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Rincón del autor

Dos escritores en emergencia

Las sociedades guardan un gran aprecio por sus escritores. Quizá no los lean tanto, pero los respetan por su entereza y por su capacidad de decir la verdad

Por Abelardo Sánchez León

El destino de los escritores suele ser trágico. Quizá se deba a que no solamente reciben un don --como señala Truman Capote-- sino que también reciben un látigo. Un látigo que los atormenta en la búsqueda inhumana de la perfección. Pero, además, la idea del látigo sugiere que la muerte de los escritores suele ser un desastre y casi siempre va acompañada de una lamentable agonía.

Hace poco nos pegamos un susto con la noticia de que dos de nuestros más renombrados novelistas habían estado internados en clínicas u hospitales --las clínicas tienen una aureola mejor-- cuya suerte había sido diametralmente opuesta: Mario Vargas Llosa, de un lado, minimizaba su ingreso por emergencia a la clínica San Pablo y la esposa de Miguel Gutiérrez, del otro, ponía el grito en el cielo porque casi no lo dejaban ingresar y tuvo que recurrir a las ondas de RPP para pedir que por favor atendieran a su marido. Dos destinos, una misma preocupación.

Todos sabemos que Mario Vargas Llosa se cuida muchísimo, que no fuma, que no bebe y que se acuesta temprano. Pero, claro, él no ha dejado su corazón en San Francisco y ante tanto trabajo, viaje, conferencia y obra de teatro por estrenar, algo le puede pasar. Un susto del corazón, por ejemplo, un soplo romántico, una arritmia más moderna, en fin, algo. Miguel Gutiérrez tiene la presión alta, vive en Lurín, tuvo un terrible accidente de tránsito hace algunos años (lo arrastró una temible combi asesina que lo ha dejado cojeando) y desde allí se vio obligada su esposa a recurrir a los bomberos y luego a RRP para que le dieran sitio en el hospital Almenara, en la avenida Grau.

No sabemos a ciencia cierta cuán graves fueron sus males. Lo cierto es que tratándose de dos escritores, todos pensamos lo peor, porque así es el fin de los escritores, por lo general trágico, olvidados, en fosas comunes, como fue el caso de Oscar Wilde y de Juan Ramírez Ruiz, nuestro poeta de los años 70, rescatado de una fosa común a principios de año.

Las sociedades guardan un gran aprecio por sus escritores. Quizá no los lean tanto, pero los respetan por su entereza, por su franqueza y por su capacidad de decir la verdad. Frente a la cantidad de noticias acerca de políticos corruptos, de dirigentes deportivos sin sangre en la cara, de futbolistas descaradamente desapasionados por la casaquilla que representan, saber que dos novelistas han ingresado a una clínica u hospital (que no es lo mismo, vaya) nos pone nerviosos. Nuestro destino es morir en los hospitales, ya lo sé. Pero felizmente no pasó de un susto y estamos seguros de que escribirán más novelas para nosotros.

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