Por Renzo Guerrero de Luna Zárate
Cusco. El cielo cusqueño lloró, tanto o igual que los asistentes al estadio Garcilaso. Y es que el cuadro rojo no aprovechó su calidad de local y dejó escapar la gran posibilidad de concretar su pase a la próxima etapa del torneo de clubes más importante de América. Un tempranero gol de Masakatsu Sawa abrió el camino de la ilusión, pero un paupérrimo juego en conjunto reveló que al otrora campeón aún le falta mucho para aspirar a cosas mayores.
Cienciano salió a aniquilar al cuadro uruguayo, basando su juego por las bandas, con un Guizasola inspirado y un Chiroque que intentaba volver a sus mejores momentos. Así a los 13 minutos, tras un espectacular enganche, Sawa infló las redes con un fortísimo remate. Las tribunas empapadas de alegría festejaron. El sueño cada vez estaba más cerca, y el entrenador Franco Navarro veía cómo uno de sus principales jales le respondía con creces, más aun después de ver cómo le anulaban un gol por posición adelantada. La fe estaba puesta en él, ya que los demás solo cumplían.
Sin embargo, los cusqueños no supieron aprovechar las ventajas que daba el rival, un equipo que sin hacer mucho se llevó un pálido e inmerecido 1 a 0 a los camerinos. Pese a la lluvia, la gente seguía entusiasta, basándose en aquella teoría de que los equipos del llano, como en las sagas de las películas, no tienen buenas segundas partes.
Pero se equivocaron. Los uruguayos leyeron bien el partido y se dieron cuenta de que su problema estaba por los costados. Un par de movimientos tácticos dejó al cuadro de Navarro sin ideas, con un García perdido en el campo. El resto del equipo comulgó con el juego del creador y así, con las piernas cambiadas, cada minuto que pasaba el cuadro rojo se alejaba del gol.
A tal punto llegó la poca eficacia del equipo cusqueño que los uruguayos terminaron jugando a su estilo: haciendo tiempo, reventando el balón hacia el campo contrario. El buen desempeño de Marengo sirvió para tener, al menos, controlado a Peinado, el mejor en el ataque uruguayo. Pelotazos van, intenciones vienen, pero nada claro rumbo al tan anhelado gol. Sawa, luchador, no tenía cómo armar una jugada ganadora. Triste, pero cierto: con ganas no se ganan los partidos.
Los tres cambios que realizó el entrenador Navarro, dígase Olcese, Uribe y Peláez, hicieron poco o nada para mejorar el panorama. Intrascendentes. Las mismas jugadas, pero con diferentes camisetas. Eso sí, todos rojos, pero de ira. Nada les salía a los cusqueños. Así pasaron los últimos minutos, con algunos intentos de bola quieta y un gol cantado de Solís que se quedó en emoción. Pitazo final y chiflidos de la gente que aguantó, pese a la lluvia, hasta el final.
La celebración de los uruguayos era más que imponente sobre el gramado. Saben que el resultado los respalda para entrar más que confiados al césped del Centenario. Tenían bien aprendido el papel: evitar una goleada y resistir a la altura. Sin duda les afectó, pero como anunciaron a su llegada a la Ciudad Imperial, aspiran a más. Quizás eso les faltó a los rojos, romperse, darlo todo, tomando en cuenta que no son un gran equipo y que el partido de vuelta será más difícil. Como ellos dicen, y como repite todo el Cusco, ojalá que se pueda.