Por Virginia Rosas
Kenia era, desde su independencia en 1963, una perla rara en la región oriental del África pues, a diferencia de sus vecinos, no se había desangrado en interminables guerras civiles y ostentaba tasas de crecimiento insólitas en el continente negro: superiores al 6% anual.
Curioso dato cuando se sabe que el país no produce oro ni diamantes, tampoco petróleo. En los últimos cinco años, gracias sobre todo a la iniciativa privada, se incrementaron las exportaciones de té y de flores y se desarrolló el turismo, a tal punto que el país recibe anualmente más de un millón de visitantes, atraídos principalmente por la vida silvestre y los safaris.
Pero la brecha entre ricos y pobres se cuenta también entre las mayores del planeta y si bien el país crece, los resultados de su desarrollo han beneficiado a unos pocos: la agricultura representa el 20% del PBI, pero emplea al 75% de la población.
Kenia se encuentra sumergida en una escalada de violencia desde el 27 de diciembre pasado, debido a las elecciones fraudulentas que permitieron la reelección de Mwai Kibaki, presidente en funciones desde el 2002. Los enfrentamientos han causado cerca de 400 muertos y más de cien mil desplazados.
La violencia no se da solamente entre la población y las fuerzas del orden, sino entre etnias que los políticos han sabido manejar para obtener réditos en las urnas: el 39% de los electores admitió en un sondeo que escogían a sus candidatos por consideraciones puramente étnicas.
Hay dos etnias, los kikuyos y los luos, enfrentados desde hace décadas. Los primeros, más numerosos (20% de la población) son también los de mayor influencia económica. Los luos, que son la tercera etnia del país, consideran que los kikuyos los excluyeron del acceso a las riquezas desde la independencia, cuando Jamarogi Oginga Odinga apoyó el acceso al poder del kikuyo Jomo Kenyatta, considerado el padre de la nación. Curiosamente Jamarogi Oginga Odinga es el padre del candidato Raida Odinga, que ahora se enfrenta al kikuyo Kibaki acusándolo de fraude.
En el 2002, Daniel Arap Moi dejó el poder tras 24 años de dictadura y de saqueo sistemático del país, gracias a un pacto táctico entre políticos kikuyos y luos. Se suponía que cuando Kibaki ocupara el sillón presidencial nombraría a Raila Odinga como primer ministro. Pero eso nunca sucedió y los luos se sintieron engañados una vez más.
Un documento confidencial, publicado por el diario francés "Le Monde", señala que el fraude es de tal magnitud que pone completamente en duda el resultado final de los escrutinios.
Según el documento, los primeros resultados parciales le daban el triunfo al candidato opositor, Raida Odinga, con una ventaja de un millón de votos entre los 8 millones de electores.
Kibaki, que llevó a cabo su campaña política con el tema de la continuidad, fue apoyado por los empresarios y por la Iglesia Católica, pero el clima de absoluta corrupción que reina en el país ha saturado la paciencia de los keniatas.
La crisis en Kenia amenaza con extenderse a toda la región. Por lo pronto, en Uganda --que no tiene acceso al mar y depende de su vecino para su subsistencia-- hay tal penuria de combustible que los aviones no pueden despegar del aeropuerto.