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ANIMAL DESPISTADO

Correspondencia con uno mismo

Por Renato Cisneros

¿Qué tan buena idea es tratar de conocer a tu escritor favorito? ¿Qué tan sensato resulta propiciar un encuentro personal con alguien que ha ejercido fascinación sobre ti desde la invisibilidad? ¿Para qué apuntarle al rostro con una linterna a ese señor cuyo encanto ha sido manifestarse desde las sombras? ¿Si sus historias y sus libros conforman ese único territorio compartido entre ambos, para qué penetrar en dominios privados, para qué intimar?

Todas estas ideas han venido pasando por mi cabeza en los últimos días luego de escribirle una carta a Paul Auster, el famoso escritor neoyorquino, autor de La trilogía de Nueva York, El libro de las ilusiones, El palacio de la luna, etcétera, de quien soy ciego y rendido admirador.

Hace poco menos de un año, en Colombia, conocí a Tomás Eloy Martínez en un taller literario. En uno de los recesos me quedé conversando con su esposa, Gabriela, y no recuerdo cómo terminamos hablando de Auster. Cuando se lo mencioné, ella dijo "ah, Paul", con una familiaridad que yo encontré desconcertante. "¿Lo conoces acaso?", le pregunté, sorprendido, incrédulo. "Claro que sí, era nuestro vecino en Nueva Jersey, de hecho, vamos a almorzar con él la próxima semana".

Las palabras de Gabriela y el modo tan prosaico en que las dijo me dejaron en un completo estado de bovina estupefacción. ¿Vecino? ¿Almorzar? Parecían referencias demasiado mundanas como para relacionarlas con ese escritor al que desde hacía dos años había venido endiosando. Le supliqué a Gabriela que me diese alguna dirección electrónica para escribirle, pero ella me contó que Auster -enemistado con la forma cómo la tecnología vulnera el derecho de las personas de aislarse- no tiene cuenta de correo. "No chatea, ni usa celular, pero puedes escribirle una carta y me la mandas a mí por e-mail", me sugirió, ofreciéndose como puente entre Auster y yo (el solo hecho de que existiese un intermediario que me comunicara con él ya me parecía sobrenatural).

Han tenido que pasar cerca de diez meses para animarme a escribir esa carta, y solo escribiéndola es que me he dado cuenta de la inutilidad del asunto. Mientras llenaba con entusiasmo esas carillas pensaba en que Auster seguramente estaría ofreciendo alguna conferencia, concediendo una entrevista o bosquejando una nueva novela, e ignorando, claro, que en ese preciso instante, en la remota ciudad de Lima, un peruano fanático de sus libros le escribía una más de esas decenas de cartas que él debe recibir a diario y que muy probablemente le encarga leer a su secretaria.

En plena inspiración epistolar, sentí vividamente eso que dice Ricardo Piglia sobre la fatalidad de la correspondencia: "escribir una carta es enviar un mensaje al futuro, hablar desde el presente con un destinatario que no está ahí, del que no se sabe cómo ha de estar (en qué ánimo, con quién) mientras le escribimos y sobre todo después, al leernos".

Entendí entonces que lo más importante de esa carta no era que fuese enviada, sino que simplemente hubiese existido. Sentarme a desenmarañar las complejas razones por las cuáles las historias de Auster me han conmovido tanto, y a tratar de revelarle en cincuenta líneas detalles de mi forma de ser que pudieran estar conectados con la forma de ser de sus personajes fue un ejercicio mucho más provechoso para mí que para él.

Cuando uno le escribe una carta a su escritor favorito lo que en realidad está haciendo es iniciar una correspondencia consigo mismo. De haber llegado a manos de Auster esa carta habría pasado inadvertida, pero al conservarla, al guardarla con la inquietud de leerla dentro de unos años, lo que he hecho es conferirle otro destino, uno quizá menos poético pero más trascendente.

Cuando uno quiere conocer a su autor favorito lo que en el fondo reclama es explorar un poco más dentro de sí mismo. Un lector vehemente que fuerza un encuentro con su ídolo literario no solo estropeará una relación que nació signada por la distancia, sino que romperá el mágico conjuro de la literatura, ese que justifica el umbral de misterio en el que las historias son ofrecidas, tomadas y compartidas, siempre a tientas.

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