Por David Hidalgo Vega
Monseñor Luis Bambarén ha registrado su nombre en varios episodios cruciales de la historia reciente. Ha mediado en conflictos sociales, políticos, culturales. Ha puesto su voz del lado de quienes reclamaban democracia en tiempos de dictadura, y del lado de la cordura en un país que tiene tendencia a extraviarla. "Siento el peso de que mi voz sea escuchada", dirá en un momento de una conversación que es un balance, porque este es su año de cuentas redondas. El fin de semana pasado cumplió cuatro décadas de obispo. En unos días cumplirá ochenta años de cristiano. Al tiempo que otros optan por una vida de reposo, él ofrece mantener su trajín.
¿Algún antecedente en especial lo llevó al sacerdocio?
Yo siempre quise ser sacerdote, desde muchacho. Si no era sacerdote, era ingeniero, pero puedo decir que no hubo duda. Curioso (eso de la fe y los cálculos), porque yo en broma suelo decir que mi número es el ocho: nací el año 28, me ordenan sacerdote el 58, de obispo el 68, el Papa me encargó Chimbote el 78, mi apellido tiene ocho letras, somos ocho hermanos y cuando el general Artola me metió preso --durante la gesta de Villa El Salvador-- mi número fue el 116418. Fuera de eso, este 2008 trae varias cosas: el 7 de enero cumplí 40 años de obispo; el 14 de enero (hoy), 80 años de edad; el 22 de enero, 80 años de cristiano, por mi bautismo; y el 16 de julio cumplo 50 años de sacerdote. Cuando me preguntan por mi currículum vítae, yo digo que es el 8.
¿Y qué le atraía del sacerdocio?
Yo tenía un tío que era obispo, monseñor Daniel Figueroa, y dos hermanas religiosas. Pero si deseé ser sacerdote fue porque veía que era una profesión de servicio al pueblo. Quizás el momento más claro fue el asesinato de tres misioneros en mi diócesis en 1991. Después del primer crimen, Sendero exigió mi renuncia, porque de lo contrario cada semana asesinaría a dos sacerdotes. Entonces los reuní a todos, les expuse la situación y los dejé en plena libertad. No salió ni uno solo. Pocos días después eliminaron al tercero. Fue un golpe muy fuerte.
¿Y cómo lo superó?
Hay un recurso que tenemos los cristianos y que no lo utilizamos: la presencia de Jesucristo en la Eucaristía. Un día que celebraba la misa yo solo, con calma, sentí que debía decir la consagración en primera persona: "Señor, toma mi cuerpo, que ojalá sea entregado por ti. Toma mi sangre y que ojalá sea derramada por ti". Eso da una fortaleza y una paz, como deseando que llegue el momento. Y bueno, he tenido dos emboscadas, dos bombas en mi casa.
¿Cuál fue el mayor riesgo?
Un día que regresaba en el auto por la carretera del valle del Santa, de noche, de unas confirmaciones. A mi lado iba el padre que después mataron. En cierto lugar había dos tipos armados. Yo siempre he dicho que si me van a eliminar, que sepan que soy yo, que no digan que se equivocaron. Por eso prendí la luz interior. A quinientos metros me encontré la carretera bloqueada con piedras. Yo le digo: "¡Sandro, esta es una emboscada!". Y él no creía, quería bajar a quitarlas. Allí aparecieron los mismos tipos. Hice un viraje para salir y comenzaron a disparar. Yo manejé en zigzag y salimos.
Chimbote fue una zona muy peligrosa en una época.
Era como el símbolo de la agitación laboral. Pero todo eso terminó el 11 de junio de 1985. Había una huelga nacional de los pescadores. Llevaban tres meses sin solución. Llegué a una mediación y en dos sesiones se solucionó todo. Los dirigentes dijeron que para ellos había sido una escuela de diálogo.
Hace poco intervino en la crisis de la minería. Antes lo hizo en el tema del terrorismo. ¿Cómo le tocan tantos conflictos?
Yo nunca me meto, pero me buscan. Hasta los presos por terrorismo. Cuando hicieron esa huelga de hambre en todos los penales, la situación era peligrosa. La Cruz Roja me pidió que hiciera un llamado a que cesara la huelga. Lo hice. De inmediato me llegó un documento firmado por los seis que están en la Base Naval. Acogían el pedido, pero pedían una visita de reflexión.
Esa de su famosa conversación con Abimael Guzmán.
Así es. Escogí como primer tema el crimen de Caín y les dije que era porque ellos estaban acusados de causar muerte a sus hermanos peruanos. Después pasamos a las bienaventuranzas. Fue un diálogo bíblico de más de dos horas. Luego Guzmán me pidió conversar a solas. Respetando la reserva, puedo decir que me aclaró el crimen de los misioneros.
¿Qué dijo?
Que había sido porque el trabajo de la Iglesia, con las catequesis y las obras sociales, impedía que se extendiera la ideología de la lucha armada. Me pidió perdón, porque él mismo dio la orden.
¿Sintió odio, rencor?
No. Lo que sentí fue dolor. Pero a mí me convenía aclarar los motivos de esas muertes, porque hemos presentado su causa para la beatificación. Yo le preguntaba: ¿Los mataron por razones políticas? "Si fuera así no le pediría perdón", me dijo. ¿Por razones sociales? "Si fuera así no le pediría perdón". ¿Los mataron por motivos religiosos, porque "la religión es el opio del pueblo"? "Por eso le pido perdón", dijo. Entonces es un caso de martirio.
¿Cómo se hace para escuchar a los instigadores de la violencia?
Es parte de todo un trabajo de pacificación. Yo fui marcado por una experiencia. El año sesenta, cuando ya era sacerdote, pidieron voluntarios para viajar a Tolima, en Colombia, que era algo así como Ayacucho. Allá usaban machetes para matar y recuerdo lo que llamaban el 'corte corbata', que era degollar a alguien y dejarle la lengua colgando por el hueco; o el 'corte florero', que era cortar por las clavículas y meter las manos del muerto allí. Un hombre me dejó el machete con el que había matado a 110 personas. Me tocó trabajar en esa situación y fue hermoso porque logré la pacificación. Un día hice una misa en la quebrada donde habían matado gente. En el momento de la pascua, los enemigos se abrazaron. Son experiencias que marcan. Por eso cuando trabajaba en Chimbote, Sendero no podía entrar.
¿Por qué la Iglesia Católica no logró lo mismo en otras partes?
Depende del estilo de cada uno, de la cercanía con el pueblo. Hay dos grupos a los que nunca les he fallado: los jóvenes y los pobres.
A usted lo han criticado por hablar de esos temas espinosos: por meterse en el tema minero, por apoyar manifestaciones contra la corrupción.
Me han dicho "obispo rojo", "obispo comunista". Es que para algunos los pobres son sospechosos, y el que trabaja con los pobres, también. Fácilmente cargan sobre uno cualquier epíteto.
¿Cuál le ha afectado más?
Ninguno. No me afectan ni las alabanzas ni los ataques. Yo procedo con la verdad, no busco fomentar mi imagen.
¿Qué crisis recuerda más?
Hay una que tiene algo de político y de patriótico: la Mesa de Diálogo de la OEA del 2000. Los representantes del fujimorismo plantearon inmunidad total para todo funcionario, uniformado o civil, del 93 al 2000. Eso de ninguna manera podía ser aceptado y se quebró la mesa. Allí vino mi intervención, para convocarlos a todos. Tres días después, tuvimos una misa en el santuario del Señor de los Milagros. Al final, el oficialismo retiró la moción previa y pudimos volver. En seguida huyó Montesinos y luego Fujimori.
¿No se cansa de estar siempre en medio de problemas?
Mira, si uno interviene dicen que está haciendo política. Pero si uno no interviene también está haciendo política. Mientras Dios nos dé vida y la gente me tenga confianza no puedo defraudar.
También ha tenido divergencias dentro de la misma Iglesia. Monseñor Cipriani dijo una vez que usted lo venía persiguiendo por 17 años.
Eso fue en un programa de RPP. Yo no sé por qué se sentía así. "Basta ya", dijo. Con nombre propio. Sería lo que sentía, pero no sé por qué. Me sorprendió su actitud. Pero, bueno, entre hermanos no tenemos por qué pensar lo mismo en todos los temas. Una cosa es la fe, la moral, la doctrina de la Iglesia. Pero en los temas sociales, políticos, uno puede pensar distinto.
A eso se han sumado otros episodios graves, como la investigación de las cartas falsas.
Han sido momentos desagradables. Pero que eso me quite la paz, no. Eso pasa cuando uno ha hecho algo malo. No es el caso. Acuérdate que de mí han dicho hasta que tenía hijos en Chimbote. (El congresista Carlos) Raffo dijo muy suelto de huesos que declaró eso para darme "de mi propia medicina", por llamar corrupto a Fujimori. Yo ofrecí un premio a quien demostrara que eso era cierto. No hubo nada.
¿Qué hace para superar esas cosas?
Me resbalan. Dijeron que era demagogo por hablar de 4 a 5 millones de peruanos en extrema pobreza. Es fácil decir que la pobreza ha disminuido, pero escuchas al presidente regional de Huancavelica y dice que el 80% de su población está en condiciones extremas. No tendría que haber peruanos en esa situación. En eso voy a seguir firme. Lo siento un deber. Me baso mucho en el Evangelio y quisiera nunca defraudar a nadie.
Ya que lo dice, la idea de que su imagen esté pintada en la nueva catedral de Chimbote no ha gustado a ciertos sectores.
Ah, sí. Yo fui el responsable de la catedral desde la primera piedra hasta su consagración. Pero no estaba allí todo el tiempo, iba cada diez o doce días. Un día llego a Chimbote y me enteré. Fue idea de los pintores, yo no pedí nada. Y, bueno, los que han reaccionado han sido los de siempre. Al margen de todo, la catedral es una belleza. La hicieron artistas que habían trabajado decorando palacios de multimillonarios árabes del petróleo en Arabia Saudí y Kuwait. Vinieron siete, pagándose los pasajes, trayendo la pintura, sin cobrar un centavo. Decían: "Dios nos ha dado tanto que ahora queremos en gratitud ofrecerle nuestro arte". Y la capilla del Santísimo fue decorada por una artista italiana famosa, porque la contratan magnates de diversos países. La última obra que había hecho era decorar un palacio de Putin en San Petersburgo. Las cosas salen así. Tantas obras hemos hecho sin dinero.
¿El clásico "Dios proveerá"?
Así es. Cuando uno quiere una obra, se hace. Y yo voy a seguir trabajando.