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LECTOR SIN PLAN

La historieta de cristal

Por Enrique Planas

En nuestro medio no hay lector más solitario que el lector de historietas. Confundido entre freaks fanáticos del anime, siempre sospechoso de inmadurez crónica, resignado a pagar precios impagables por ediciones que peinan más de una década y que llegaron a dos librerías limeñas con el tratamiento de novedades. Así, dependiente de los amigos viajeros que no ponen mala cara cuando les pedimos encargos, una biblioteca de historietas se cultiva con textos imposibles de conseguir en una ciudad tan poco pródiga para nuestra especie.

Pero resulta que, casi de contrabando entre las novedades publicadas por Anagrama, encontramos una presa ambicionada por todo cazador de historietas: la versión gráfica de La ciudad de cristal, el extraordinario relato con el que se abre la Trilogía de Nueva York de Paul Auster (New Jersey, 1947). La edición española se publica con una década de retraso con respecto a su aparición en Estados Unidos a mediados de los noventa, pero no se siente: los dibujos de David Mazzucchelli (Providence, 1960), reconocido por su colaboración con Frank Miller en Batman: Año uno, siguen sorprendiendo con sus recursos mínimos, línea clara, blanco y negro, cuadrículas casi uniformes.

El volumen trae además un fresco prólogo del venerable Art Spiegelman, célebre autor del cómic de culto Maus, y quien abriera la puerta a una nueva forma de definir la historieta, llamándola "novela gráfica". Hoy este confuso término se ha puesto de moda, y ha relegado la definición tradicional al reino de los superhéroes, los clásicos o el humor gráfico. Sin duda, la palabra "novela" dignifica, pule y da esplendor a un arte acusado de infantilismo. Sin embargo, tal diferencia y nuevo cartel para designar algo que ya existe hace más de un siglo resulta ocioso, arbitrario y esnob. Una percepción subjetiva para simplemente exaltar una mayor calidad artística por sobre otras historias del género.

Detrás de esas "novelas gráficas" que ya hace años escapan a la estrechez de las tiendas especializadas saltando a las listas de best sellers (ojalá algún día lleguen a nuestras librerías) está la envidiable salud de un género mucho más lúcido de lo que se piensa, que no deja de renovarse y sorprender por sus hallazgos visuales y exquisitos hurtos a la literatura, el cine, la animación, la fotografía o el diseño. Prueba de ello es el resultado conseguido por Mazzucchelli al cruzarse en el camino de Paul Auster al adaptar La ciudad de cristal. No se trata de una mera repetición de la novela publicada en 1985. La historia nacida de una llamada errada que, en mitad de la noche, pregunta a Daniel Quinn, el protagonista, por una agencia de detectives, y que al afirmar ser la persona buscada se involucra en un increíble caso policial. Se trata, más bien, de una nueva manera de leer las casualidades, paradojas, y viajes autodestructivos que caracterizan la obra del reciente Príncipe de Asturias.

No estamos aquí leyendo la novela de Auster. Estamos viendo cómo Mazzucchelli supo leerla e imaginarla. Un relato cuya existencia se justifica en sí mismo. Un producto, en definitiva, independiente del original.

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