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ARTE

Eco y belleza

Por Gabriel Icochea Rodríguez

Aunque el propósito de escribir una historia de la belleza es descomunal, Umberto Eco nos sorprende con esta admirable empresa. Y aunque en esta obra no aparece como único autor; en sus páginas está el medievalista que escribió su tesis de licenciatura sobre Tomás de Aquino; el acucioso conocedor del Renacimiento y el estudioso de la cultura mediática. Historia de la belleza es de una exquisitez sorprendente. Al lado de los ideales estéticos de cada época se encuentran sus expresiones artísticas. El libro es un compendio de obras de arte y de fragmentos de filósofos y pensadores que razonaron sobre la naturaleza de la belleza. Esto sin contar con las explicaciones centrales de los mismos autores (sobre todo de Eco). En la antigüedad griega, el criterio de belleza dependía de las nociones de proporción y armonía. Éstas alimentaron las representaciones escultóricas en el mundo griego arcaico; aunque no es hasta Platón que surge una teorización de la belleza. Una lectura más detallada del filósofo nos demuestra que en su obra coexisten dos teorías de la belleza: la primera ya mencionada (proporción y armonía) y la segunda, como esplendor (manifestada en el Fedro). La primera es deudora del discurso Pitagórico. En éste, el mundo posee una armonía que se manifiesta a través del sonido. Pitágoras estaba convencido de que el influjo de las armonías sobre la mente tenía una finalidad terapéutica. Unos sonidos servían para la creación de cierto ambiente. Una música nos aquieta y otra, nos violenta. En el pitagorismo posterior se sostuvo que el movimiento de los planetas sobre la tierra era melodioso. Y las representaciones de figuras geométricas espaciales como expresiones de una armonía perfecta no son pocas. Gran parte del arte occidental siguió este patrón e intentó ponerse al nivel de la música y de las matemáticas. Es decir, creó un arte en el que las proporciones eran rigurosamente calculadas. El ideal estético de Tomás de Aquino (siglo XIII), en cambio, proponía otras consideraciones. Debe existir armonía, pero, además, claridad. El uso de la claridad se practicó con frecuencia en el arte de los llamados miniaturistas. La claridad en el discurso religioso occidental (e incluso no occidental) está relacionada con la divinidad. Dios crea la luz, según los evangelios. Los miniaturistas, a pesar de que casi todos trabajaban con poca luz, elaboraron cuadros de mucho esplendor. Además, en la edad Media, los colores tenían un significado. El azul era celestial; el rojo -como en las sagas artúricas- estaba relacionado a la traición e infamia, y el verde era el color de la primavera. No hubo época en la cual el mundo tuviera mayor significado simbólico que el mundo medieval. Y su afición por la monstruosidad era algo más que una simple tendencia por la superstición. Los bestiarios o el liber mounstruorum son expresiones de una cierta estética de la fealdad y, a su manera, son expresiones de los primeros libros de viajes. El Renacimiento retorna al cuerpo, implica una revaloración de la mujer y da pie al amor cortesano, que se manifiesta en pintores como Rossetti ( El sueño de Dante). Los personajes de los cuadros expresan un ideal casto, idealizado e imposible del amor. Los ideales románticos expresan belleza y melancolía como en cuadros de Mengin o Delacroix. Basta ver a una Safo bellísima y triste para captar los nuevos valores. Este texto ofrece mucha belleza a través de las obras de arte que nos muestra y una exposición diáfana de sus fundamentos. Y sirve por igual a las necesidades del principiante y al orden y rigor del conocedor.

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