Hace más de 25 años, Luisa Bossio o Mamá Lucha --como la llaman las internas-- decidió ayudar en el penal de Santa Mónica. Una historia de solidaridad
Por Franklin Briceño Huamán
Una noche, Luisa Bossio recibió la llamada de Marina, una ex reclusa del penal de Santa Mónica. "Mi bebito se ha muerto hace días. Van a quemar su cadáver. Quiero un cajón. Ayúdame, Mamá Lucha". Los segundos restantes sirvieron para apuntar la confusa dirección. Una calle indeterminada en Los Barracones. Luisa se encomendó a Dios y salió. Casi a medianoche llegó a la comisaría Ramón Castilla del Callao. Extraviada y con un ataúd blanco bajo el brazo preguntó por la dirección. El comisario la regañó. ¿Señora, cómo se le ocurre ir a ese lugar lleno de maleantes? Pese a eso, encontró la casa.
Otra vez, Luisa Bossio detectó que una mujer con los brazos llenos de cicatrices la perseguía justo cuando caminaba por una calle desierta. "De esta no me salvo, ahora me asalta", se dijo. Pero, cuando la mujer se acercó, le habló con voz pacífica: "Mamá Lucha. ¿Ya no me reconoces?" Cuando la escuchó, Luisa respiró aliviada. Así la llaman las presas del penal de Santa Mónica. Era una ex reclusa que deseaba saludarla.
ZAPATOS VIEJOS
Hace 25 años, Luisa Bossio no conocía ninguna cárcel. Su cómoda existencia estaba concentrada en su marido y sus cuatro hijos. Pese a vivir a espaldas del penal de Santa Mónica, ese lugar no figuraba entre las preocupaciones de su vida.
El 15 de octubre de 1982 dos amigas religiosas la invitaron para que las acompañase al penal. Eran 325 pasos, los contó, la distancia que separaba su hermosa casa de la cárcel. No recuerda qué decidió su cambio. Tal vez influyó la primera imagen de la miseria que le cayó como un latigazo en los ojos. "Tal vez", dice y recuerda los zapatos del hijo de una presa. Unos zapatos viejos y gigantescos para los pies de su dueño: un bebe que calzaba 22, pero con zapatos talla 33.
Por eso empezó por los zapatos. Tocó puertas buscando calzado de niños. Le regalaban zapatos rotos, gastados, con las suelas podridas. Luisa no se desanimaba. Los llevaba a una zapatería donde los clavaban, cosían, reforzaban y les colocaban una capa de charol. "El buen gusto no se pierde", comenta.
SOPA DE CHOROS
Doña Luisa dice que ahora la sopa de choros es una de las dietas básicas para los hijos de las presas. Hace un cuarto de siglo, la comida no era la mejor. Por eso todos los jueves comenzó a llevar alimentos. El número 100 era su meta. Un jueves, 100 huevos. Otro jueves, 100 manzanas. El siguiente, 100 plátanos. Una semana después, 5 kilos de menudencia de pollo para una buena sopa.
Hace cinco años tocaron el timbre de su casa. Un policía del escuadrón de las Águilas Negras estaba junto a un patrullero. "Señora, yo la conozco", le dijo el agente. "Usted me traía del penal y me daba el desayuno aquí, en su casa", añadió. Luisa hizo memoria. "Era el hijo de una presa. A veces me lo traía a casa", comenta.
UN OSO EN EL PENAL
Los primeros días de julio de 1996 Mamá Lucha se empecinó en divertir a las presas con una función especial del Circo Ruso. Y no se detuvo hasta lograrlo. A finales de ese mes, el penal de Santa Mónica abrió sus puertas a dos camiones. En el primero iba un oso de garras enormes. En el otro, acróbatas, bailarinas y un perro danzante. Todos actuaron sin cobrar. Las ovaciones de aquella tarde no se las llevaron los políticos que asistieron a la actividad artística, sino un oso que patinaba, montaba la bicicleta y marcaba el ritmo de la música con un bombo. Esa ha sido la única vez que un circo profesional ingresó a una cárcel peruana.
NO TODO ES FELICIDAD
A Manuel y Sara, dos hijos de reclusas que llevó a vivir a su casa hace más de 20 años, Mamá Lucha les dio amor y educación. Ahora, Sara es la esposa de un negociante. Manuel, por el contrario, está preso en el penal de Lurigancho. Un psiquiatra le dijo a Mamá Lucha que la primera infancia de Manuel había sido traumática. "Lo metían de cabeza en un cilindro con agua cuando era bebe", dice Luisa. Manuel se escapó de la casa de Mamá Lucha y le robó antes de irse.
Ayudar a las presas le ha enseñado a descubrir los rasgos más miserables y sublimes de los seres humanos. Al inicio, las presas por terrorismo la miraban con recelo. Ahora la respetan. "Si supieses lo que han hecho estas manos, nunca me mirarías", le dijo una terrorista que había integrado un comando de aniquilamiento. "No estoy aquí para juzgarte. Solo vengo a ayudarte", le respondió Luisa. La mujer lloró en silencio.
Doña Luisa comenta que Luis Gonzales Posada, presidente del Congreso, la ayudaba cuando era ministro de Justicia hace 20 años. "Ojalá pueda leer esto y pueda ayudarnos otra vez", concluye, la infatigable Mamá Lucha