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EL SUFRIMIENTO QUEDÓ ATRÁS

Fueron seis años de incertidumbre y angustia para Clara y Consuelo

Por Susan Abad. Corresponsal

Jairo no la pudo ver libre
BOGOTÁ. Aquel 10 de setiembre del 2001, Consuelo viajaba en su campero Mitsubishi revisando unos papeles cuando miembros de las FARC interceptaron el vehículo y la obligaron a bajarse. Regresaba a Bogotá luego de un fin de semana en Pitalito, su tierra natal y donde vivía su esposo Jairo Perdomo, curtido agricultor que se negaba a vivir en Bogotá. En la capital la esperaban sus dos hijas: Patricia, que tenía entonces 19 años, y María Fernanda, de 22. Consuelo, abogada de profesión, había ocupado varios cargos en representación del Partido Liberal. Fue concejala de Pitalito, diputada regional y al ser secuestrada había sido reelegida congresista por el departamento del Huila. Una carta dirigida a su esposo y sus "nenas", como llama cariñosamente a sus hijas, llegó a las manos de los Perdomo cinco meses después de la retención. La alegría fue grande: confirmaba que Consuelo estaba viva. El silencio e incertidumbre fue total hasta agosto del 2003, cuando llegó un video en que se veía a una Consuelo apesadumbrada y triste, pero en buenas condiciones de salud. Jairo no la pudo ver. La tristeza lo había llevado a la muerte unos meses antes. Consuelo no pudo reencontrarse con su esposo, pero la vida le trajo a María Juliana --la nieta que nació hace 2 años--, una de las primeras en abrazarla a su llegada a la libertad.

El estudio es su divisa
"Claraleti", como la ha llamado siempre su madre, es una mujer muy cariñosa, tranquila, pero sobre todo muy estudiosa. Terminó tres posgrados con calificaciones sobresalientes: Derecho Comercial, Tributario y Ciencias Políticas. Además, para perfeccionar el inglés, estudió leyes inglesas. Tanta dedicación no le dejó nunca espacio para la vanidad, el maquillaje, ni para muchos novios, pero el amor le llegó donde menos lo esperaba. Se enamoró de un subversivo y dio a luz a Emmanuel, el niño que corrió su propia dolorosa aventura y con el que espera reencontrarse muy pronto. Clara tenía 38 años cuando Ingrid Betancourt, su entrañable amiga le propuso lanzarse junto con ella al proyecto de aspirar a gobernar Colombia. En plena campaña decidieron viajar a San Vicente del Caguán, al sur del país, un día después de que el Gobierno pusiera fin a la llamada zona de distensión, que había permitido a las FARC adueñarse del territorio durante los cuatro años que duró la frustrada negociación. En la carretera Florencia-San Vicente fueron interceptadas. Querían llevarse a Ingrid, pero Clara no abandonó a su amiga y corrió su misma suerte.

[ La suerte de quienes siguen secuestrados por las FARC. A6]

Confirmado: sí es Emmanuel
En medio de tanta felicidad se sumó otro ingrediente de alegría: el análisis de ADN realizado por el Instituto de Medicina Legal de la Universidad de Santiago de Compostela confirmó que el niño recogido por el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar bajo el nombre de Juan David Gómez Tapiero es "con certeza absoluta" Emmanuel, el hijo de Clara Rojas.

El director de la institución, Ángel María Carracedo, aseguró que la probabilidad de que Clara González de Rojas sea la abuela del niño es "superior al 99,99%, que en la práctica equivale a una certeza absoluta".

Estas nuevas pruebas, que analizaron y compararon las muestras de ADN de Clara González de Rojas, abuela de Emmanuel; Iván y Andrés Rojas, tíos maternos, y la del propio niño, confirmaron las que se realizaron la semana pasada científicos colombianos y que daban un 98% de probabilidades.

La confirmación de la identidad del pequeño Emmanuel era uno de los requisitos que debían de cumplirse para poder ser entregado a su familia materna.

ENFOQUE
SUSAN ABAD. Corresponsal

No nos engañemos
Entre la algarabía de tener en libertad a Consuelo González, Clara Rojas y su hijo Emmanuel, se escucharon, y se siguen oyendo, toda clase de elogios y agradecimientos a los que hicieron posible esta alegría para Colombia.

Sin embargo, no hay que perder el horizonte ni descargar culpabilidades tan ligeramente.

Entre los comentarios se pudo escuchar algunos de agradecimiento a las FARC por su 'gesto humanitario'.

Este no ha sido ningún gesto humanitario de un grupo que más bien demuestra a cada paso que es inhumano, insensible y malvado.

Las FARC tienen la obligación de devolverle la libertad no solo a los 43 secuestrados que tiene para canjear, sino también a los otros 700 a los que han puesto valor económico.

El grupo subversivo no tiene derecho a mantenerlos retenidos por más tiempo.

Si a las FARC se les moviera alguna fibra sensible liberaría a todos los secuestrados por el simple hecho de que están sufriendo. O si de escoger se trata devolverían al coronel Luis Mendieta, de quien se sabe está muy enfermo; a Ingrid Betancourt, cuyo deplorable estado físico conmovió hace unas semanas al mundo; o al humilde cabo Pablo Emilio Moncayo, que ya cumplió 10 años en la selva.

Si las FARC tuvieran algo de humanidad no hubieran propiciado tanto sufrimiento al inocente Emmanuel.

Pero para las FARC los secuestrados son una mercancía. Algo que pueden usar, como ahora, para darle un portazo en las narices al presidente Álvaro Uribe.

O para desagraviar a su amigo Hugo Chávez.

No es humanitario liberar a dos mujeres para tratar de lavarle un poco la imagen a Chávez que, en un intento por causar distracción después de perder el referéndum constitucional, montó un espectacular y aparatoso operativo de propaganda internacional disfrazado de rescate humanitario y quedó con los crespos hechos o, como dicen los colombianos, mirando un chispero.

Entonces, celebremos la libertad de estos tres seres, pero no nos hagamos esperanzas de que las FARC se estén ablandando.

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