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TRADICIONAL BAILE NORTEÑO ENCANTA A MILES EN LA LIBERTAD Y EL RESTO DEL PERÚ

La marinera más allá de la marinera

La marinera es la manifestación musical de una ciencia exacta. Es la multiplicación de sus partes

Por Ricardo León. Enviado especial

Un concurso nacional de marinera no debería verse solo como una competencia para saber quién es quién en Trujillo, donde el prestigio cultural se lleva a veces en las plantas de los pies y en la punta de tres dedos que sostienen un pañuelo o en la punta de un pañuelo que sostiene a tres dedos, que no es lo mismo.

Vista de cerca, la marinera va más allá de la marinera: tres miembros del grupo que bailó la mejor coreografía del concurso de este año están muertos. Los integrantes del taller de danzas folclóricas "Estampas del Perú", con sede en Pisco, entrenaban en agosto en un local lo suficientemente amplio como para albergarlos a todos, pero no lo suficientemente resistente como para soportar un terremoto. Uno de sus danzantes murió ahí mismo, los otros dos cantaban en el coro de la iglesia y el techo les cayó encima en plena misa. El grupo no supo si seguir bailando o no hasta que alguien decidió que la pena se convertiría en promesa.

La coreografía que el taller presentó la noche del pasado sábado fue una alegoría a la Policía de Tránsito, pero en clave de marinera minimalista: policías hombres de rodillas que les quitan los zapatos a mujeres policías, mujeres policías que gritan como en una guerra, haciendo sonar silbatos y levantando las faldas como jamás lo haría una policía de tránsito. Así funciona la coquetería de lo estricto.

Esta coreografía terminó con un público de pie y con los danzantes corriendo y gritando rumbo al vestuario del coliseo, que cuando no es vestuario es un salón de ping-pong. El único que mantuvo cierta calma fue el director del taller, Edilberto Giraldo, que miraba a todos lados repitiendo la misma triste historia de sus tres danzantes que ganaron cuando estaban muertos y de sus alumnos que regresarán y serán recibidos en Pisco como héroes, pero que tendrán que volver a la normalidad, lo que significa tener que dormir en carpas.

EL CONCURSO COMO DISCURSO
En el fondo un concurso de marinera es también la manifestación musical de una ciencia exacta. Es también la multiplicación de sus partes.

Porque el concurso es una banda musical: apoyado en un parlante y buscando algo en los titulares de un periódico, el técnico de primera Roger Castañeda cuenta que en los 25 años que lleva tocando el saxo de la Banda de Músicos de la Brigada 32 de Infantería del ejército peruano casi nunca se les ha considerado como pieza estructural del evento, que en ese momento varios de sus compañeros de la banda se encontraban en la Plaza de Armas recibiendo al presidente del Congreso, Luis Gonzales Posada, que después tenían que tocar porque por algo fueron declarados Patrimonio Cultural de Trujillo: que sin ellos no habría concurso. Y agrega el técnico Castañeda, ya cerrando su periódico, que las parejas les compran el disco compacto que han grabado para entrenar escuchándolos a ellos, y que él toca desde que cumplía el servicio militar, y que sería bueno que alguien se acordara que ellos también son la marinera.

Porque el concurso es también el público: acaso las matracas fueron inventadas como una obsesiva extensión del aplauso. Cuando coinciden las barras de las diversas academias, por un extraño y brevísimo fenómeno de superposición de elementos, de la orquesta solo se escucha la tuba, que es uno de esos instrumentos que están al mismo tiempo en la forma y en el fondo. Después la escala de sonidos se normaliza. Dos días antes de la final del concurso hubo un partido de fútbol para presentar al equipo trujillano César Vallejo, y, según los expertos, la bulla de su barra fue mil veces menor. Y casi sin matracas. Solo en Trujillo el fútbol a veces puede no significar nada.

Porque el concurso son también los danzantes: si en la danza de las tijeras el mínimo común múltiplo es el movimiento permanente de las tijeras, en la marinera es la sonrisa. Pase lo que pase el danzante debe sonreír. Incluso cuando la que tiene que hacerlo es una niña de 4 años, como Milagros Villarreal, que llegó a la final con dos ampollas enormes en los pies, pero que no le dijo nada a su madre para no asustarla y que terminó participando con vendas como sandalias urgentes. Esta niña se pasó varios minutos en la puerta del vestuario jugando con las demás participantes, que de grandes serán sus rivales en la marinera, y con las cuales, en la puerta de ese mismo vestuario, se mirará con cara de a mí no me ganas, como los adultos. Pero es una niña que ni siquiera sabe lo que significa la palabra concurso. Ella también es marinera, pero está más allá de la marinera.

El Concurso Nacional de la Marinera 48, celebrado en Trujillo, consagró a la danza como una de las más enraizadas e intensas de la identidad cultural nacional

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