ANIVERSARIO. Con el siglo XX, grandes novedades llegaron a Lima. El cine y los automóviles fascinaban a los lugareños que anhelaban estar a la par de las ciudades europeas. Libre de las murallas que la circundaron hasta 1870, Lima comenzó su expansión hacia el sur.
Por Carmen Gallegos
Hace un siglo, Lima estaba lejos de ser llamada La Horrible. La ciudad, que hoy celebra su aniversario 473 desbordándose en pobladores, vehículos y contaminación, era una pequeña urbe que ingresaba al siglo XX con apenas 140 mil habitantes.
Lima se encontraba en un proceso de transición mientras abandonaba su antigua careta colonial y aspiraba a convertirse en una metrópoli moderna. No fue extraño que el tradicional farolero y el aguador desaparecieran con el establecimiento del alumbrado eléctrico y la canalización del agua y desagüe. Hace cien años tampoco sorprendía que la élite limeña pretendiera igualar el glamour de las ciudades europeas y se deleitara leyendo crónicas sobre París. Las damas de la época se aprisionaban en los corsés de la moda francesa y las corridas de toros, los carnavales y las peleas de gallos eran considerados espectáculos bárbaros por este grupo modernizador que deseaba olvidar su pasado colonial. El ideal de hombre moderno era un individuo racional, deportista y amante del trabajo en oposición al criollo jaranero, considerado una herencia de la Colonia.
¿Qué otra cosa sucedía en nuestra capital hace cien años? Los parques, teatros, cafés, el hipódromo, los cines y los clubes deportivos eran los nuevos puntos de encuentro. En el Parque de la Exposición se podía disfrutar de música de bandas, concursos de tiro al blanco y funciones acrobáticas. En los campos de Santa Beatriz, hoy Campo de Marte, se practicaba cricket, fútbol y turf (carreras de caballos). Incluso las damas montaban bicicleta en el velódromo. Los cafés se convirtieron en centros de reunión donde, según Porras Barrenechea, se juntaban a beber o discutir, clérigos, burócratas, desocupados y estudiantes.
Veinte minutos tardaba el viaje hacia los balnearios de moda, Miraflores, Barranco y Chorrillos, todos conectados a la ciudad a través de los tranvías. Nos encontramos en el período que Jorge Basadre denominó la República Aristocrática, la época de bonanza económica. El país era gobernado por la élite.
EL AUTOMÓVIL TRAZA LAS VÍAS
Federico Elguera, alcalde de Lima entre 1901 y 1908, vivió varios años en París antes de regresar al Perú y comprobar la ausencia de una oferta cultural en la ciudad. En esa Lima donde no existía la plaza San Martín, el Parque Universitario, ni el óvalo Grau, Elguera promovió la construcción de edificios públicos y avenidas que embellecieran la ciudad. Incluso exoneró de licencia a los proyectos cuyas fachadas fueran notables.
El cambio más simbólico fue el de la Plaza de Armas. Con la erradicación de los mercadillos que le daban un aspecto aldeano se convirtió en un lugar de paseo y ceremonias oficiales. Hoy es el lugar más conocido y más representativo de la capital.
La ciudad comenzó su expansión hacia el sur con la construcción de las avenidas Grau y Alfonso Ugarte. Y aunque hasta 1907, veinticinco automóviles eran casi la totalidad de vehículos en Lima se trazó un plan para la circulación de este diminuto parque automotor. Según el arquitecto Juan Günter, se planearon dos avenidas. Una era La Colmena, llamada Interior, que se terminó en los años cincuenta. "La otra era la avenida Central que salía de la plaza Bolognesi hasta el Jirón de la Unión. Se iba a comer medio Lima pero no se terminó nunca" comenta. La calle Paraguay, que parece sobrar en la plaza Bolognesi, es, en realidad, el único tramo que se llegó a construir de esta avenida.
Pese a todo, las costumbres coloniales sobrevivieron al cambio de siglo. Y hasta los lujosos automóviles, símbolos de modernidad, fueron víctimas de los baldazos de agua durante los juegos de carnaval. Hoy la ciudad es otra: desbordada, desordenada y caótica, pero siempre divertida.