Por Jorge Salmón Jordán. Comunicador social
Este artículo revela un hecho que pudo ser trascendente para el país. Lo escribo en homenaje a Eduardo R. Arrarte, quien fuera ilustre ciudadano y destacado empresario del turismo peruano, recientemente fallecido.
Epcot Center, en Orlando, Florida, es uno de los mercados cautivos más grandes del turismo mundial. En el recinto de la monumental exposición se distribuyen atractivos pabellones de los más significativos países del mundo. Ahí están, esplendorosos en diseño, tecnología y construcción, los de Alemania y Francia, Inglaterra y China, Japón y Marruecos, entre otras naciones. En lugar preferente se encuentra el de México, con su importante mensaje histórico-cultural, que concita especial atractivo para millones de visitantes que año a año recorren este genial emprendimiento creado por Walt Disney, un dibujante de la publicidad estadounidense en la década del 50.
En los años 80, cuando Fernando Belaunde ganara las elecciones presidenciales y retornara la democracia al país, Arrarte compartió con quien escribe esta nota un proyecto que hoy bien puede incluirse en el ya famoso síndrome del can presidencial.
Surge la situación cuando entre miles de visitantes, mi esposa y mis dos pequeños hijos observamos en este imponente recinto una gran pared que encerraba un espacio sin uso y que contrastaba con los restantes escenarios. Por entonces yo vivía absorto en la publicidad, que ejercía con entusiasmo. Explicable entonces que no dudara en acercarme a uno de los vigilantes y preguntar sobre lo que ocurría con el terreno tapiado. El hombre de seguridad intuía que el espacio debía estar programado para algún país que quisiera exponer sus posibilidades turísticas o de desarrollo en general.
La impetuosidad de los años hizo que rápidamente concertara una cita con uno de los vicepresidentes de la corporación Disney, quien tampoco demoró en poner fecha para tratar sobre la posibilidad de un pabellón para el Perú. Al mes aparecí en Orlando con un plano bajo el brazo. Ahí se apreciaban ideas compartidas con Eduardo R. Arrarte e interpretadas por generosos y solidarios arquitectos. Tiempo después, sorprendentemente, recibí, en una breve carta, la opción de conceptualizar el pabellón del Perú sobre 2.000 metros cuadrados gracias al conocimiento de Eduardo, al excelente dibujo arquitectónico y a mi vehemencia empresarial. Ciertamente, el proyecto debía cumplirse estrictamente dentro de un año.
¿Qué haría yo, un empecinado publicista con la opción de crear y desarrollar una propuesta de tamaña envergadura? Pues nada, porque en verdad mi proyecto no era más que una visión creativa de las Líneas de Nasca vistas desde un teleférico, que a su vez armonizaba con un paseo por Machu Picchu, la ciudadela de Chan Chan, el Manu y otros escenarios, hasta internarnos en el Amazonas, visualizando otros fascinantes e históricos lugares del país.
La compleja operación, no obstante, era bastante simple, pues la opción consistía en que el grupo promotor, que para el caso yo representaba, debía proponer el concepto central a fin de que la corporación, a su costo, desarrollara el escenario que habría sido un gran foco de difusión y promoción de nuestra identidad y cultura.
Se requería, eso sí, la autorización formal del uso del nombre del Perú.
Eduardo tenía por entonces poco más de 50 años y mantenía con mi empresa una relación sumamente cercana, que derivó en grata amistad personal, de mutuo y afectuoso respeto. Por entonces, ambos teníamos cercanos vínculos con el gobierno de Belaunde. No obstante, sellos van, sellos vienen, la burocracia impidió obtener la simple carta que habría permitido, sin costo para el Estado, la más importante exposición del país. Pasó el año establecido y, naturalmente, el Perú perdió una gran posibilidad, y nosotros lamentaríamos para siempre una gran frustración.
Con su partida, Eduardo R. Arrarte ha dejado una gran tristeza entre quienes lo conocimos, y en el sector turismo un vacío difícil de llenar, por su liderazgo y conocimiento. Afortunadamente, quedan algunos Arrarte, quienes, sin ver Perú en Epcot Center, tendrán otras posibilidades en el sector donde su padre brilló con nitidez.