Por: Juan Paredes Castro |
La suerte del régimen de Alberto Fujimori hubiera sido sin duda otra de haber conservado a su hermano Santiago a corta distancia de sus decisiones. Ponerlo fuera de su entorno supuso caer completamente en las manos de Vladimiro Montesinos.
Y así fue, con toda la historia que conocemos al revés y al derecho.
Atribulado entre la lealtad a Alberto, el tenso seguimiento del juicio a este y el rechazo que provocan en él los arrebatos de Keiko, Kenji y Raffo, Santiago Fujimori vuelve ahora a sorprender una vez más en el terreno de la política, pero de una manera tan desconcertante que podríamos no creerlo.
Ya nos había sorprendido en la pasada campaña electoral, cuando su aparición pública, inclusive bailando de la mano de la nueva mujer de Alberto Fujimori, sobrevino a un largo silencio, desde cuando precisamente había dejado su puesto de asesor presidencial.
El discreto y casi anónimo ejercicio del poder tras el trono lo habían convertido en el principal arquitecto político de un fujimorismo encarrilado, con todos los defectos de entonces, en lo que se llamaban las "reformas de primera generación".
Jamás llegaríamos a ver las reformas de la segunda generación, pues las prioridades políticas pasaron a ser la re-re-elección presidencial, la acumulación de poderes por el ex asesor del Servicio Nacional de Inteligencia y la gradual destrucción de la institucionalidad democrática del país.
La sorpresa de ahora último pasa por el severo cuestionamiento que Santiago Fujimori hace el lunes último al proyecto de partido de Keiko Fujimori, Fuerza 2011, calificándolo de irracional, para luego ponerle ayer martes todos los paños tibios necesarios al llamado de Kenji a suscribir planillones electorales como "pasaporte de libertad" para su padre.
El Santiago de los noventa, políticamente serio y consecuente, ha cedido el paso al Santiago Fujimori de los dos mil y tantos, dispuesto a retractarse de sus declaraciones con tal de no molestar a Keiko ni a Kenji ni a Raffo, a considerar a Fuerza 2011 como un proyecto a trabajar en el mediano plazo y a advertir de que si la condena del tribunal fuese adversa al ex mandatario habría una reacción violenta ("entraríamos en una guerra civil", dijo en RPP), aludiendo en cierta forma al derecho a la insurgencia que contempla la Constitución.
Quizás el hecho de no haber logrado ser el delfín del fujimorismo y haber asumido a plenitud su lealtad al hermano mayor, están llevando al ex primer asesor de Fujimori a una posición de retaguardia que no le sienta bien por ningún lado y que le hace perder dignidad frente a los tristes papeles que ofrece, por ejemplo, una Keiko, un Kenji o un Raffo.