brazo líderes tercermundistas. Así, luego de despachar rápidamente el tema comercial, Bush se interesó en saber qué pensaba su colega peruano sobre la política regional y sobre la renovación del ATPDEA para los países andinos. Bush escuchó atentamente, preguntó una y otra vez, clarificó puntos y así pudimos saber de su buena y frecuente relación con Lula, de su inmensa preocupación por la suerte del TLC con Colombia, de su interés por desarrollar una comunicación más fluida de su país con el hemisferio.
Luego vinieron los grandes temas en la agenda internacional: Kósovo, Medio Oriente, Irán y Corea del Norte. Es en este último caso, donde Bush y su gente abrieron los ojos estupefactos, Alan García preguntó si alguno de los presentes había conocido personalmente a Kim Jong Il; era el único en la sala oval que podía ofrecer una imagen precisa del líder norcoreano en cuya casa había estado más de 20 años atrás. La conversación no se agotó en esa reunión y el presidente Bush le pidió al presidente García que esa tarde recibiera a la secretaria de Estado para continuar el diálogo.
En el segundo encuentro, por invitación del presidente Bush para asistir a la promulgación del TLC, García pudo, retomando la conversación de un año atrás, felicitarlo por el manejo exitoso que había tenido EE.UU. respecto al tema nuclear en Norcorea.
También en esa segunda oportunidad el tema comercial fue despachado muy rápidamente en vista de que solo quedaba por firmar la ley, pero sirvió para que el presidente Bush le pidiera al presidente García que abogara públicamente a favor del tratado de libre comercio con Colombia. De alguna manera Bush reconocía el liderazgo del presidente peruano admitido por republicanos y demócratas. Alan García atendió este pedido en la ceremonia oficial y el primero en aplaudirlo con entusiasmo fue el propio Bush.
Al final de esta larga historia hecha corta y en donde muchos tendrán cientos de anécdotas y recuerdos que contar, los peruanos tuvimos la sensación de que asumíamos una nueva condición de interlocutores válidos para una agenda más amplia que la exclusivamente bilateral.