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Contracorriente

El martirio de la verdad

A 25 AÑOS. Tres personas deciden hablar sobre el asesinato de los ocho periodistas en Uchuraccay: Javier Ascue, quien pudo ser el noveno mártir; Alicia Retto, la hoy periodista hija de Willy Retto, y el lingüista Rodolfo Cerrón Palomino, ex miembro de la comisión Vargas Llosa

Por Miguel Ángel Cárdenas

Es otra tragedia: el caso Uchuraccay soporta todavía una politización sorda y horrorosa, 25 años después del 26 de enero de 1983. Por eso, tres personas decidieron alguna vez no hablar de un tema que los lastimaba en lo profundo. Pero hoy ellos abren un poco sus memorias, a tientas.

EL NOVENO QUE NO FUE
Llegó a Ayacucho el 29 de diciembre de 1982: era su cumpleaños. La noticia fue perentoria: se decía que Sendero Luminoso iba a tomar Huamanga. Y se confirmaba sin atenuantes: el general Clemente Noel era nombrado jefe político militar de la zona de emergencia en el infernalmente célebre cuartel Los Cabitos. Javier Ascue, periodista de El Comercio, cubría el momento de terror: "Recibir el Año Nuevo fue terrible, se produjeron bombardeos, Sendero estaba bajando de los cerros hacia la ciudad. Dinamitaba la planta de energía eléctrica... Y salieron los tanques y sitiaron la ciudad. Era la guerra. A partir de ese momento vienen las matanzas de todos los días".

Con el pánico expandido, uno de los más buscados era el general Noel. "Hasta que en una conferencia de prensa quiere anunciarnos con orgullo que la población campesina está respondiendo junto a sus Fuerzas Armadas contra los criminales y que han matado a siete terroristas en la zona de Huaychao". Era una importante información en medio del pesimismo: pocos periodistas resistían. En coincidencia con esta noticia fueron llegando los relevos de los diarios.

Javier se quedó pese a todo y vio venir a Willy Retto, fotógrafo de "El Observador": "Y lo primero que hace Willy con su redactor, el chiquillo Mendívil, es ganarnos una primicia. Había llegado el ministro del Interior a Ayacucho en helicóptero y le hizo la foto. Llegando nomás nos gana. Él se había ido a Venezuela, me contaba que le fue regular y que añoraba el Perú. Yo lo había conocido de pequeño al lado de Óscar, su padre, fotógrafo de 'Última hora'. Y recuerdo que hablaba bastante de su hijita en el vientre de su madre. Me dijo: 'Algún día será periodista'".

Un día después llegó Jorge Sedano de "La República" y la química con Javier fue ferviente: "Yo fui fotógrafo ambulante antes del periodismo y él había sido repartidor de fotos en los domicilios. Cuando me vio me dijo: 'Te sigo los pasos', me alegré mucho. Me dijo: 'Me tienes que ayudar, yo de acá tengo que regresar famoso a Lima'. Y le sugerí que se vaya a Carmen Alto, donde flameaba una bandera roja. Fue y al día siguiente fue portada en su periódico. ¡Éramos grandes amigos!".

También llegó Pedro Sánchez de "El Diario de Marka", a quien Ascue conocía de cubrir mítines, huaicos, inundaciones y caídas de aviones, y Amador García, de la revista "Oiga", a quien no frecuentaba. Todos estaban en el hostal Santa Rosa, para protegerse mutuamente.

En esos días Ascue supo de una matanza cerca de Chuschi y partió raudo a la zona con Pedro Sánchez y Jorge Torres de la revista "Gente". Cuando regresó tenía las rodillas y los pies ensangrentados por el agreste camino. "Cuando volví estaba Eduardo de la Piniella. Y habían organizado el viaje a Huaychao. Hasta ese momento nadie sabía de Uchuraccay, ni que existía algo con ese nombre. Estaban esperándome porque era una zona de campesinos y yo hablaba quechua. 'Si no, partíamos ayer'. Les dije que estaba mal. Fui a una reunión a las 8 de la noche, y me animé. En eso, llega Octavio Infante, el periodista de "Panorama", de Ayacucho, y dice: 'Es fácil el viaje, yo los voy a ayudar, soy de la zona, hablo quechua, cuando lleguemos a Tambo vamos hasta mi hacienda, yo les proporciono caballos'. Allí los iba a esperar un guía llamado Juan Argumedo. Y dije: 'Si ya hay uno que habla quechua...'. Igual me despertaron a las 5:30 de la mañana y vi, en un lanchón lleno, que de la Piniella estaba sentado junto al chofer. 'Ya pues, Javier, déjame ir", me dijo. Se suponía que él no iba, ya había muchos de 'El Diario de Marka'. Estaba también el corresponsal Félix Gavilán. Me dijo: 'Siéntate atrás'. Y yo dije: 'No, me siento mal'. Hubo bromas y todavía los veo sacando la cabeza por la ventana: 'Te chupaste'".

No pasó ni un día cuando llegó una señora que traía el carnet de Jorge Luis Mendívil y se lo mostró a Javier diciéndole: "Señor, a los periodistas los han matado...". "¿Dónde?", prorrumpió y escuchó por primera vez ese fatal nombre que en el futuro estigmatizaría a sus pobladores: Uchuraccay. Al día siguiente el general Noel confirmó que habían muerto todos y la consternación fulminante hizo que Javier se subiera al primer helicóptero. Una vez allí ayudó a desenterrar con sus tristísimas manos a los muertos, que estaban de dos en dos, boca abajo, en cuatro fosas, mutilados por la cabeza, con hachas, hondas y piedras. "Yo estuve en la autopsia, tuvimos que vestirlos. Yo les di mi ropa a Willy, a Pedrito, a De la Piniella no, porque era muy grande".

La batalla ideológica que siguió después deprimió a Ascue, quien aún hoy sigue dolido de cómo se comercializó políticamente todo.

LA CAUSA Y EL EFECTO
Debe ser la comisión más polémica y vapuleada de la historia democrática la nombrada por el presidente Belaunde el 2 de febrero de 1983 y presidida por Mario Vargas Llosa para esclarecer la matanza de Uchuraccay. Esta comisión presentó su informe luego de un mes y señaló como responsables a los campesinos. Veinte años después, la Comisión de la Verdad y Reconciliación refrendaría sus conclusiones. En su informe final dice: "La matanza fue cruel y no duró más que treinta minutos (...) los campesinos estaban seguros de que habían dado muerte a miembros del PCP SL, por eso mismo los sepultaron fuera del cementerio y sin velatorio... los cuerpos de los periodistas fueron depositados muy cerca de la plaza, a solo 200 metros, sin ningún afán de ocultamiento". La CVR corroboró "que diversos agentes del Estado --los sinchis e infantes de Marina, el jefe del Comando Político Militar y el propio presidente de la República-- alentaron esta conducta". Pero no encontró pruebas que constataran la presencia de militares como perpetradores directos.

El lingüista y catedrático de la PUCP, Rodolfo Cerrón Palomino, asesoró esa comisión y muchos en la Universidad de San Marcos le hicieron las clases imposibles llamándolo agente de la CIA. Hoy se anima a contarlo: "Fue un momento muy delicado. Los campesinos estaban entre la espada y la pared... Y se sabe que tuvieron el aliento de los militares". ¿Por qué se animó a participar en esa controvertida comisión con el lingüista ayacuchano Clodoaldo Soto? "Era un desafío como quechuista y acepté para velar por las declaraciones de los testigos".

Uchuraccay suscitó múltiples interpretaciones sociológicas sobre el desencuentro de dos mundos en un mismo país, que hasta hoy repleta tesis. Cerrón opina: "Yo siendo huancaíno, y no siéndome extrañas las zonas altas, jamás vi algo semejante en pobreza y ambiente de desamparo, tal miseria en alimentación y vestimenta... En ese despliegue de nuestro traslado al sitio sentí lo que debió haber sido el encuentro de Cajamarca, que 450 años después era igual". ¿Entonces la misma comisión Vargas Llosa reflejaba y reproducía las contradicciones peruanas? ¿También los antropólogos, que ensayaron tesis mágico-religiosas? "Sí, yo aprendí una lección: cómo algunos científicos sociales de Lima y el extranjero tienen una percepción exótica... El desencuentro lingüístico fue total. Y había ciertos esquemas académicos, como eso de la religiosidad andina. Uno preguntó a qué dioses veneran en esta tierra. Y ellos no entendían bien. Yo trataba de traducirles que hablaran de sus apus, sus wamanis. 'A los cerros en general', le respondió. 'Pero esta es la zona del Karwarasu, cómo, no saben', insistió. Y uno contestó: 'Quién será, pues, todos los cerros son sagrados'. Seguro había leído a Arguedas, que no necesariamente era de ahí. Fueron lecciones de cómo no se pudieron desprejuiciar totalmente en el campo".

LA PRIMOGÉNITA Y UNIGÉNITA
Que sería periodista lo predijo su padre a Javier Ascue. Alicia Retto nació tres meses después de su muerte. "Ya desde los 5 años me gustaba ver los noticieros", dice la actual conductora de "Mesa Central" por TV Perú.

En su casa hay un busto de Willy Retto que tiene una mejilla roja y hundida, porque cada vez que sale, desde hace veinte años, le da un beso. Su padre es una presencia poderosa en fotos y en su soledad: "Cuando estoy en problemas me protege como un ángel de la guarda". Este año planeaba vencer su miedo máximo: ir a Uchuraccay, cuyos cerros ha visto denodadamente en las últimas fotos de su padre. "Pero no me decidí, he llegado por trabajo hasta Huamanga... pero lo haré algún día". Sin rencor dice que una de las cosas que más le afectan es el estigma que tuvieron que pasar los pobladores de Uchuraccay: "Acusados de asesinos e ignorantes cuando ellos han sufrido todo este conflicto". Su familia se opuso al informe Vargas Llosa: "Porque no tomó en consideración las últimas fotos de mi papá, donde se ve a sus atacantes. Mi papá estudiaba Psicología en la Villarreal y quería dejar una prueba. Él sabía que iba a ser su final, solo le quedaba como periodista dejar un registro y qué mejor que con su cámara". Por eso, dice que el informe de la CVR fue un dolor inopinado para ella.

Alicia se solidariza con los tres campesinos que fueron juzgados por el crimen como chivos expiatorios, uno de los cuales murió en la prisión. La misma CVR dice que ese juicio: "estuvo colmado de irregularidades desde que se inició, condenándose a quince años de prisión a los tres campesinos detenidos, a pesar de que nunca logró probarse que participaron de manera directa en la ejecución del crimen. Que en dicho juicio volvieron a exhibirse la discriminación y los estereotipos con respecto a los campesinos indígenas, que atravesaron en mayor o menor medida al conjunto de actores implicados en estos trágicos sucesos". Alicia es partidaria de lo no partidario: anhela reabrir el caso con nuevas pruebas, pero con la que quizá sea la gran lección para encontrar los auténticos culpables: sin prejuicios sociales. Y sobre todo, sin politización.

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