Con arcas fiscales llenas, queremos gastar a toda costa y no nos estamos preocupando por ahorrar para la época de vacas flacas
Por Beatriz Boza
La cultura mediática ha dado paso al figuretti, ese arquetipo de la farándula que se embellece para mostrar su mejor cara y que se preocupa por su apariencia, porque quiere estar siempre bien ante los ojos de los demás, siendo muy sociable y ufanándose además de lo bien que le va. El 'status' se lo proporciona lo inmediato, la apariencia, la percepción de los demás. Por eso es un gran comprador, a pesar de que no cuenta con los medios económicos más altos del país. Gasta en construir su imagen considerándola su principal inversión en lugar de ahorrar para desarrollar sus potencialidades productivas a futuro. Enfrenta la realidad desde su imagen antes que desde su propia trayectoria y se proyecta al futuro sobre la base de su apariencia. Esa proyección define su realidad, por lo que sus mayores esfuerzos están orientados no hacia la consecución de metas a largo plazo, sino hacia el perfeccionamiento de lo que su imagen proyecta.
Parece que en el Estado Peruano está primando el síndrome del figuretti. Con arcas fiscales llenas, queremos gastar a toda costa y no nos estamos preocupando por ahorrar para la época de vacas flacas, que, como en todo ciclo, llegarán inevitablemente. Parecería que asumiéramos que la torta seguirá creciendo, pero ¿y si no es así? El presupuesto público de este año (S/.71 mil millones) es el doble del programado el 2001 (S/.35 mil millones), debido básicamente al auge internacional de los precios de nuestros metales (el oro bordea los US$1.000 por onza frente a los US$276 en el 2001 y la plata bordea los US$16 por onza frente a US$4 en el 2001 y con el cobre y zinc ha pasado algo similar). Es probable que esos precios caigan y que ocurra entonces lo mismo con los ingresos del Estado. Y más allá de ello, vivimos en un territorio donde la geografía, el clima y la fuerza de la naturaleza nos plantean permanentemente desafíos con consecuencias económicas muchas veces devastadoras y hasta ahora no hemos invertido como sociedad en un sistema de prevención que nos permita mitigar riesgos, reconstruir infraestructura pública e indemnizar accidentes.
En el Año de las Cumbres Mundiales en el Perú cuidemos que la hospitalidad que nos caracteriza y la cultura del anfitrión no se conviertan en figuretismo que nos haga perder de vista la consolidación del país y la construcción del largo plazo. Es precisamente responsabilidad del Estado pensar en esto último y construirlo desde el presente, ahorrando, invirtiendo en prevención, y dotando de contenidos y de realidad la imagen que quiera mostrar. Y es nuestra responsabilidad ciudadana recordárselo a nuestras autoridades.