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LA ORATORIA DEL EX JEFE DE GOBIERNO ESPAÑOL

Felipe en escena

Por Santiago Roncagliolo. Escritor

El día que conocí a Felipe González, hace como un mes, él acababa de ser nombrado por la Comunidad Europea para presidir un comité de sabios que analizaría el futuro de la unión. La iniciativa del comité había partido del hiperactivo mandatario francés Nicolas Sarkozy, y esa misma mañana, González aparecía en la portada del periódico recibiendo las felicitaciones personales del presidente Zapatero. Era el hombre del día.

Y sin embargo, cuando nos presentaron y lo felicité por el nombramiento, él le quitó importancia con un gesto y masculló:

-Ahora todo el mundo me felicita por esa cosa europea...

El Felipe que yo tenía enfrente no era el del periódico. Aquel se veía presidencial, de pie en la puerta del Palacio de la Moncloa, saludando a las cámaras, vestido con traje azul y el mismo diseño de corbata que Zapatero, probablemente calculado por los responsables de protocolo. En cambio, este Felipe descorbatado con chompita de lana parecía un señor relajado y un tanto distraído que pasaba por ahí.

Solo después de un rato comprendí que la suya no era la informalidad de quien ignora la etiqueta, sino de quien está por encima de ella. En todo encuentro político, el más importante no es quien lo parece, sino quien no necesita parecerlo. Al acto de esa mañana asistieron ministros, embajadores y altos funcionarios debidamente trajeados, pero al lado de González no parecían sus jefes sino sus mayordomos.

La oratoria del ex presidente también es así: informal porque se puede dar el lujo. Compartíamos una mesa redonda, pero su intervención no fue un monólogo, sino un diálogo solitario. Felipe argumentaba, se respondía, iniciaba una digresión y volvía al tema bajo otra óptica. Enlazaba los retos tecnológicos con los desafíos de las mujeres, sazonaba la sanidad pública con sabrosas anécdotas personales sobre Hillary Clinton, y elogiaba el crecimiento económico sin dejar de criticar a 'Gringolandia'. Y por supuesto, ponía en un serio aprieto a los que debíamos hablar a continuación, porque después de él, uno tiene la sensación de que no queda nada que añadir.

González tiene la experiencia de un jefe de Estado, pero no sus servidumbres. Puede decir lo que quiera, porque ya nada es su responsabilidad. Además, es una figura de dimensión española, pero también europea y latinoamericana. Y no deja de recordarlo. Su charla hizo constantes referencias a su gobierno, e incluso envió alguna indirecta a la actual administración, y todo haciendo gala de esa retórica de cuando las palabras en política eran más significativas que los números.

Pero el hechizo González no se explica solo por su talento escénico. Su seducción radica en la flexibilidad de su discurso, que puede convencer a todos los sectores políticos. Históricamente proviene de la izquierda, pero arrebató a la derecha sus logros en economía, seguridad y relaciones internacionales. En consecuencia, comparte la crítica liberal:

-La izquierda quiere redistribuir riqueza y se olvida de crearla.

Pero a la vez, hace notar:

-La derecha siempre dice que habrá que redistribuir la riqueza, pero nunca lo hace. Durante años dicen que primero hay que acumular. Y luego hay una crisis, y no se puede redistribuir en crisis. Al final, el momento jamás llega.

Para González, en buena parte de América Latina, las élites económicas no son conscientes de que una mejor distribución de la riqueza las beneficiaría también a ellas: generarían consumo, aumentarían su seguridad jurídica y garantizarían su estabilidad política. De hecho, su análisis no es partidista, sino puramente pragmático: pagar más impuestos directos para financiar gasto social es la mejor manera de conservar el statu quo. Y bien administrado, ese gasto también es inversión en mano de obra cualificada e infraestructuras para las empresas. ¿Es esa una teoría de izquierda o de derecha? En realidad, es un principio para gobernar con las dos manos.

Esa mañana, Felipe habló durante casi una hora ante una multitud entregada. De vez en cuando, sus compañeros de mesa intercalábamos algún silencio. Al final, el ex presidente sugirió que quizá su Gobierno habría podido hacer más cosas. Indignada, una mujer del público intervino para decir:

-Eso es mentira, Felipe. Lo hiciste de maravilla. Eres demasiado modesto.

Él respondió:

-No se equivoque usted, señora. Soy terriblemente vanidoso.

Era verdad, pero sonaba modesto al decirlo. Esa capacidad de ser una cosa y a la vez la contraria fue la lección política de ese día.

Santiago Roncagliolo es autor de "Abril Rojo". Ganador del Premio Alfaguara de Novela 2006.
Exclusivo para el diario El Comercio en el Perú.

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