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EL FUEGO SECRETO

Scott Fitzgerald, artista de la palabra

Por Fernando Ampuero

La gran mayoría
de escritores, por si no lo saben, pertenece a una especie benigna de esquizofrénicos. En cada escritor, digamos, hay dos personas: el autor propiamente dicho, que existe gracias al acto de escribir, y el sujeto que luego lee o evoca lo que ha escrito (vale decir, una persona común y corriente, aunque con una eventual hipertrofia de la autoestima). Francis Scott Fitzgerald, por cierto, fue uno de estos locos lindos.

Fitzgerald creía, como Simenon, que la literatura no era una profesión, sino una vocación de infelicidad. Escribía, sin duda, para desnudar su alma, y, en esa franca impudicia, para embarcar a sus lectores en una visita guiada al nido de todos sus fracasos. Más claro: quería ser un romántico, pero a la vez un autor moderno. Y de hecho lo logró. El gran Gatsby (1925), novela que supo reflejar en la primera hora el sueño americano, retomó uno de los personajes más interesantes de la literatura universal: el advenedizo, el parvenu, el arribista social. Jay Gatsby es el misterioso, elegante y gangsteril heredero del Barry Lyndon de Thackeray, del Julien Sorel de Stendhal, del George Du Roy de Guy de Maupassant. Gatsby no esconde el retrato de Napoléon bajo la almohada, como Julien Sorel, sino que desea deslumbrar con sus riquezas malhabidas a la bella y frívola Daisy Miller. Pero no hay vanidad en ese gesto. Hay amor, del verdadero, del que trastorna para siempre. Gatsby había conocido a Daisy algunos años atrás, en los días previos a la Primera Gran Guerra, cuando él era un chico pobre que tenía por toda credencial el uniforme militar que lo hacía más apuesto. La guerra, y las diferencias sociales, los separaron. Pero Gatsby hizo fortuna y volvió, compró un palacio en el West Egg (el balneario chic de Long Island, New York) y conoció a su vecino, Nick Carraway, el primo de Daisy y el perspicaz testigo-narrador del romance, de la infatigable ilusión y la espera, de las fiestas espléndidas.

Nick es la simpatía andando, la sensibilidad, el mago que organiza el relato y consigue que este melodrama de tres por cuatro se convierta en una obra magistral. Nick, hombre discreto, es parte de los ricos, pero desprecia su idiotez y su superficialidad. Nick, por último, se conmueve con Gatsby, tan pronto descubre que, como tantos advenedizos, cifra en la ostentación "la concepción platónica de sí mismo" y la esperanza del amor.

Esta novela, como se sabe, llegó gorda de páginas a las manos de Max Perkins, el editor de Fitzgerald, y entró en la imprenta igual de sustanciosa, pero mucho más ligera y esbelta. A pesar de la buena recepción crítica que tuvo la obra -T.S.Eliot y Edmund Wilson la saludaron con enorme entusiasmo-, tardó décadas en imponerse como una de las novelas capitales en EE.UU, encabezando por medio siglo todas las listas de preferencias. Acusan a Fitzgerald de ser excesivamente literario.

Yo discrepo con ese punto de vista. Lo literario por lo general es un abuso de los adverbios y los adjetivos que doran la píldora. Fitzgerald, un artista de la palabra, diseña personajes perfectos, cuaja frases maravillosas y rara vez pierde el equilibrio. Y si a veces parece que cayera en cursilerías, la suya es una caída brillante, la pifia lujosa que acompaña a las grandes pasiones.

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