Por Richard Webb
Es fácil establecer un país. Basta un acto oficial, y de esa manera han aparecido y desaparecido decenas de países en el último siglo. De los 194 que hoy existen, 32 tienen menos de veinte años. Sus fronteras están definidas al milímetro, aunque con frecuencia el sustento fue un mero dibujo caprichoso en el mapa. La nación es más difícil de crear y precisar. Existe, no por decisión oficial sino por una historia compartida y porque su población así se autodefine. Ernest Renan dijo, en 1882, que la nación es un alma y que su existencia es un plebiscito diario. Ser nación es más una cuestión de sentimiento que de registros públicos. En el país, la convivencia es forzada; en la nación, es voluntaria.
Abundan las naciones sin país, como los kurdos, los vascos y las naciones amazónicas del Perú. Si el idioma es un indicador de nación, da que pensar que Papúa Nueva Guinea cuente con 800 idiomas. Hace dos años el Congreso canadiense declaró que la provincia de Quebec constituía una nación dentro de la nación.
En el Perú decimos que somos una nación, aunque sabemos que no es cierto, y eso nos duele y preocupa. No es que carecemos de historia, ni de un lugar de origen común. La mayoría de los peruanos hemos nacido en el Perú, como nuestros padres y abuelos y muchas más generaciones atrás, pero somos menos nación que Australia o EE.UU., donde un alto porcentaje de la población son inmigrantes recientes. No obstante, ser país es convivir, y la convivencia, incluso forzada, crea vínculos prácticos y afectivos que, a su vez, terminan creando nación.
Esa parece haber sido la historia de la nación europea. En 1957, un tratado suscrito entre seis países creó la Unión Europea, iniciando un creciente cogobierno entre sus miembros, que hoy suman 27. Pero el acto oficial de unificación fue posible porque sus miembros ya constituían una comunidad cultural. El paso decisivo se remonta al año 800 d.C., cuando Carlomagno fue coronado emperador del Sacro Imperio Romano, cuyo territorio era casi coincidente con el de los seis firmantes de la Unión Europea en 1957. Carlomagno inició una estrecha colaboración con la Iglesia, que se convirtió en la fuente de legitimidad política para los reyes, e instrumento burocrático para la administración del imperio.
Por su lado, los reyes aportaron el apoyo armado que requería la Iglesia de Roma para enfrentar a su rival en Constantinopla, a los musulmanes y paganos como los vikingos, húngaros y a los nuevos invasores que llegaban de las estepas asiáticas. El imperio se dividió, pero sirvió como ventana de oportunidad para unificar leyes, abrir el comercio e impulsar patrones culturales. La cristianización avanzó, y para el año 1000 d.C. había conquistado la mayor parte del territorio europeo. Las sucesivas divisiones internas no impidieron que siguiera avanzando una cultura común, con el impulso de nuevas etapas imperiales, como las de Carlos V y Napoleón, y la presencia trascendente de la Iglesia.
Cuando finalmente se estableció la Unión Europea, la religión formal ya no era protagónica, pero el espíritu de la nueva Constitución Europea podría describirse como un cristianismo laico, cuyos valores humanistas son la esencia de la emergente nación europea.
En el Perú no contamos con una fuerte religión o ideología, y la descentralización política, la emigración y el mayor contacto con el resto del mundo son fuerzas centrífugas. Pero el contacto entre peruanos crece --por negocios, visitas, conversación telefónica y los medios-- y valoramos más nuestro común legado histórico y natural. Paradójicamente, el reto competitivo de la globalización puede convertirse en el proyecto que más unifique, creando la conciencia y la identificación nacional que nos hará más nación.
Decimos que somos una nación aunque sabemos que no es cierto y eso nos duele y preocupa. No es que carecemos de historia, ni de un lugar de origen común