Por Ernesto Borda. El Tiempo de Colombia GDA
En el comunicado relativo a la liberación de Clara Rojas y Consuelo de Perdomo, las FARC mostraron el conejo escondido en el sombrero del intercambio humanitario: "En realidad, somos una fuerza beligerante a la espera de ser reconocida por los gobiernos del mundo". Chávez respondió y no deja duda: tal liberación no es ni incondicional ni humanitaria. Es un hito en el contubernio de dos conspiradores contra la democracia colombiana.
La consecuencia esencial del reconocimiento de la beligerancia a un grupo insurgente en un conflicto interno es aceptar que este ejerce funciones de Estado sobre una parte del territorio. Por años, las FARC han buscado militar y políticamente presentarse como un estado dentro del Estado. Su fracasado tránsito hacia la guerra de posiciones cursó a la par con su búsqueda de territorialidad mediante el despeje, y con la exigencia de "canje de prisioneros de guerra". En enero de 1999, 'Marulanda' dijo: "Nosotros somos la autoridad en gran parte del territorio nacional. En los frentes nuestros, usted va a una inspección de policía, llegan dos guerrilleros y el inspector les dice: tengo un problema y necesito que me ayuden a arreglarlo. La autoridad en estos territorios es la guerrilla. Los alcaldes no pueden trabajar mientras no hablen con la guerrilla de cómo debe ser su gobierno. En la práctica, nosotros somos otro gobierno dentro del Gobierno. Por eso estamos buscando el reconocimiento como fuerza beligerante".
Con un reconocimiento de la beligerancia, nuestro conflicto interno se asimilaría a los de carácter internacional. Los canjes de "prisioneros de guerra" están previstos para los conflictos armados de carácter internacional. En estos, mientras que la captura de combatientes adversarios no es un acto violatorio de la legislación internacional, la reciprocidad en su liberación, mediante un acuerdo "entre partes jurídicamente iguales", es considerada como un acto humanitario. En los conflictos internos ocurre lo contrario, puesto que en ellos las privaciones de la libertad por parte de insurgentes constituyen internacionalmente una toma de rehenes y en el orden interno secuestros. La beligerancia legitima entonces el secuestro.
Bajo el ropaje de la liberación de los secuestrados se edifica una conspiración de graves dimensiones. Chávez y sus aliados, antes subrepticiamente, apoyan ahora en forma expresa la guerra de las FARC contra el pueblo colombiano. No le importan los rehenes; le interesa legitimar su interlocución con las FARC. En palabras de las FARC, la 'República Bolivariana del Sur'. Por eso, el coronel 'mediador' invitó a Marulanda a dialogar sobre geopolítica, sobre el poder sobre el territorio.
Lo que está comprometido en este caso no son las relaciones binacionales. Tampoco importa si se califica a las FARC de terroristas o no. Por serios que parezcan, hoy esos son asuntos menores. La amenaza que finalmente se devela es contra la unidad nacional y la integridad territorial de Colombia.
Las FARC están muy lejos de contar con las condiciones militares y políticas que configuran la condición de beligerancia. Chávez lo sabe y por eso no se atreve todavía a reconocerla. Violaría en forma flagrante los principios del derecho internacional. El Gobierno Colombiano debe actuar con absoluta firmeza ante la comunidad internacional para contener semejante pretensión.