Por Antonio Orjeda
"Terminé tarde mi carrera tras varios problemas". Claudia es carioca, llegó de Río a los 17, quería ser pediatra. Ingresó en el séptimo puesto a la Cayetano Heredia, pero casada y con tres hijos, hizo a un lado sus anhelos para que su marido creciese como profesional.
Para cuando decidió retomar su carrera no alcanzó cupo en Pediatría, pero sí en Laboratorio y Patología. Su matrimonio había colapsado, tenía tres bocas que alimentar. Claudia se zambulló en esa especialidad, abrió un laboratorio con equipos prestados. Tras ampliar su servicio al de imágenes (rayos X, mamografías, ecografías...) y vacunación, hoy brinda consultas en sus cinco modernos locales. Suiza Lab es el nombre de su empresa, esta es la historia de la mujer que la forjó.
Usted cumplió el sueño de miles de chicos: ingresar a Medicina en la Cayetano Heredia...
Ese año se presentaron 2.000 personas para 60 vacantes.
Sin embargo, no pudo recibirse como pediatra, la especialidad que usted quería.
Yo ya me había casado, los dos habíamos terminado Medicina, pero mi esposo me dijo: me tengo que ir a EE.UU. para hacer mi residencia en Cirugía Plástica; así que nos fuimos los dos, cada uno a hacer su especialidad, pero yo nunca pude terminar la mía porque a él lo pasaron de Miami a Oregon; y yo dije: bueno, tendré que ir contigo.
Ya tenían hijos.
Ya tenía tres hijos, así no era fácil hacer la residencia. Yo estaba frita... Lo seguí, y en Oregon no pude estudiar nada.
Por amor, muchas veces uno cede y termina por olvidarse de sí mismo.
Una cede porque es esposa, es mamá, ¡porque una tiene hijitos chiquitos y tiene que estar con ellos! Porque en EE.UU. yo no tenía a una mamá ni a una suegra, ¡no había empleada! O sea, allá, yo solo hice unos buenos tres o cuatro años de estudios.
Y al final, si no se hubiese divorciado, no tendría todo esto.
Probablemente no... Yo creo que depende mucho del carácter, una mujer debe tener mucho carácter para hacer un corte, porque a veces uno se pone en un segundo plano y deja que los demás se desarrollen... Una tiene que escoger en la vida, y tiene que ver bien con quién se casa, porque así como una ha apoyado tanto, el otro también tiene que ceder.
Para eso se es pareja.
¡Lógico! Yo creo que la necesidad es la madre de todas las invenciones: yo me di con que mi esposo se regresaba a EE.UU., no tenía sustento económico, yo acaba de salir de la universidad ¡y tenía que mantener a tres chicos! Yo tenía que trabajar, ¡sí o sí! Yo empecé y todos mis equipos eran prestados, llamaba a los doctores y les ofrecía ir a las casas de sus pacientes para tomarles las muestras de sangre...
Sobre el lugar donde empezó a realizar sus pruebas de laboratorio usted ha dicho que era un edificio de mala muerte, que ni timbre tenía.
La gente tenía que hacer bulla ¡y yo bajaba corriendo para abrirles la puerta! Yo era la secretaria, la que tomaba las muestras, la que las procesaba, ¡yo era todo!
¿Durante cuánto tiempo?
Como tres años... Yo empecé el 92, al segundo año empecé a trabajar en la Clínica Ricardo Palma y, al siguiente, ya me pude mudar de local, a uno que ya fue bonito. El 96 me fui a otro más bonito todavía, ahí sí dije: tengo que ponerle un nombre, y mi papá me dijo que, como yo soy suiza (por su ascendencia), le ponga Suiza Lab.
Hoy tiene laboratorios de primera: cuatro en Lima, otro en Chiclayo; este año abrirá uno en los conos y dos más en Arequipa y Cusco. ¿Cómo ha hecho?
Lo que me ayudó mucho fue la toma de muestras en los domicilios...
Nadie más lo hacía.
¡No existía! No había ningún médico que fuese a donde el cliente: yo iba, le hacía el electrocardiograma, le tomaba la muestra de sangre, le hacía el examen médico; llevaba todo al laboratorio y procesaba las muestras. Comencé a trabajar para empresas de seguros de vida: yo les mandaba los resultados que tomaba en las casas de sus posibles clientes para que ellas determinasen si la persona era un buen candidato para tener su seguro. ¡Eso no existía!
¿Cómo descubrió ese nicho?
Fue la necesidad. Las empresas se dieron cuenta de lo que yo estaba haciendo, y me echaron el ojo.
¿Por qué?
Tenía un amigo en una empresa de seguros, él me llevó, pero me dijo: lo que les propongas tiene que ser un boom; y así fue, al día siguiente firmé el contrato y empecé tomando tres muestras, al día siguiente fueron cuatro, después 10, ¡15!
Tengo entendido que debido a una serie de deudas, al principio sufrió embargos.
Es cierto... Un día salí con mis hijos en el carro que me había prestado mi mamá y la policía me paró y me lo quitó. Me dijeron que tenía una deuda, una que habíamos contraído mi esposo y yo cuando estábamos casados.
En ese momento, ¿quién era su apoyo, su soporte?
La verdad, yo no tenía a nadie. Le dije a mi papá lo que me había pasado y él me apoyó, pero él vivía en Chaclacayo, ¡era muy lejos!
¿Qué edades tenían sus hijos?
En esa época yo había vuelto a la Cayetano, yo dejaba a mis hijos en el colegio y me iba a la universidad... Eso debe haber sido en el 90. El mayor tendría 15, y los otros 10 y 9.
Hoy, cuando juntos recuerdan, ¿qué dicen?
El que más se acuerda es el menor. "¿Mamá, te acuerdas ese día en que salimos del colegio y tuvimos que regresar a la casa? Nosotros estábamos contentos y tú casi llorando". Ellos no entendían lo que había pasado... En la casa no había ni sitio, yo dormía con el menor en un camarote... No tenía plata. Estaba desesperada. ¿Qué hice? Llamé a mi ex suegra y le dije: señora, no tengo plata, su hijo se ha ido a EE.UU., así que lo siento pero mañana me mudo a su casa. No sé si le gustó, pero yo no tenía otra opción. No fueron años muy felices (ríe)...
La dificultad a veces se convierte en catapulta.
Por eso digo: la necesidad es la madre de todas las invenciones, porque ¿para que una mujer se mude a la casa de su ex suegra? Yo debo haber estado ¡bien desesperada!... Así fue que terminé mi carrera, empecé con la toma de muestras a domicilio y, la verdad, es que me fue muy bien.
¿Cuántas horas al día trabajaba?
Me levantaba a las seis, la primera toma de muestras era a las siete de la mañana; y la noche previa tenía que haberlo dejado todo listo: yo me acuerdo que planchaba de una a dos de la mañana. Ya después pude pagar a una empleada, ¡una saca fuerzas! Y cuando una ve que empieza a irle bien, ¡las energías sobran!
No es peruana, ¿cree que eso jugó a su favor?
Lo bueno de no ser de acá, es que yo no conocía a nadie, así que podían hablar mal de mí, ¡y yo, normal!
El símbolo de Suiza Lab es la bandera suiza, ¿cree que esa imagen le sirvió para tener más gancho? Se lo pregunto porque no hace mucho el peruano tendía a no querer a sus símbolos.
Eso es algo de lo que me he dado cuenta: hoy en día el peruano ya se siente orgulloso de su cocina, de su pisco, ¡de un montón de cosas! Pero, cuando yo llegué, me llamaba la atención cómo acá la gente era nada nacionalista; y Suiza Lab prendió, creo, porque uno asocia Suiza con reloj suizo, con precisión, y esa era la imagen que yo quería dar.
Valió la pena ser gringa.
¡A veces sí! (ríe)... Yo tuve una educación suiza, y tanto en el colegio como en mi casa aprendí mucho sobre disciplina.
Como extranjera debe haberse percatado de que esa es aún una de nuestras falencias.
Sí, mira a los futbolistas. ¡Cómo puede ser! Hay que ser metódico. Yo llego acá a las ocho y trabajo hasta las diez, ¡once de la noche!
¿Y dónde queda el disfrute?
Primero: a mí me encanta trabajar; y, segundo, mis hijos no están acá. Mi disfrute es ir a verlos.
LA FICHA
Nombre: Claudia Joana Gianoli Keller.
Profesión: Franco Brasileño, en las sedes de Río de Janeiro y Sao Paulo, en Brasil. Terminó aquí, en el Franco Peruano.
Estudios: Ingresó en el séptimo puesto a Medicina en la Cayetano Heredia. No logró recibirse como pediatra. Tras divorciarse retomó la universidad y se especializó en Laboratorio y Patología.
Edad: 57 años.
Cargo: Propietaria y gerenta general de Suiza Lab.