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LO QUE ESPERAN LA EDUCACIÓN, LA CIENCIA Y LA CULTURA

El mecenazgo peruano

Por Frederick Cooper Llosa * Arquitecto

Ahora que el Perú celebra, con explicable incredulidad, el advenimiento de un proceso de desarrollo económico que podría finalmente ponernos camino a una prosperidad ansiada hace mucho tiempo, viene al caso reflexionar respecto a uno de sus rasgos más insólitos de su institucionalidad privada: la renuencia a ejercer el rol impulsor que en materia educativa, cultural y científica toca a su empresariado.

Esta responsabilidad, la de forjar un mecenazgo a través del cual los principales beneficiados de su desarrollo restituyan a la sociedad un fragmento de sus utilidades, aportando indispensables recursos para su desarrollo cultural, educativo y científico, constituye una práctica sin la cual sería inimaginable la prosperidad de los países avanzados.

La educación superior, la ciencia y las artes --la cultura, en general-- constituyen ámbitos en los que, por necesidad, debe limitarse la injerencia del Estado, por cuanto a este toca primordialmente utilizar sus siempre escasos recursos para atender a las necesidades básicas de sus pobladores: la instrucción básica, la salud, las comunicaciones, la seguridad, el equilibrio ecológico y la infraestructura en general.

Si bien es cierto que el desarrollo implica tener resueltos estos fundamentos, lo es también que más allá de ellos existen factores indispensables para generar aquel espíritu de innovación y excelencia imprescindible para generar la energía intelectual y creativa necesaria para producir confianza. Corresponde generar este impulso a las universidades, a los museos que provean la oferta de espacios culturales que inculquen en la población una sensibilidad artística esencial para afinar sus criterios intelectuales y emocionales, y a fondos comprometidos con la preservación del medio ambiente.

Y estas instancias, como queda claro si se repasa lo que ocurre en otras partes del mundo, solo pueden prosperar mediante el auspicio económico privado. Esto no es ningún secreto. Basta echar un vistazo, a través de la página web, a la información disponible respecto a los montos que manejan las universidades, los museos o las instituciones ecológicas más prestigiosas del mundo para comprobar que la mayor parte de ellos proviene de las aportaciones que libremente les hacen empresas privadas o ciudadanos exitosos, que así quieren dar testimonio de su gratitud por el éxito profesional, empresarial o familiar alcanzado.

Resulta inexplicable que en el Perú el mecenazgo sea tan magro. Las empresas más conspicuas suelen explicar esta paradoja aduciendo, sea que sus compromisos se orientan principalmente a la ayuda social directa, o que sus contribuciones se hacen en forma discreta. Pero esa no es una justificación válida.

Si la clase dirigente peruana --sus empresas y sus ciudadanos prósperos-- quieren realmente ser protagonistas del futuro promisor que se avizora, es imprescindible que asuman el mecenazgo que les toca ejercer ante la educación, la ciencia y la cultura, un manifiesto rol que les compete dentro de la libre concepción socioeconómica a la que suelen adherir. Y no hay que engañarse: la conspicua ausencia del empresariado peruano como propiciador del arte, la investigación y la preservación de la naturaleza y el patrimonio le otorga una identidad pública muy negativa.

Se está aun a tiempo para revertir esta infeliz trayectoria. Recién hace una década que el Perú parece haberse puesto en marcha. A ver si este alumbramiento trae consigo también el advenimiento de un entusiasta mecenazgo.

* PRESIDENTE DE LA COMISIÓN DE GOBIERNO DE LA FACULTAD DE ARQUITECTURA DE LA PONTIFICIA UNIVERSIDAD CATÓLICA DEL PERÚ.

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