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ENTREVISTA Alexis Iparraguirre

En la ciudad del horror

ACABA DE REEDITARSE "EL INVENTARIO DE LAS NAVES", LIBRO GANADOR DEL PREMIO NACIONAL DE NARRATIVA DEL 2004, CUYOS PERSONAJES (ZOMBIS, CANÍBALES Y DEMONIOS) PARECEN ESCONDERSE EN LAS CALLES PERDIDAS DE NUESTRA CIUDAD

Por Francisco Melgar Wong

El libro fue editado originalmente por la Universidad Católica en el 2006, luego de ganar el premio nacional de narrativa del 2004. ¿Por qué crees que pasó desapercibido en ese entonces?

"El Inventario de las naves" sí fue leído por el público que habitualmente consume literatura peruana: me refiero a un grupo de escritores, estudiantes de literatura, profesores, periodistas, críticos literarios y, en fin, gente dedicada al mundo de las letras. Sin embargo, para ser justos, más allá de la generosidad de la Universidad Católica para editar el libro, se sabía que este se había impreso y distribuído cuando el fondo editorial de la universidad atravesaba por una profunda reorganización. Resultaba imposible que se comercializara a gran escala, cuando por lo general se dirigía a un público académico, un público cautivo, y no al gran público.

¿Se trató de una distribución complicada, entonces?
Sí, hubo serios problemas para la difusión del libro, pero en parte porque me demoró entender cómo funcionaba el negocio editorial, distinto de la escritura misma. El fondo editorial de la universidad no puede competir en publicidad con Alfaguara o Planeta. Las campañas mediáticas de las grandes editoriales para sus escritores han venido a demostrar el inmenso peso de la publicidad. Reduciéndolo a pocas palabras, no se podía hacer casi nada de prensa porque ese no era el objetivo de un fondo universitario y porque la competencia por espacio es ardua. Pero agradezco mucho a quienes me ayudaron con la poca publicidad que se hizo.

¿Qué te animó a reeditarlo con la editorial Estruendomudo?
Conocía a Álvaro Lasso, su director editorial, desde que formaba parte del grupo poético Cieno, algunos profesores jóvenes habíamos apoyado sus esfuerzos para que organizara un festival maratónico de poesía en el campus, Novissima Verba, y fui de los que más celebró la publicación de los "Cuadernos esenciales", la primera colección de la editorial. Ahí Álvaro publicó a Luis Hernán Castañeda, Carlos Gallardo, alumnos de la PUCP a quienes yo había conocido en charlas de cafetería y que leyeron el manuscrito de mi libro mucho antes que todos y a los que, por suerte, les encantó (por esa época solo lo conocía por partes Marco García Falcón). Entre ellos se retaban a escribir mejor, y yo los criticaba y ellos me criticaban. La amistad literaria y personal surgió de inmediato en lo que se constituyó, por llamarlo de algún modo, "la primera estética Estruendo". Me pareció consecuente que la reedición se uniera a la colección "Cuadernos esenciales".

El barrio donde ocurren las historias de "El inventario de las naves" es víctima de un mal infinito, personificado por 'serial killers', demonios, caníbales, mutantes y diversos desastres naturales. ¿En qué te inspiraste para crear esta ciudad del horror?.
Las historias de "El inventario de las naves" cuenta el enigma de un barrio que se hunde. Cada cuento es una aproximación desde un prisma muy distinto a los sucesos. No te puedo decir si el horror antecede a la ciudad o la ciudad al horror. Sé que es un barrio muy ruinoso, pero contemporáneo, porque quería una mitología urbana y contraria al Caribe encantado o la ciudad museo. Veía mucho thriller de suspenso en cine y en televisión y adivinar el siguiente giro de la trama era un ejercicio adicional a los exámenes y lecturas de los cursos que llevaba en la universidad. Así, "Sospechosos comunes", "Seven" y "Doce monos" se acabaron mezclando con "El nombre de la rosa" o los cuentos de Borges.

Hay detalles, como las pintas en las paredes, las ejecuciones y los apagones, que me recordaron el Perú de los 80. ¿El libro puede ser tomado, de alguna manera, como una alegoría a esos tiempos?
No creo que sea de los 80. Mira las pistas bombardeadas de El Agustino, rodeada de construcciones sucias e incompletas, que tú sabes que no serán los edificios mal planeados que se soñaron (por lo menos se soñaron). O las de La Victoria o del Rímac, donde vivo, cráteres volcánicos y hacinamiento en casas del siglo traspasado, cuyas ruinas sus habitantes extraen silenciosamente para que Defensa Civil no descubra que se caen diariamente y así no las declaren inhabitables y puedan seguir viviendo en lo que quedan de ellas. Pero basta ver los tugurios de ladrillo en torno de escaleras amarillas camino al sur, que todos sabemos que nunca serán el sueño de civilidad moderna y que acumulan polvo sobre polvo hasta ennegrecerse. Imaginar a un francotirador loco en estos sitios condenados de antemano a no tener sitio en la riqueza como la soñamos es solo cuestión de mirar un poco de furia cotidiana y televisión. No digo que me guste, pero un escritor especula y la especulación da para eso.

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