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Punto de vista

La carta robada

Por Gustavo Rodríguez. Escritor y comunicador

De todas las narraciones de Edgar Allan Poe, la que más tengo grabada es una de las menos afamadas. Poe bautiza como "La carta robada" al conflicto originado por el robo de un documento en el París del siglo XIX. La carta sustraída tiene un contenido que atenta contra la reputación de una dama de la realeza y es un secreto a voces que quien la robó fue el Ministro D***, quien la escondió en su casa para usarla de medio de chantaje político. Con maña y discreción, la policía francesa logra ingresar en varias oportunidades a la casa del ministro para encontrar la carta, pero su tarea es inútil.

Los policías usan estetoscopios, microscopios y otros adelantos tecnológicos de su época, pero el éxito les es esquivo. Es entonces cuando el prefecto de la policía decide pedir la ayuda de Augusto Dupin, el célebre detective inventado por Poe.

Dupin está de acuerdo en ayudar y acepta la incómoda tarea de entrar subrepticiamente en la casa del ministro, pero no lo hace auxiliado por instrumentos tecnológicos, sino por su celebrada mente deductiva. Como era de esperarse, halla la carta. No en un compartimento secreto. Tampoco en el resquicio de un zócalo. La encuentra en un tarjetero del ministro, bien a la vista de todos, dentro de un sobre descuidado a propósito. El ministro había sido astuto, pero Dupin había estado a su altura: nadie hubiera pensado que algo tan importante estuviera tan evidentemente cerca de las primeras miradas.

La asociación de ideas viaja por cauces imprevistos, de otra forma no podría explicarse que haya recordado este relato mientras pasaba por Chimbote en un reciente viaje por carretera. Las grandes nubes industriales que cubrían el cielo del puerto le daban a mi visión un carácter apocalíptico. Y los humos de las combis y mototaxis no ayudaban a menguarla.

Recuerdo haberle comentado a mi socio que el panorama me recordaba --aunque quienes me conocen saben lo exagerado que soy-- al de los pozos petrolíferos incendiados por Saddam Hussein en su retirada de Kuwait.

Mientras Chimbote atacada por los humos se alejaba por el retrovisor, mi socio y yo reflexionamos sobre las noticias y campañas que a cada instante nos llenan la mente acerca de probable contaminación en enclaves mineros, industrias forestales e inversiones energéticas. Podría decirse que existe un fuerte discurso colectivo en contra de una posible contaminación en nuestras tierras más alejadas, lo cual no es malo en sí. Lo malo es que estos esfuerzos de opinión no tengan su par cuando se trata de la contaminación que ocurre en nuestras narices, como pasa con Chimbote.

Por ejemplo, ¿es sensato que los habitantes de Cajamarca protesten contra una no confirmada contaminación a sus aguas de minera Yanacocha, mientras de sus propias casas salen desagües que terminan en el río sin ser tratados? ¿No es verdad que hay microbuseros que se quejan del monóxido en la avenida Abancay y de las autoridades que lo permiten mientras su propio tubo de escape es un volcán de gases negros?

Obviamente, esta versión de la paja en el ojo ajeno no solo ocurre con la contaminación: hace unos meses, en una visita a colegios del interior para llevar un plan lector, el director del Proyecto Recreo, el escritor Javier Arévalo, escuchó a ciertos profesores de colegios nacionales echarle la culpa al Estado sobre el bajo nivel de la educación peruana. Arévalo no se pudo contener y exclamó sorprendido: "¡Pero si el Estado son ustedes!".

Es penoso, pues, darse cuenta de que los problemas y las soluciones en el Perú no están tan lejanos o apartados de nuestra vista, como tampoco lo estaba la carta robada del relato. Están más cerca de lo que pensábamos: incluso dentro de nosotros mismos.

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