Por: Juan Paredes Castro |
Hay quienes, habiendo tomado conocimiento en el Congreso y en el Acuerdo Nacional de lo que será la demanda peruana ante La Haya, de pronto empiezan a desvirtuar el respaldo político que ha recibido esta en ambos escenarios.
Han llegado a decir, muy sueltos de huesos, entre la infidencia y la mezquindad, que el apoyo aprobado al Gobierno ha sido "por ir a La Haya", mas no "por la demanda a plantearse".
¿Es que esperaban, metafóricamente hablando, que la demanda fuese entregada, en texto anillado, a perro, pericote y gato?
¿Es que eso querían algunas representaciones políticas que habían sido honradas con más de una explicación sustantiva y una buena exhibición de mapas en sendas sesiones reservadas?
No faltarán quienes en verdad busquen contribuir sanamente a la causa jurídica peruana, como aquellos que solo reclamen llenarse de "razones", a su manera y estilo, para llevar los intereses en juego del país a la parrilla del proselitismo político puro y calculado.
Nadie quiere, por supuesto, silenciar la opinión de nadie. Bienvenidas las declaraciones y discrepancias. Pero que el deseo de participar en la construcción de una política de Estado no se confunda finalmente con el ánimo subalterno de tenderle una zancadilla a la estrategia peruana.
Desde esta columna quisimos que no solo fuese el Congreso la audiencia por excelencia para que el Gobierno explicara por qué había decidido acudir a la Corte Internacional de La Haya y en qué consistía la demanda a Chile, sino también el Acuerdo Nacional. Es más: nos felicitamos de que más allá o más acá de estos dos foros, algunas representaciones concurrieran al Ministerio de Relaciones Exteriores para ser enteradas de la postura jurídica peruana en el controvertido tema de la delimitación marítima.
Comprendemos que así como el Congreso, a través de sus mecanismos internos reservados, va a estar en todo momento enterado de lo que ocurra con la demanda peruana, tiene que respetarse la prerrogativa constitucional presidencial de conducir la política exterior del país y, dentro de ella, la que corresponde propiamente al manejo de la demanda peruana ante La Haya.
En efecto, dejemos la demanda en manos de la cancillería, con cargo a los resultados y la rendición de cuentas que esperamos de ella y al severo juicio crítico que la historia se reservará para su momento.
Lo más triste de ciertas disonancias peruanas internas es que tienen que ver con la reacción eruptiva típica de quienes, deseando estar en el convite, quedaron irremediablemente fuera.